24 de Septiembre de 2018

Yucatán

"El descanso que se convierte en diálogo familiar, admiración y oración"

XVI Domingo Ordinario. Jer. 23, 1-6; Sal. 22; Ef. 2, 13-18; S. Mc. 6, 30-34

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MÉRIDA, Yuc.- El término “pastor” a veces es usado en la Sagrada Escritura en su sentido real, como en la aparición del ángel a los Pastores, y otra en un sentido metafórico, para designar a los que en el sentido religioso guían a su pueblo, e incluso se le atribuye a Dios.
El trabajo que se lleva a cabo en la Iglesia incluso es así cualificado: “pastoral”.

I.- Jer. 23, 1-6

Jeremías desarrolla su misión profética en el año 605 a.C. en un tiempo de calma y prosperidad. En su vida la Palabra de Dios es el centro que ocupa toda la razón de ser de su vida. Sostiene con Dios diálogos difíciles, en los que le reclama lo complejo y difícil de la misión que se le ha asignado.

Vive una época de prosperidad, en la que existe grande corrupción; y su mensaje de castigos venideros por no convertirse, parece ajeno e irreal.

No atrofia la esperanza, ya que anuncia que reunirá al “resto fiel”, y que hará resurgir un renuevo del tronco de David.

El futuro Mesías es cualificado como “prudente”, “justo”; “hará que en la tierra se observen la ley  y la justicia”.

A Jesucristo se le llamó “Hijo de David” (Mt. 1,1), vino a establecer un reinado de paz y justicia, basado en el amor recíproco solidario y fraterno, para ser Rey de universo, y en la Iglesia, lugar donde las diversas naciones se reúnen en Cristo, es el gran signo y sacramento de comunión para en ella aclamar: “El Señor es nuestra justicia”. (Jer. 23, 6)

II.- Ef. 2, 13-18

Esta carta Pablo la escribe desde la cárcel en Roma, y la dirige a los cristianos de Efeso para insistirles que en la Iglesia no pueden existir divisiones porque en Jesús todos estamos unidos.

La obra fundamental de Cristo es de paz y libertad y la plenitud de la salvación tiene una expresión valiosa y significativa en la destrucción y disolución de divisiones y barreras.
Toma la imagen del muro, que existía en el templo, que impedía a los paganos pasar más adentro, y lo compara con la ley que los rabinos habían interpretado legalmente, convirtiéndola en una enorme carga de prescripciones que parecía los tenía “presos” (Gal. 3,23).

Todas las penas y lacras de la humanidad deben ser demolidas por la fuerza del Evangelio de la paz, principio radical de transparencia y justicia.

Para que nazca así el “hombre nuevo”, construido y centrado en Cristo, no una persona fracturada por el odio que engendra la división, sino una persona que entregada a su vocación, engendra la comunión por su identificación con Cristo y la plenitud de realización en su pasión y su cruz. “¡Para que Cristo sea, todo en todos!” (Col. 3, 10)

III.- Mc. 6, 30-34

El domingo pasado meditamos en el envío misionero de los apóstoles, y hoy los vemos de regreso que le comentan a Jesús como buenos discípulos lo acontecido con sus anécdotas, realizaciones y fracasos.

Las jornadas de Jesús estaban llenas de trabajo, la gente lo seguía al grado que a veces no tenía tiempo ni para comer. Por ello Jesús buscó un lugar para descansar e intercambiar en diálogo familiar con sus discípulos.

Jesús los invita a separarse de la multitud para conseguir el equilibrio tan importante que todos debemos lograr entre acción y contemplación. Saber pasar del diálogo con las personas a la intimidad interpersonal consigo y con Dios. 

Vivimos con grandes presiones y nos sentimos urgidos de hacer, ir, visitar, correr como una espiral de innumerables exigencias que siempre pide más y más.

La vida debiera ser un viaje en el que se tienen metas y objetivos, pero sin perder la capacidad de gozar, admirar y disfrutar paisajes, personas y acontecimientos. De otra manera se consume la existencia, sin haber disfrutado ni la vida ni la convivencia.

En el Evangelio, Jesús no da jamás la impresión de agitación. Por ello es importante los días de descanso que interrumpen la secuencia laborativa, para restablecer la armonía con las personas, consigo mismo y con Dios. 

Ahora por ejemplo, que estamos de vacaciones de verano, es una excelente oportunidad en la que el mismo Santo Padre Emérito Benedicto XVI da un buen ejemplo de descanso, contemplar la naturaleza, aprovechar la tranquilidad para la oración, la lectura y escribir documentos importantes para el futuro de su pontificado. 

Y a nivel de familia dialogar los esposos, los hijos y papás, jugar, excursionar, descubrir la naturaleza, conocer las zonas arqueológicas del glorioso pasado maya, etc. Se suele decir que saber “perder” bien el tiempo, es la mejor manera de recuperarlo bien. 

Fundamental es aprovechar este espacio para revisar la propia vida, metas, realizaciones, deficiencias. Y esencial para dialogar con Dios, “estar a solas con aquel que nos ama”, como decía Santa Teresa de Jesús, para acoger la invitación del Salmo: “Deténganse…, reconozcan que yo soy Dios” (Sal. 46.11).

El tiempo que dedicamos al descanso y al recogimiento, es ir en búsqueda de recuperar “el tiempo perdido”.

“Cuéntase que el evangelista San Juan acariciaba un ave, y de pronto vio venir a él un cazador. Este se maravilló que un hombre de tan extraordinaria reputación se entretuviera en cosas de poco relieve. Y al preguntarle al cazador por qué actuaba así, San Juan le respondió: ¿Por qué el arco que tienes en tu mano no lo llevas siempre tenso? El cazador le dice: porque a fuerza de estar curvado la tensión lo enervaría y se echaría a perder. Cuando fuera necesario hacer un disparo más potente contra alguna fiera, el tiro no partirá con la fuerza necesaria. 

Lo mismo sucede con el espíritu –responde San Juan– si no le concediera un descanso, no obedecería a las exigencias y solicitudes de los misterios que debo enfrentar con mi mente” (Casiano, Colaciones 24).

San Juan Pablo II nos decía: “El descanso significa dejar las ocupaciones cotidianas, despegarse de las normales fatigas del día… de todo cuanto puede expresarse con el símbolo de “Marta”. El descanso no es andar en vacío. En el encuentro con la naturaleza recobra la persona su quietud y su serenidad interior. Hace falta que el descanso se llene además de un contenido nuevo y ese contenido se expresa en el símbolo de “María”, “María” significa el encuentro con Cristo, el encuentro con Dios. 

Significa abrir la vista interior del alma a su presencia en el mundo, abrir el oído interior a la palabra de su verdad. (S. Juan Pablo II Angelus 20-07-80). 

Es bueno recordarles a las personas que es importante ir al templo, visitar al Santísimo, estar con Dios, contemplar su rostro. Aunque sienta uno que nada tiene que decir.
El gran poeta Paúl Claudel, de-sempeñando su cargo de Embajador de Francia en Japón, escribió:

“Es medio día. Veo la Iglesia abierta. Es necesario entrar, Madre de Jesucristo, no vengo para orar, no tengo nada que ofrecer, ni nada que pedir, vengo tan solo, ¡oh Madre!, para verte… sin decir nada, sólo para ver tu rostro, dejando que mi corazón te cante, en su propio lenguaje”.

Repetía un gran director espiritual: “Dios habla claro, pero quedo, hay que escucharlo en el silencio interior del corazón”. “En el amor el silencio es más elocuente que las palabras”, comenta Pascal.

Que importante en los momentos de prueba, dolor, sufrimiento, incertidumbre, recurrir a la oración: “Descarga en el Señor tu peso, y Él te sustentará” (Sal. 55, 23). Y me agrada insistir: “No tomes decisión, que no esté precedida de oración”.

“Y vio una muchedumbre y se conmovió”. Así Cristo nos muestra cómo debemos cuidar a la elite apostólica, sin descuidar a todo el pueblo de Dios.

Al pueblo se puso a enseñarles muchas cosas y luego hizo para ellos el milagro de la multiplicación de los panes.

Lo que confirma las sabias palabras de San Agustín: “Todos los prodigios extraordinarios de Jesús, son hechos y palabras, hechos porque acontecieron verdaderamente y palabras porque tienen un significado” (Com. al Evang. S. Jn. 44,1).

Hay cristianos que parecen tener a Jesús detrás, y al mundo frente a sí. Se olvidan que para ser enviados como apóstoles al mundo, primero hay que haber estado por largo tiempo con Él, en esa intimidad que favorecen el silencio y la soledad, para orar, meditar, contemplar, “la fe conduce a la oración, y la oración produce a su vez la firmeza de la fe” (San Agustín-Cateña Aurea Vol. 8 p. 297).

Podemos concluir diciendo con el Salmo: “El Señor es mi Pastor, nada me faltará, tu bondad y tu misericordia me acompañarán, todos los días de mi vida (Sal. 22).

“Fijar los ojos en el Rostro de Cristo, descubrir su misterio en el camino ordinario y doloroso de la humanidad, hasta percibir su fulgor divino manifestado definitivamente en el resucitado, es tarea de todos los discípulos de Cristo, y es también la nuestra” (S. Juan Pablo II Rosarium V.M. No. 9). Amén.  

Mérida, Yuc. 19 de julio de 2015.

† Emilio Carlos Berlie Belaunzarán.
IV Arzobispo de Yucatán
Administrador Apostólico de Yucatán

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