13 de Diciembre de 2017

Yucatán

Cristo ha resucitado ¡aleluya!

Festejemos hoy la fiesta de la vida, de la alegría, del gozo, del triunfo de Jesús.

En el Domingo de Resurrección, tras vivir la Pasión y Muerte de Jesucristo, todo es gozo, alegría y, sobre todo, triunfo de la fe. La imagen es corresponde a la escenificación del Viacrucis, en Acanceh. (José Acosta/SIPSE)
En el Domingo de Resurrección, tras vivir la Pasión y Muerte de Jesucristo, todo es gozo, alegría y, sobre todo, triunfo de la fe. La imagen es corresponde a la escenificación del Viacrucis, en Acanceh. (José Acosta/SIPSE)
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MÉRIDA, Yuc.- El Domingo de Resurreción está lleno de gozo: Cristo ha vuelto para demostrar lo que sólo Él puede hacer: amarnos hasta el final, y después.

Estas son las lecturas de la Vigilia Pascual, que nos regocija como cristianos...

I.- Lecturas de la Vigilia Pascual

Con la muerte de Jesús, la Palabra de Dios entra en el silencio. La Iglesia ha velado vigilante junto a la tumba para acompañar el dolor y cansancio de la Virgen María, traspasada por todas las espadas del sufrimiento; hemos velado con amor, acompañando con nuestro silencio convertido en plegaria, la soledad de María.

La Iglesia madre y maestra sabe que el aleluya no llega tan luego, y por ello integra en su liturgia la memoria del largo camino recorrido por el pueblo elegido y por la humanidad desde la creación.

Etapas de la historia de la salvación, camino de gracia, aún en los acontecimientos más difíciles, como el sacrificio de Abraham, o la del paso del Mar Rojo, y la llamada del “exilio”, todos y cada uno son acontecimientos de gracia.

Así el sacrificio de Isaac, pedido a Abraham en su obediencia, era el sello de la definitiva promesa de Dios, como la muerte en el mar de los perseguidores del pueblo, salvación increíble que sobrepasa toda imaginación para demostrar la fuerza y fidelidad de Dios hacia su pueblo, lo mismo que el doloroso exilio, larga etapa de purificación y de regresar los corazones a Dios.

II.- Rm. 6, 3-11

La Iglesia reconoce que la gracia del Bautismo es un morir del viejo Adán para resucitar con el nuevo Adán: Cristo. Reorientando radicalmente la propia vida, sin pecado y transcendiendo el umbral de la muerte. Esto no se realiza por una ceremonia, sino por una firme decisión de un “con crucificarse con Cristo”, un morir al pecado, un sepultar el mal en la propia vida, en su radicalidad evangélica: “Si tu ojo te escandaliza, arráncatelo...”

Es un don –gracia bautismal- que debe cada uno vitalizar en sí y que se vuelva esplendorosa realidad en cada uno de los pasos de la vida, a lo largo de toda la existencia. Este reto se propone a cada uno que debe desarrollarlo, de tal manera que el amor a Cristo ocupe cada día un mayor espacio en el corazón del creyente, de tal modo que pueda cada uno, cada día, proclamar la victoria pascual de Cristo en el propio corazón.

Así la celebración de esta vigilia tendrá dos vertientes:

  • Gozo, por el don supremo de Cristo.
  • Decisión, en respuesta a ese don de vitalizar y vivificar las promesas bautismales.

Por ello, gozosamente, junto con estos catecúmenos que recibimos con tanta alegría, el día de hoy renovemos nuestras promesas bautismales, para así: “vivir para Dios en Cristo Jesús” (Rm. 6, 11). Como bien dice el salmo:“Crea en mí Señor un corazón puro, un espíritu nuevo para cumplir tus mandamientos” (Sal. 50,1).

III.- Mt 28, 1-10

Ahora las piadosas mujeres pueden percibir el mensaje del Evangelio, ya que encuentran el Ángel que las invita a cerciorarse del sepulcro vacío, donde había sido depositado el cuerpo de Jesús: “¡No está aquí! Ha resucitado como lo había dicho (Mt. 28,6).

Ese cuerpo que se engendró en el seno de María, por obra del Espíritu Santo, que Ella llevó en sí, le dio su leche, y con tanta ternura cuidó ese cuerpecito de niño, adorado por pastorcitos y reyes, ese mismo cuerpo que después de ser azotado, abofeteado, escupido, coronado y crucificado, exhaló el último suspiro en la Cruz, y cuidadosamente colocado en el santo sepulcro, ese mismo cuerpo de Jesús, que sufrió tanto por nuestra redención ahora podemos proclamar que ¡ha resucitado! Por ello el sepulcro vacío, la tumba desierta, los lienzos doblados cuidadosamente, porque ¡ha resucitado!

Él, que había entrado con tal fuerza en la historia, ya no está sujeto a los parámetros del espacio y del tiempo, por lo tanto, trasciende la historia; abierta la tumba y abandonado el sepulcro, Jesucristo cumple lo que Él mismo había anunciado con las imágenes del Templo de Jerusalén, y de Jonás y esta luminosa noticia, esta magnífica victoria, esta increíble información les es anunciada en primer lugar a aquellas buenas mujeres la mañana de la Pascua del “día del Señor”, primero por el Ángel y luego por Jesús mismo que se les aparece y renueva la misión: “No tengan miedo, vayan a decir a mis hermanos que se dirijan a Galilea, allá me verán” (Mt. 28,9).

Ahí donde todo se había iniciado –Galilea- en la sencillez de la realidad cotidiana de su vida de pescadores, comenzaría ahora la gran aventura de una nueva vida inesperada, no imaginada por aquellos hombres modestos, que no obstante sus defectos y deficiencias tuvieron el valor de amar a Jesús.

Festejemos hoy la fiesta de la vida, de la alegría, del gozo, del triunfo de Cristo.“Yo soy la luz, el que me sigue no camina en tinieblas” (Jn. 1,5-9, 5 12,46).

Aleluya, Aleluya, Aleluya.

Amén.
Mérida, Yucatán, Abril 15 de 2017


+ Emilio Carlos Berlie Belaunzarán
Arzobispo Emérito de Yucatán

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