22 de Septiembre de 2018

Yucatán

'En el amor a Cristo damos con gratitud para recibir con generosidad'

El verdadero valor de la persona no está en sus componentes externos, que pueden engañar; sino en las actitudes que son el motor de su conducta.

El sacrificio de Cristo supera en validez y eficacia a todos los sacrificios del Antiguo Testamento. (tiempo.com.mx)
El sacrificio de Cristo supera en validez y eficacia a todos los sacrificios del Antiguo Testamento. (tiempo.com.mx)
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XXXII Domingo del Tiempo Ordinario 

(1Re 17, 10-16; He 9, 24-28; Mc 12, 38-44)

Muy apreciados en Jesucristo Nuestro Señor:

Este domingo la palabra de Dios nos invita a tener actitudes muy sencillas pero profundas, con mensajes que interpelan nuestra vida de cada día.

En la primera lectura que hemos escuchado, ante la sequía que afecta también al profeta Elías, la persona que le ayuda es precisamente la viuda de Sarepta, cerca de Sidón, en el Líbano, extranjera y pobre. Es admirable la fe de esa buena mujer, que se fía de Dios y pone lo poco que tiene a disposición de su profeta. Dios la premia: “ni la tinaja de harina se vació ni la vasija de aceite se agotó”. Sigue siendo verdad lo que hemos cantado en el salmo: “El Señor siempre es fiel a su palabra…”

Esta lectura del antiguo testamento nos describe el encuentro del profeta Elías con la viuda de Sarepta, en la región de Sidón, durante la gran carestía que vivió el pueblo de Israel. Se comprende la fe heroica de aquella pobre mujer, que accedió a la petición aparentemente importuna del profeta Elías, en medio del hambre y la desolación que en esos momentos se encontraba viviendo

Ante la petición de Elías, la mujer le hace presente su situación desesperada, Pero el profeta le asegura que Dios hará que nada le falte, ni a ella ni a su hijo. La mujer cree en la palabra del profeta, le ofrece con generosidad todo lo que le quedaba y obtiene en cambio más de lo que había dado. “La harina de la tinaja no se acabó ni el aceite de la vasija se agotó conforme a la palabra que el señor había hablado por medio de Elías”.

Cristo ha entregado la vida a Dios y al prójimo. La vida solo se puede entregar donándose. Amando a Dios y al prójimo se entregó a sí mismo, se hizo sacrificio. Su sacrificio es válido para todos los hombres y para toda la historia.

Su sacrificio en la cruz nos redimió de una vez para siempre. “De hecho, Él se manifestó una sola vez, en el momento culminante de la historia, para destruir el pecado con el sacrificio de sí mismo”. La nueva alianza, lo mismo que la antigua, se ratifica y consolida mediante el sacrificio. No un sacrificio ritual, sino un sacrificio existencial, en el que el oferente y víctima son una misma cosa. Por eso, el sacrificio de Cristo supera en validez y eficacia a todos los sacrificios del AT. Es único y definitivo, y gracias a Él, la condición pecadora del hombre ha sido destruida de una vez por todas.

El pasaje del Evangelio nos presenta un episodio paralelo al de la viuda de Sarepta. La viuda de Sarepta y la humilde anciana de Jerusalén se vuelven figuras emblemáticas de la verdadera actitud que el creyente debe tener frente a Dios. La única riqueza de que podemos gloriarnos delante del Señor es de la disponibilidad a despojarnos de lo que tenemos, sea poco o mucho, para compartirlo con los demás.

Que nuestra verdadera riqueza sea la generosidad, que los cristianos nos distingamos en el ejercicio cotidiano de la generosidad. Generosidad en la familia, en el trabajo, en la universidad, con los vecinos, en los centros pastorales, en el apostolado. “Pues hay mucho mayor gozo en dar que en recibir”.

El verdadero valor de la persona no está en sus componentes externos, que pueden engañar; sino en las actitudes que son el motor de su conducta. La generosidad de ambas viudas, la del Antiguo y la del Nuevo Testamento, que dan todo lo que poseen; al darlo todo se dan ellas misma, con lo cual imitan la actitud sacerdotal de Jesús, su oblación pura y generosa. La mejor ofrenda que podemos hacer es la de nosotros mismos, el mejor servicio que podemos dar es el de nuestro testimonio. 

Conclusión:

  • 1.Las dos mujeres nos dan una lección de generosidad. No dudan en compartir lo poco que tienen. Nosotros, ¿tenemos un buen corazón? Cuando vemos a otros en situaciones difíciles, ¿somos capaces de poner a disposición lo mucho o poco que tenemos?
  • 2.Es preciso renovar nuestra confianza en Dios, tener siempre presente que Él conoce nuestras necesidades y que nunca abandona a quienes se acercan con un espíritu humilde.
  • 3.Ofrecer nuestra pobreza a Dios para que con sus dones se convierta en riqueza y así, compartirla con generosidad a mi “prójimo” (el que está más cerca).
  • 4.Que en cada Eucaristía ofrezcamos lo mejor de cada uno de nosotros. Que en la patena y en el cáliz elevamos a Dios por medio de Jesucristo nuestra oblación, para que el Espíritu Santo lo convierta en ofrenda agradable a Dios y a los hermanos.

† Emilio Carlos BerlieBelaunzarán
  Arzobispo Emérito de Yucatán

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