13 de Diciembre de 2017

Yucatán

 / Navidad

Homilía: La Natividad del Señor

Jesús el Salvador ha nacido en Belén. Estamos en la plenitud del tiempo (Gal. 4,4), pero aún no en la “plenitud de todos los tiempos”

Al nacer Jesús se vive en la época de César Augusto y tiene bajo su control todo el imperio.
Al nacer Jesús se vive en la época de César Augusto y tiene bajo su control todo el imperio.
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SIPSE
MÉRIDA, Yuc

Is. 9,1-3.5-6; Sal. 95; Tito. 2,11-14; S. Lc. 2, 1-14

Después de la larga espera llega a nosotros la alegre noticia. ¡Hoy nos ha nacido el Salvador!

Jesús el Salvador ha nacido en Belén. Estamos en la plenitud del tiempo (Gal. 4,4), pero aún no en la “plenitud de todos los tiempos” (Ef. 1,10). Se ha abierto la puerta que conduce a la salvación, y se llama Jesús de Nazareth, pero es necesario pasar por esta puerta: es decir vivir nuestra vida con Cristo, como Cristo y que Él sea el Señor de nuestro corazón, de tal manera que todas nuestras decisiones le sean agradables.

I.- El Niño Dios

Todo el Antiguo Testamento está en función de la venida del Señor. Esta noche llega a nosotros no como uno que impone, sino que busca hospitalidad, requiere ser acogido, y toca a la puerta.

En el año 735 a. de C. Isaías fue al encuentro del Rey Ajaz y le había anunciado el nacimiento de un hijo Exequias que sería el sucesor en el reino y que había ejercido su autoridad conforme a la voluntad de Dios. Aunque el hecho fue que el Rey no estuvo a la altura de la expectativa.

Parece que el profeta se dirige a las tierras de Zabulón y Neftalí que habitan en las “sombras de la muerte” (Is. 9,1). En las que sus habitantes fueron deportados a Asiria. Y por ello descubrían a Jerusalén –gozo de Israel– (Sal. 137, 6) lugar donde está la Torah (Is. 2,3); que ella misma es luz (Sal 119, 1-Prov 6,23).

Isaías ve la vuelta del exilio como una nueva creación acompañada de la renovada posibilidad de hacer la peregrinación a Jerusalén, según el precepto del Señor (Ez. 23, 17. 34, 23; Dt. 16.,16), y a la cabeza de esa peregrinación va un niño al que se le dan títulos que indican que el mandato va más allá de lo que se puede esperar de un rey: “Consejero admirable”, “Dios poderoso”, “Padre por siempre”, “Príncipe de la paz”. Qué impresionante profecía en cuanto a “hablar a nombre de Dios”, y es precisamente por el nacimiento de ése niño que nos alegramos hoy.

II.- Misterio que ha sido revelado a los pequeños

Al nacer Jesús se vive en la época de César Augusto y tiene bajo su control todo el imperio, incluida esa pequeña población de Belén, (Mi. 5, 1) que viene censada como el resto de la tierra, la que llamaban “oikoumene”: la tierra habitada.

Sabemos que la pretensión que está por debajo del censo no es agradable al Señor (2 Sam.  24 y 1Cor .21).

Precisamente en Belén, nace un niño súbdito de César que señalará el final del imperio, y además, el final del significado de poder absoluto que conllevan todos los reinos de la tierra.

No hubo para ellos lugar (Lc. 2,7) y por ello se fueron a aquella cueva que tenía un pesebre. Qué difícil es reconocer la luz verdadera cuando se está distraído con las mil luces de los juegos del poder.

Por ello, Dios envía a los ángeles a anunciarles a los pastores: gente sencilla, que sigue el ritmo de las estaciones, que velan por su rebaño, que están siempre vigilantes y alertas.

Por eso el “Adviento” nos invita a estar preparados, a vigilar y en esta noche es cuando obtenemos la recompensa en la presencia del Niño Jesús.

De hecho el signo a los pastores es muy sencillo: Encontrarán a un niño que está recostado sobre el pesebre (Lc. 2,12).

La gran sorpresa de nuestra salvación es imperceptible y es que la gloria de Dios es como el grano de mostaza que siendo el grano más pequeño, se convierte en uno de los árboles más frondosos.

Y esta expresión recuerda aquella otra, viendo el futuro, en que se narra que Jesús fue depositado en una tumba en la que nadie antes había sido colocado (Lc. 23,53).

Este grande misterio que conoce los ángeles fue revelado en plenitud después de la Resurrección, y anticipado en la entrada triunfal a Jerusalén (ver Lc. 19,38).

Jesús no es tan sólo la “gloria de Dios”, sino la “paz” para la tierra y para todas las personas que son “objeto del amor de Dios”.

El que Cristo sea “nuestra paz” es revelado a los pequeños (Lc. 10,21), lo mismo que el canto del grupo de discípulos que lo acompaña en su ingreso al templo (Lc. 19,21), pues en vida y en muerte Jesús reconcilia a los hombres con Dios, estableciendo siempre la paz; como garantía de que Él será siempre paz, porque la paz con Dios se engendra y deriva en la paz entre las personas y entre los países, así como de la rotura y separación de Dios (Gen. 3) se derivan el odio, la guerra y la muerte (Ver Gen. 4). “Todo lo que nos trae paz viene de Dios, todo lo que la quita no viene de Dios”.

III.- Hacia la realización

La segunda lectura es una meditación en la que aparecen los temas de la profecía y el Evangelio. Jesús es la “Gracia de Dios”, en la que todas las personas pueden encontrar la salvación. Él ha dado su vida por nosotros y ha vivido su vida en la total obediencia filial al Padre.

Su dicha, su amor, su divinidad y su gloria, no la conserva celosamente para sí (Fil. 2,6) sino que se las entrega a los hombres.

Así debiéramos actuar nosotros, negándonos a nuestro egoísmo, renunciando a las idolatrías del prestigio, poder, sexo, dinero y éxito, que son el culto a uno mismo, para servir a Dios en sobriedad, justicia y piedad. (Tito 2,12)
Así debe actuar la Iglesia servidora, desprendida, que participa la buena nueva traída por Jesús, porque se identifica con Él, con su Padre que lo podía salvar (Heb. 5,7) y convirtiéndose así en nuestro camino: “Yo soy camino, Verdad y Vida” (Jn. 14,6).

El cristiano vive de Esperanza: “con esta esperanza hemos sido salvados” (Rm. 8,24).

IV.- Conclusión

1. Hay dos formas de amar: Primero regalando dones a la persona amada; segundo olvidándose de sí, ofrecerse por la persona amada y sufrir por ella.

El primero es el amor a Dios en la creación y el segundo el amor de Dios, en Jesús por la Redención.

2. Es muy hermoso cantar los villancicos en Navidad, el concurso de villancicos del Seminario es un bello homenaje a Jesús en el que participan tantos grupos con calidad y entusiasmo.

3. A la base de toda sincera oración está la alabanza, la glorificación, el gozo de la gratitud. “La melodía más sublime es la cantada sin la voz, desde el interior de la persona, desde su corazón, con todo su ser para glorificar a Dios” (J.L. Peretz)

4. Es importante la correlación que se puede hacer entre Navidad y Pascua, encuentro entre humanidad y divinidad y glorificación de la experiencia redentora de Cristo. Ambas transforman la vida, persona e historia de la humanidad.

5. Cristo es Palabra, nos pide un espíritu de escucha y obediencia; Cristo es Luz, nos pide luchar contra la oscuridad y ceguera del pecado; Cristo es Vida, nos pide participar en el homenaje de la liturgia y en el servicio al hermano en la justicia y el amor.

6. La Navidad debe ser fiesta de familia a la que procuraremos llegar con un corazón purificado, reconciliado, pacificado, qué humilde sabe servir a los hermanos, sobretodo a los más necesitados.

7. Que no se apague en nuestro corazón la llama ardiente de la paz de Cristo, que calienta ante el frío de la indiferencia e ilumina la oscuridad de la incredulidad.

8. En este Año de Fe. Lo que ayuda a nuestra Fe es el temor y la paciencia, y nuestra fuerza reside en la tolerancia y la continencia.

Si estas virtudes perseveran constantemente en nosotros, en todo lo que atañe al Señor, poseeremos además, la alegría de la sabiduría, de la ciencia y del perfecto conocimiento, (Epístola de San Bernabé No. 1.)

9. La confianza y la fe son inseparables en el alma que de veras ama a Dios. (Cuenta Conc. Ven. Conchita Armida).

10.”Todas tus obras se deben basar en la fe, porque el justo vive de la fe, y la fe obra por el amor”  (San Agustín Coment. Sal. 32).

Que Cristo nazca en cada uno de nuestros corazones creyentes, que lo amamos, esperamos, acogemos con grande alegría para poder así recibir su anuncio: “Paz a los hombres de buena voluntad”. Amén.


Mérida, Yuc., a 24 de diciembre de 2012.
† Emilio Carlos Berlie Belaunzarán
  Arzobispo de Yucatán

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