23 de Septiembre de 2018

Yucatán

Ira de campesino encuentra 'premio'

Dioses mayas castigan al hombre que les exigía que lloviera en su milpa.

El pequeño campesino osó exigir agua para su milpa, pero los Dioses lo menospreciaron. (Jorge Moreno/SIPSE)
El pequeño campesino osó exigir agua para su milpa, pero los Dioses lo menospreciaron. (Jorge Moreno/SIPSE)
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Jorge Moreno/SIPSE
MÉRIDA, Yuc.- Algunas leyendas mayas nos dan lecciones o moralejas como la que a continuación les presento y que me fue enviada por Víctor Navarrete Muñoz, del municipio de Akil.

En cierta ocasión un campesino empezó a quejarse porque en su milpa no había caído una sola gota de agua, llovía por todas direcciones, menos en su terreno, entonces empezó a lamentarse y a reclamar airadamente a los dueños del monte, porque pensaba que se habían olvidado de él o que lo estaban castigando. 

Ese día al terminar sus labores se dispuso a tomar el camino de vuelta a su casa. Durante el trayecto no cesaron sus reclamaciones, ya que estaba cegado por la ira, lo que ocasionó que se perdiera por aquellos lugares.

Mientras empezaba a buscar el camino de regreso, de pronto escuchó murmullos provenientes de un lugar cercano, siguió los sonidos para llegar al sitio de dónde provenían y llegó a la entrada de la gruta Áaktun PajSa’. 

Estando allá se percató que los sonidos provenían de su interior y se escuchaba la algarabía habitual de una fiesta y de algunos hombres comiendo y bebiendo.

Una vez que entró en la caverna observó a varios hombres que consumían un gran banquete.

Sin sentir temor se acercó a ellos y les preguntó quiénes eran. Ante esto los hombres contestaron que eran los dioses y señores del monte y de todas las cosas e invitaron al hombre a sentarse y comer junto con ellos.

El hombre maya no cabía de su asombro al estar sentando junto a esos seres superiores, y sin perder la oportunidad les reclamó y exigió que enviaran la tan ansiada lluvia a su milpa, pues siempre había cumplido con sus primicias y ofrendas, entonces los dioses le dijeron que la falta de lluvia había sido un descuido de ellos, pero que al día siguiente caería suficiente agua para sus sembrados. 

Ceden los Dioses

El hombre no aceptó la propuesta y exigió que de una vez hicieran caer la lluvia, a lo que los dioses comentaron que no era posible acudir a su terreno en esos momentos, pues estaban alimentándose. El campesino insistió tanto que el dios Chaac le propuso que si tanto quería la lluvia le prestaría su caballo y su calabazo para que hiciera caer una gran precipitación. 

Lleno de felicidad el pobre hombre aceptó. Seguidamente Chaac le dio un gran calabazo, con suficiente agua para regar 100 leguas de tierra y le dio un gran caballo, muy grande, con suficiente vigor y fuerza para no cansarse, pero era difícil de controlar, ya que era muy salvaje y furioso. 

Con mucho trabajo pudo cargar el calabazo y subirse al lomo del imponente equino. Después dio un fuerte grito que hizo correr al animal fuera de la gruta, una vez que estuvieron en la boca alzó vuelo hasta el cielo y empezó a correr en círculos, y por la nariz el animal arrojaba fuertes truenos y cada relinchido se escuchaba como un estruendoso trueno; su galope ocasionó una gran acumulación de nubes negras, sin lugar a dudas era inminente la llegada de una gran tormenta. 

El campesino apenas lograba sostenerse con una mano para no caerse, ya que con la otra tenía abrazado el calabazo, seguidamente se dejó sentir una fenomenal lluvia por toda la zona; ya mareado el pobre hombre no lograba enviar el agua hacia su milpa; se dice que la torrencial lluvia duró cinco horas. 

Cuando todo terminó, el caballo inmediatamente retornó a la gruta. Después de dar las gracias, el individuo se retiró a su hogar ya entrada la noche. 

A primera hora de la mañana se dirigió a su milpa, pero al llegar observó que ninguna gota de agua había caído y que la tierra permanecía seca, al igual que antes, pero las milpas de sus vecinos sí fueron mojadas en todas direcciones por la lluvia.

Esto sucedió debido a la impaciencia y avaricia del campesino, así como a la desobediencia a las órdenes y deseos de los dueños del monte. Desde esos días la gruta Áaktun PajSa’ fue conocida como un lugar sagrado, por lo que los campesinos y cazadores acudían a ella para abastecerse de agua y depositar ofrendas de saká con miel para los dioses mayas que en ella descansan.   

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