10 de Diciembre de 2017

Yucatán

'Jesucristo, Camino, Verdad y Vida'

Fieles Difuntos: Sab 3,1-9; Sal 26; 1Jn 3,14-16; Mt 25, 31-46

El amor es siempre grande, deriva y proyecta, provenientemente siempre de la grande hoguera del amor de Dios.
El amor es siempre grande, deriva y proyecta, provenientemente siempre de la grande hoguera del amor de Dios.
Compartir en Facebook 'Jesucristo, Camino, Verdad y Vida'Compartir en Twiiter 'Jesucristo, Camino, Verdad y Vida'
I.- Dios ama a sus elegidos y cuida de ellos

La primera lectura está tomada del libro de la Sabiduría que es una obra muy querida de la comunidad judía de Alejandría en Egipto, y que refleja mucho de la cultura griega pero fundamentadas en la raíz bíblica, y es como un saludo del Antiguo al Nuevo Testamento, ya que es una obra del siglo I a. de C.

La temática inicial es la de la inmortalidad bienaventurada, y aunque usa categorías platónicas, tiene en perspectiva un modelo de inmortalidad diverso del de la cultura griega.

Para Platón la inmortalidad es una cualidad metafísica del alma que deriva de su espiritualidad e incorruptibilidad, para el autor bíblico en cambio, la inmortalidad es comunión con Dios y por lo tanto un Don.

Ya durante la existencia terrena, los justos son signados con esta gracia de eternidad, que fecunda su persona, su vida y su ser y quehacer.

Aunque su camino terreno esté sembrado de sufrimientos, pruebas, momentos de oscuridad, y aunque su muerte pareciera un fracaso, ellos permanecen en la serenidad y la paz, porque su itinerario terreno, está iluminado y marcado por Dios.

Usando la imagen del profeta Nahum, el autor escribe su futuro:

“en el día del juicio brillarán los justos como chispas de fuego y luz, que describen figuras caprichosas, al unirse y mezclarse con el gran fuego que enciende e ilumina todo el Universo".

Participarán de ésa grandeza del Señor, que gobierna el destino y la historia.

En la grandeza del amor de Dios, se verán envueltos de “gracia y misericordia”;  por ello su esperanza está llena de inmortalidad, y su historia de paz y misericordia pues: “Dios ama a sus elegidos y cuida de ellos” (3,9).

II.- “El que no ama permanece en la muerte”. Jn 3,14-16

El ser humano desde que tuvo la oportunidad de vivir ha construido muchas cosas, y también sepulcros. Testimonio mudo, pero muy elocuente, de la trascendencia de los muertos, por el amor permanecen vivos en el corazón y por la fe en la presencia de Dios.

Cada ser humano deja siempre algo que no pudo realizar o completar, es el precio inevitable de ser criatura, y tener la vida prestada.

Con la muerte se entra en la dimensión del amor infinito, y por ello es tan importante que nuestro tiempo corto y limitado, no se desgaste en odios, sino se aproveche y multiplique en el amor.

El amor nos hace pasar “de la muerte a la vida”, por ello dice un autor: “decirle a alguien te amo, es decirle tu vivirás para siempre”.

Porque el amor que se prodiga en con y como Cristo lo quiere, ¡hacer vivir!. Continúa la obra de los que nos precedieron, la completa, vitaliza a los que lo reciben en vida, como decía aquel conocido poema: “en vida hermano, en vida…”

La Eucaristía, memorial de la Pascua de Jesús es fuente de paz y perdón. Al ofrecer la Santa Misa por nuestros difuntos es también repetir con Jesús: “Padre, perdónalos…” ¡“Padre perdónanos…” Así seremos solidarios, con ellos, nuestros difuntos; con esa Iglesia, purgante y triunfante del más allá! Y tendremos la fuerza del amor de Cristo, para vivir, haciendo que el amor se transforme en vida.

III.- Vengan, benditos de mi Padre…”

La vida y la muerte en el sentido espiritual constituyen el meollo del capítulo 25 de San Mateo.

Lo que cuenta en la vida es el amor, lo que queda de todo aquello que hemos dicho, hecho, pensado, y programado es el amor.

El amor es siempre grande, y hace que el corazón se dilate, si bien en la  práctica se va a mostrar en signos pequeños: un vaso de agua, un pedazo de pan, una visita, una palabra de comprensión y aliento, una mano que se extiende para apoyar y sostener.

El amor es siempre grande, deriva y proyecta, provenientemente siempre de la grande hoguera del amor de Dios.

La historia no está abandonada al caos de las potencias terrenales, sino que está destinada a ésa meta que Dios construye pacientemente, manifestándose en el amor de los justos que colaboran unos con otros y con Él para ir construyendo nuevos cielos y nueva tierra.

Ya que además se exhibe la distinción de por un lado los cabritos, es decir los que han elegido el egoísmo y el orgullo como norma suprema de su existencia; que se encierra en sí mismo, -no al servicio a los demás; a la donación generosa de la vida, capacidades y tiempo- y a la dependencia filial de Dios.

En este tribunal supremo de la historia hay otro sector de aquellos “benditos de mi Padre”, que abrieron su corazón al don del amor de Dios, y que lo proyectaron en su solicitud por los pequeños como dice el Éxodo 22.21 “al extranjero, el huérfano y la viuda”, pero en general hacia los miembros de la comunidad más: débiles, frágiles, pobres; y hacia los cuales la Iglesia viva –que somos todos nosotros- debemos manifestarnos atentos, sensibles, comprometidos, promotores, para cuidar, velar, curar, todo ése sufrimiento de las personas, su dolor, su vacío, su soledad, su abandono…

Que grande sorpresa se llevarán los justos cuando verán que detrás de aquellos rostros macilentos, aquellas caras de dolor, labios de sufrimiento del enfermo, prisionero, humillado, se escondía el rostro de Cristo.

Todo lo bueno que se hace en esta tierra aunque lo hiciera un “no creyente”, se registró en el libro de la vida, y se transforma en amor cristiano.

El primado de la caridad es fundamental en la ética cristiana y el sustento de nuestro destino último; el que ama se salva, como dice San Juan de la Cruz: “Al atardecer de nuestras vidas, seremos juzgados por el amor”.

Cuando aceptamos en nuestra vida el amor de Cristo, y lo convertimos en compromiso, servicio, solicitud, dedicación, damos a nuestras actuaciones de criaturas, valor de eternidad.

Al vivir intensamente nuestra vida, nos ponemos en sintonía con la vida pasión, y muerte de Cristo; y por esta sintonía de fe y de gracia, aquí en la tierra, preparamos la etapa sucesiva, de triunfo, la gloria pascual definitiva.

Por ello debemos dejarnos “alcanzar” por Cristo, que su amor invada nuestro ánimo, y dilate nuestro corazón para transformar nuestras vidas como sucede con la conversión de San Agustín:

“Tú estabas dentro de mí y yo fuera, te buscaba arrojándome impuramente sobre estas cosas bellas que son tus criaturas.

Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo; me tenían lejano de Ti tus criaturas, que sin Ti, ni siquiera existirían.

"Tú me llamaste, y me gritaste hasta penetrar mi sordera.  Tú brillaste e hiciste resplandecer tu luz para alejar mi ceguera, has entrado a mi corazón y ahora ardo en el deseo de tu paz”.

Por ello mantengámonos alertas como buenos centinelas, no perdamos el don maravilloso del tiempo y la oportunidad de amar.

Con la gracia del Espíritu, que nos hace experimentarnos como hijos de Dios, vivamos este tiempo de espera y esperanza con decisión y entereza, a la luz de la cruz de Jesús, con una actitud que ilumina las tinieblas y sombras  y del presente, y que vence el drama de la muerte.

Nuestro deseo y plegaria humilde para que todos nuestros seres queridos muertos y nosotros, escuchemos al final de nuestra vida esa hermosa alabanza-invitación: “Vengan, benditos de mi Padre…”

Si vivimos con Cristo, si morimos con Cristo, resucitaremos con Cristo y reinaremos con Cristo. Amén.

Mérida, Yucatán, 2 de noviembre de 2014.

+ Emilio Carlos Berlie Belaunzarán
Arzobispo de Yucatán

LO MÁS LEÍDO

LO MÁS COMENTADO

NOTAS RELACIONADAS

Comentarios

Responder a  Name   
Comentarios
Responder a  Name   
Responder a  Name   
DE:(TUS DATOS)
Nombre
E-mail
ENVIAR A:(DESTINATARIO)
Nombre
E-mail
Comentarios