21 de Septiembre de 2018

Yucatán

Juan Duch Gary, un amoroso del español

El escritor y poeta yucateco, muerto hace ya 10 años, demuestra su profundo conocimiento del idioma.

El escritor nació en Mérida el 19 de diciembre de 1943 y falleció en Coatzacoalcos, Veracruz, hace 10 años. (Milenio Novedades)
El escritor nació en Mérida el 19 de diciembre de 1943 y falleció en Coatzacoalcos, Veracruz, hace 10 años. (Milenio Novedades)
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Milenio Novedades
MÉRIDA, Yucatán.- Texto íntegro de un artículo del maestro Juan Duch Gary sobre las curiosas incongruencias del español. Fue escrito en Coatzacoalcos, en 2002, un año antes de su muerte.

Cuando pensamos en nuestra lengua materna, morimos de orgullo porque es bella, es rica, es precisa y la habla un enorme número de personas en el mundo. Pero ese mismo orgullo nos impide percatarnos de que, comenzando por su nombre, está llena de inexactitudes, desviaciones y disparates. 

¿Por qué comenzando por su nombre? Porque se da el caso de que proviene del de un país, España, en donde la gran mayoría habla (y más aún hablaba cuando el nombre le fue puesto a nuestro idioma) otras varias lenguas distintas, como el vasco, el catalán, el gallego, el valenciano, etc. 

En realidad, nuestra lengua madre debería llamarse castellana porque ahí sí, en Castilla, era lo único que sabían hablar. Y aún hoy, me parece. Que después los castellanos dominaron a los demás, esa es otra historia. 

Más tarde, la vanidad comienza a escapársenos de los dedos cuando nos preguntamos por qué, mientras lo que proviene de España es español, lo que se origina en Bretaña no es bretañol, como pediría la congruencia. En ese momento empezamos a comprender que algo anda mal.

El mismo término lengua, deja mucho qué desear (aunque debo decir que es un equívoco que compartimos con otros idiomas) 

Porque si alguien dice, por ejemplo, “Los brasileños tienen una lengua magnífica”, no sabemos si se refiere al bellísimo portugués que ahí se habla o al órgano sexual secundario de los habitantes de ese hermoso país.

Gramática

Nos metemos entonces a la gramática (palabra que siendo sustantivo suena a adjetivo, como dogmática, enigmática, programática o emblemática) y vemos —entre otros muchos despropósitos— que la palabra agudo no debería, pero tiene acento grave y que la sobresdrújula tendría que llamarse antesdrújula porque el acento va en la sílaba de atrás, no en la de encima. 

Si existen monólogo y diálogo¿por qué no existen triálogo, tetrálogo, pentálogo, etc.?

En ese mismo ámbito gramatical, díganme si no es un contrasentido que la palabra verbo sea un sustantivo y que la palabra acento no lo lleve más que en su forma prosódica y que, a propósito, la prosodia no se refiera al lenguaje escrito en prosa sino a la pronunciación, a la fonética, a la musicalidad del lenguaje oral y que, consecuentemente, por ello, esa rama del conocimiento no tenga nada qué hacer en el seno de la gramática que la engloba, puesto que grama se refiere a lo gráfico, a lo escrito, como en diagrama, telegrama o cardiograma.

Si seguimos explorando, nos sorprende esa manía de ponerle a lo mismo dos nombres distintos que no tienen nada en común, por ejemplo, diéresis o crema. Tan incoherente como decir síntesis o yogurt. O como llamar a ciertas palabras, llanas o graves, lo que es otra barbaridad, pues lo llano es simple, es plano, es liso, es sencillo, y no tiene nada qué ver con lo grave que es muy otra cosa.

Esa necedad sólo sirve para confundir al auditorio, como cuando alguien dice muy orondo: “En palabras llanas...” y a continuación emite una perorata salpicada de agudas, esdrújulas y sobreesdrújulas, mientras el público no sabe si reír, llorar o recurrir al diccionario de la academia (esa que limpia, fija y da esplendor), sin saber que esas tres acciones son igualmente infructuosas. 

Entonces ¿Para qué los dos nombres? Tan obtuso como llamar a alguien Manuel o Alfonso.

Otra manía de nuestra lengua es la de usar la misma palabra para varios significados (como mas y más, tu y tú, este y éste, se y sé, solo y sólo, etc.), distinguiendo estos con el uso de un acento al que llamamos ampulosamente diacrítico y que, según el diccionario ya mencionado, significa: lo que distingue, y se descompone en el prefijo dia- que expresa separación y crítico que está emparentado con criticar y con crisis. Sólo que, francamente, a la simple distinción de significados no se le ve lo crítico por ninguna parte, sea en un sentido, sea en el otro. 

De ahí, por eufonía, nos topamos con dialéctico que debería ser lo mismo y no lo es porque siéndolo diría separar lo léctico, palabreja horrenda ésta que, para fortuna nuestra, no existe. No obstante, me digo —conciliador—, quizá sea por tratarse de un adjetivo, como galáctico o como láctico. Y sí, efectivamente es un adjetivo, pero resulta que no tiene relación alguna con dialecto, como quisieran el buen gusto y la integridad moral, sino que proviene de su propia forma femenina. ¿Cómo? Pues sí amigos, dialéctico es lo relativo a la dialéctica. Tan atropellado como si caballo fuera el adjetivo de caballa. 

Pero, ya que abundamos en estas pérfidas esdrújulas, veamos que lo referente al intelecto no es, tal cual ustedes habrán querido suponer, inteléctico, sino intelectual. ¿Quién puede entenderlo, si en contrario virtual, a menos que se siga un razonamiento colmado de meandros, no se relaciona con virtud?

Por el mismo sinuoso camino exploratorio, si lo relativo al establo es estabular ¿por qué lo relativo al diablo no es diabular, sino diabólico? O, visto desde otro ángulo, si lo diabólico pertenece al diablo, lo anabólico ¿a qué pertenece? ¿al anablo? ¡Sabráse! Más aún, desde una óptica distinta, diabólico (así como simbólico proviene de símbolo) sugiere la pertenencia al diábolo que, lejos de estar conectado con el príncipe de las tinieblas, es un inocuo y medio tonto juguete para niños.

Y pues monólogo es el discurso de una persona y diálogo la conversación entre dos, ¿por qué no existen triálogo, tetrálogo, pentálogo, etc., según fuere el número de interlocutores? O, para simplificar, ¿por qué no decir plurálogo, tratándose de varios?

Uso del plural

Esto me recuerda que en el uso del plural, el español tiene muchos y grotescos pecados. ¿Por qué si decimos frijoles, garbanzos (los que, a veces, con irresponsable tolerancia se llaman garbanzas, como si el género fuera cosa de juego), lentejas, almendras, etc., así en pertinente plural, para indicar que son varios o muchos, en cambio decimos arroz y no arroces? No hay explicación. 

Como no la hay tampoco para que si los perros son perros y los cocodrilos son cocodrilos, en indispensable plural, los hombres sean el Hombre. Podríamos entonces afirmar, con otro desatino lingüístico, que el más evolucionado de los bípedos tiene un plural muy singular.

Otro problema de número es el relacionado con el saludo: buenos días. ¿Cuántos, cuáles? ¿Nos referimos a los de la semana pasada? ¿A los por venir? ¿A todos? No, de ninguna manera, hablamos del día que corre y que, por definición, es uno, único y singular. ¿Por qué entonces no decir buen día, como en francés, portugués e italiano? ¿O, más cierto aún: buena mañana, como en inglés, ya que también hay buena tarde y buena noche? ¡Estas son las cosas que me alteran!

Y si el número tiene esos y otros disparates, algo similar ocurre en cuanto al género. Va un ejemplo de impenetrable inconsistencia. 

Por razones atávicas, de dominio del hombre sobre la mujer, por machismo histórico pues, lo genérico se identifica con el masculino. 

Por ejemplo, si hay un grupo de seres humanos de ambos sexos, se dice que son hombres. Si todos, hombres y mujeres, son de nuestra nacionalidad nos referimos a ellos como mexicanos (lo de mexicanos y mexicanas que alguien suficientemente iletrado ha puesto de moda, es una celestial estupidez político-gramatical). O también, ante una manada de equinos caballares, entre los que se encuentran yeguas, decimos que son caballos.

Sin embargo, ante un conjunto de especímenes bovinos, decimos que son vacas, no toros. ¿Ustedes no saben por qué? Yo tampoco. Sí lo entendería, sin embargo, y con gusto, en tratándose de cebras, porque —santa omisión lingüística inexplicable— es término sin masculino. No existen los cebros. Y de ahí, otro desatino descomunal: la cebra macho. 

Buenos días por definición, es uno, único y singular. ¿Por qué entonces no decir buen día, como en francés?

Como nos decía mi inolvidable maestro don Antonio, para hacernos ver nuestros errores de género: “Si son huayas, dame uno”. Pero regresando un momento a la mitad del párrafo, cada vez que escucho a quien se regodea diciendo mexicanas y mexicanos, me pongo en guardia porque en una de esas va a decir compatriotas y compatriotos. Y entonces, agarrémonos. Qué pésima jugada nos hizo a los hombres (masculinos) el espíritu burlón de la lengua española cuando decidió —rompiendo sus propias y ancestrales reglas machistas— que los nativos del mismo país fueran todos del género femenino.

Y siguiendo con el género, si agua, ala, azúcar y ave, entre otras, que son palabras femeninas, se hacen acompañar del artículo masculino por razones dizque de cacofonía y, entonces, decimos el agua, el ala, el azúcar, el ave, etc. ¿Por qué entonces, por las mismas razones fonéticas (¿o cacofonéticas?), no decimos el aldaba, el almohada, el abeja, el aviación, etc.? ¿A qué jugamos?

La misma palabra género tiene significados equívocos. Cuando alguien dice, por ejemplo, me compré una pieza de género, caemos en la tentación de preguntarle: ¿Masculino o femenino? O si un conocido afirma que tiene obra literaria y le preguntamos ¿De qué género? Bien podría respondernos: algodón. ¡Ay, madre mía, cuánta ambigüedad innecesaria!

A veces, el genio del idioma peca de pereza. Los negros no son, ni remotamente, negros. Ni los pieles rojas tienen la piel de ese hermoso color. Ni tampoco los blancos somos blancos. Ni siquiera los albinos. Pero, para no tener qué inventar palabras que representaran esas condiciones únicas, para ahorrarse ese esfuerzo, por indolencia, el duende travieso de la lengua impuso que utilizáramos esos términos inadecuados que ya vemos normales por el uso. No se crea, por otra parte, que indolencia es lo contrario de estar enfermo. No, nada de eso. Me gustaría, pero no, que indolente fuera sinónimo de sano.

Ahora bien, si buscamos un poco por recodos distintos del idioma, encontramos muchas otras joyas. Por ejemplo, un martillo carece de vínculo con el mar y no es ni mucho menos un instrumento pequeño, como su desinencia sugiere. Y así podríamos seguir, como en el caso de cubierto (la herramienta gastronómica) al que nada cubre.

Pero cuando constatamos que mientras para afirmar la semejanza, conformidad o relación con cosas ya nombradas usamos la palabra también y, en cambio, para expresar lo contrario no utilizamos tanmal, sino tampoco que pudiera suponerse y debería ser lo inverso de tanmucho, entonces sí llegamos a la certeza de que el español es verdaderamente una lengua de locos.

Díganme si no, llamarle pendejo a un tonto carece completamente de sentido puesto que no pende como el vello al que hace referencia, sino que se asienta y desparrama. Y orate ¿De dónde deriva? ¿De oratoria? No, viene del catalán orat, loco. Como tozudo, viene de tuzut, terco, testarudo. Entonces ¿Por qué no torrado, de turrat, como me decía mi abuela catalana, que significa chiflado, alienado?

Y peor todavía, descomponerse o estropearse algo es echarse a perder. ¡¡¡E-char-se-a-per-der!!!. ¿Se dan cuenta? ¡Válganos la sacrosanta lógica!

¿Cómo puede un idioma asumirse serio si para expresar la idea de resarcir, tomar satisfacción, revancha, utilizamos desquitar? Pero ¿qué es eso? Aunque suene feo, si quisiéramos admitir el término, tendríamos qué hacerlo equivalente a poner. O sea, lo contrario de quitar. Y a propósito del prefijo des-, existe otro extravío lingüístico, quizá peor que el anterior, pero ahora en la palabra deslindar. 

¿Ustedes creyeron que significaba quitar los linderos? Pues no. Quiere decir ponerlos. Y ¿qué me dicen de desfallecer? ¿Será sinónimo de resucitar, que es lo inverso de fallecer? No, amigos, una vez más erraron, significa casi lo contrario, es decir, disminuir en uno las fuerzas, desmayarse, flaquear, decaer. O sea, lo próximo a morir.

En el lenguaje del sexo abundan, de igual forma, los dislates. Por ejemplo, el sexo oral no es, como pudiera pensarse, por antonomasia (ninguna relación con mi maestro Antonio), el que se platica, sino el que se practica, con la boca. Y el anal, no lo es, pero debería ser, el que dura un año, o mejor, el que se realiza una vez al año (siendo cada dos años sería bienal) y, por su importancia, se asienta en los anales, sino el que el que se practica con cierta parte inmunda del cuerpo, llamada en castellano verdadero, el culo.

Vaso de agua

Antes de terminar este breve recorrido lingüístico, hago aquí una referencia localista sólo porque no me la aguanto, aunque más que con la lengua española, tiene que ver con el peculiar modo de usarla de los habitantes de la ciudad de México quienes, no siendo de Chile, se hacen llamar chilangos. 

Un vaso con agua no es lo correcto porque el vaso no está hecho de agua, sino de vidrio

Pues estos ínclitos personajes, en su infinita sapiencia, en vez de un vaso de agua, como lo hace cualquier mortal hispanohablante, piden un vaso con agua y seguidamente aclaran —sabihondos como son— que eso es lo correcto porque el vaso no está hecho de agua, sino de vidrio. Como si la preposición de solamente tuviera la misión de identificar el material del que están hechas las cosas. Por ejemplo, un pantalón de lino, una casa de madera, etc. Hasta ahí llegaron. 

Los demás significados de la preposición les pasaron, como suele decirse, de noche. Más bien, no los entienden. Y reinciden por más que se los expliquemos. Cada vez que escucho esta solemne sandez, imagino ver un gran barco de vapor, como una enorme nube sutil de blanco algodón, flotando liviana sobre las olas del mar océano. O un tren de pasajeros, formado por los cuerpos inertes de quienes pagaron pasaje. O una novela de aventuras impresa con tinta de sucesos riesgosos sobre ese material abstracto (si me permiten, por esta vez, la paradoja voluntaria) que son las andanzas y las hazañas de héroes imaginarios. No sé cómo imaginar una estufa de gas, ni puedo prefigurar una bomba de agua. 

Pero ellos mismos, los chilangos, se corrigen sin percatarse —Ah, bondadosa y fructífera ignorancia—, porque junto con el vaso con agua —y la aclaración académica correspondiente, petulante, impertinente y tonta—, nos piden un plato de sopa y una taza de café. Nunca he oído, por otra parte, que pidan una copa con vino.

Y hablando de vino, la referencia obligada es Francia. Pues resulta que en español le decimos galicismo al barbarismo que proviene del francés, lengua que, ni por asomo, conocieron los galos. ¡¡¡Ah bárbaros!!!

Coatzacoalcos, Veracruz, septiembre de 2002.

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