12 de Diciembre de 2017

Opinión

En las paredes

En “Grafitti”, de Julio Cortázar, nos encontramos con una dinámica que se extiende hasta las fibras de lo romántico...

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Partiendo de un gusto particular por mirar las historias que se escriben en la ciudad, llego a las letras de unos relatos que parecieran ser capaces de encerrar un mundo de significados posibles para lograr entender la urgencia de quienes pintan las paredes. Quienes deciden traspasar el límite de lo ajeno y dejar en colores lo que la existencia pretende decir.

La expresión, en cualquiera de las formas en las que habita, a veces no conoce de lugares propicios. Cierto es que hay límites que se interponen entre el arte de expresar y el espacio para hacerlo; una cuestión de considerar qué es adecuado y qué no. Tomemos el grafitti, por ejemplo; seamos capaces de mirarlo como expresión plena, necesidad de decir algo, deseo de permanecer en la pared hasta que la brocha con pintura decida lo contrario.

En “Grafitti”, de Julio Cortázar, nos encontramos con una dinámica que se extiende hasta las fibras de lo romántico; no significando que hablaremos sobre una historia de amor. La historia, tal como sucede en nuestra vida, trae consigo ciertas complicaciones que surgen de los conflictos sociales y políticos durante la dictadura militar argentina. Se trata de una correspondencia especial: un hombre y una mujer se dejan dibujos en las paredes. Nunca se han visto, no saben cómo lucen; sin embargo, el sentimiento de complicidad crece a la par de una ilusión incontenible por parte del hombre.

No son libres. El peligro de ser descubiertos está en cada trazo que hacen con gis y que es borrado al día siguiente por la policía quien, de igual manera, busca cazarlos. La represión social, el miedo, el silencio y la violencia se sienten tenue pero constantemente.

Entre grafittis delebles y horas no transitadas, la correspondencia entre los dos personajes se ve afectada por lo que pudo haber sido la captura de la mujer; una visión de tumulto y violencia lejana hacen que el personaje masculino pierda los estribos ante la impotencia de la situación. Buscar entre paredes las respuestas para las ausencias se convierte en lucha cotidiana.

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