20 de Octubre de 2018

Yucatán

La cruz, fuente de valor y de luz

IV Domingo de Cuaresma 2Cr. 36, 14-16. 19-23; Sal. 136; Ef. 2, 4-10; S. Jn. 3, 14-21. I.- 2Cr. 36, 14-16

Nace en la cruz la nueva humanidad. (SIPSE)
Nace en la cruz la nueva humanidad. (SIPSE)
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MÉRIDA, Yuc.- Estos libros de las Crónicas son una interpretación teológica de la historia del pueblo de Dios; al narrar la historia, el autor trata de encontrar significado a los acontecimientos, y nos explica lo sucedido.

Nos narra sobre todo lo que aconteció en tiempo del Rey David (1er. Libro de Crónicas) y en el reino de Salomón y sus sucesores (2º. Libro de Crónicas) hasta llegar de nuevo a su patria, los desterrados que estaban en Babilonia.

El fragmento que hoy nos presenta la lectura es una aplicación de 2 Sam. 7, 148: “Yo seré para él un padre, él será para mí un hijo. Si  hace el mal, yo lo castigaré con vara fuerte y con azotes, pero no le retiraré mi favor”.

El exilio se ve como castigo por la infidelidad del pueblo a la Palabra de Dios, conocida por medio de los profetas.

Se nos presenta todo el drama de la deportación a Babilonia en el 588 a.C., como consecuencia de esa infidelidad.

El retorno del exilio se inscribe en la dinámica de la fidelidad de Dios de reconstruir su casa, pero ahora ya no es a través de la dinastía sino del templo.

La esperanza mesiánica convertirá al templo y al sacerdocio en elemento de convergencia que aglutina al pueblo, sustituyendo así a la Institución monárquica.

Delante de la infidelidad del pueblo. Dios no sólo permite el castigo viendo en ella el motivo de desolación, sino que hace vislumbrar la esperanza y el perdón, porque la última palabra de Dios no es la muerte sino la vida.

La historia continuará en la esperanza. Dios se vale del edicto de Ciro para la repatriación, después de 50 años de exilio (588-538 a.C.).

El templo que surgirá en Jerusalén será el testimonio de que: “El Señor, ha hecho grande y glorioso a su pueblo, nunca en ningún lugar ha dejado de ayudarlo” (Sab. 19, 22).

II.- Ef. 2, 4-10

Esta carta nos muestra la antitesis “muerte-vida”: “Estamos muertos por el pecado, y Él nos dio la vida”.

En la perspectiva que nos narra San Pablo, el “hombre nuevo” no solo obtiene una restauración parcial por medio de la fe y de la gracia, sino que es transformado radical y totalmente, de tal manera de que “con Él nos ha resucitado y nos ha reservado un sitio en el cielo” (v.6).

Esta gracia de Dios, que nos arranca del mal y de la muerte, nos conduce hacia un día de vida sin precedente.

Al resumir sus frases más significativas a Gálatas y Romanos, describe el futuro de justicia que la persona salvada por la gracia podrá llevar a cabo y realizar.

Por esto no se realizará automáticamente, sino que es un don y una conquista por medio de las “buenas obras”.

Dios nos va mostrando lo que espera de nosotros por medio de: nuestra conciencia - de su Revelación - la enseñanza de la Iglesia - los acontecimientos de nuestras vidas  y de nuestros prójimos.  En la oración comprendemos,  aceptamos, decidimos y actuamos acordes a nuestra vocación-misión en la vida.

Ello comportará disciplina y exigencias de superación que es una gracia de nuevo, que nos conduce a una plenitud de realización, que llevaremos a cabo con serenidad y gratitud.

La primera lectura acentuaba la acción de Dios en la historia de su pueblo, y esta segunda en la obra de Dios en el corazón y vida del creyente. 

Para ello bien dice Francois Mauriac de la Academia Francesa: “Sobre el pecado y sobre el mal, resplandece siempre la luz del amor de Dios”.

III.-  Jn. 3, 14-21

Nicodemo era miembro del Sanedrín, el grupo de jueces y legisladores del pueblo de Israel. Aparece tres veces en el Evangelio de San Juan:

a) En esta ocasión del diálogo. (3.14)

b) Cuando asume una discreta defensa de Jesús (7.48)

c) Cuando participa en su sepultura. (19, 34)

Hemos escuchado el diálogo entre Jesús y Nicodemo, que se centra en el nuevo nacimiento, el envío del Mesías Revelador y Redentor, y la respuesta de cada persona de aceptación de fe o rechazo, que determina la vida o condenación escatológica.

De las tres partes del diálogo, la liturgia de hoy nos propone la última.

Es una oportunidad de revisar en este tiempo de penitencia nuestra concepción del juicio divino. La expresión clave es que: quien desprecia el amor de Dios se juzga a sí mismo. Dios es amor, y la prueba es que entregó a su Hijo a la muerte de cruz como testigo de ese amor y misericordia.

La aceptación para que se muestre en uno, eficaz y fecundo, y por ende luminoso, o si nos escondemos delante de su luz que nos ilumina para caminar en las tinieblas.

Odiar la luz, es afirmar nuestro egoísmo.

Las obras son la realización externa, de la opción interna de cada persona. 

La cruz transforma la humanidad

La cruz es el test definitivo. Cristo será alzado en ella con una muerte infamante de esclavo, pero en un signo que transforma toda la humanidad. “Como Moisés alzó la serpiente en el desierto…” (v. 14-15).

“Cuando sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí” (Jn. 12.33). Nace en la Cruz la nueva humanidad, que no ha sido condenada, que ama la luz, y realiza las obras en justicia y verdad y pone el Evangelio de Cristo, como norma de su existencia.

Escribía el Cardenal Danielou: “Entre el mundo pagano y Dios existe un único vínculo: La Cruz de Cristo. En un mundo disociado, sólo eliminaremos esos antagonismos con la Cruz. Cristo los eliminó porque primero la llevó a cuestas, y en ella se inmoló”.

Cada persona hace el libre uso de su voluntad en las vertientes de luz-oscuridad, libertad-dependencia, amor-odio, día-noche,  salvación-condenación.

La persona se condena a sí misma cuando elige alejarse de Dios. Condenación es la elección del mal. Nadie está en el infierno por equivocación o por ignorancia.

Dios es amor y todo discernimiento lo hace la persona sobre sí misma a la luz de Cristo. Tus opciones y decisiones fraguan tu salvación.

IV.- Conclusiones:

1. El pecado es negación. La virtud es afirmación.

2. Vemos esta negación del pecado en:

a) La infidelidad de Israel (2 Cron. 36.14).

b) La muerte por nuestros pecado (Ef. 2.5).

c) El mundo hace el mal y odia la luz (Jn. 3).

En contra del orgullo, la soberbia, la autosuficiencia hay que reconquistar el sentido del pecado como nos dice el Apóstol: “Sabemos que la ley es espiritual, más yo soy de carne, vendido al poder del pecado” (Rm. 7, 14).

3. Hay una línea conductora de la liturgia de la Palabra y es la de misericordia y perdón:

a) Israel regresa del exilio (2 Cron. 36, 22).

b) Renacemos y reviviremos en Cristo (Ef. 2, 5).

c) Para ello el Padre ha entregado a Su Hijo (Jn. 3, 16).

4. Concluyo con esta bella oración:

¡Ven Señor Jesús en nuestra ayuda!

Aplica la medicina para nuestras enfermedades, socórrenos como Tú lo prometiste, a quien ora y confía en Ti.

Prepara un colirio para nuestros ojos del corazón, para que no recaigamos en las tinieblas de nuestros errores.

Lavamos con nuestras lágrimas tus pies, no nos rechaces. Al contrario, haz que podamos seguir tus huellas, tú que viniste tan humilde a esta tierra. 

Escucha esta plegaria, para que así podamos ver tu rostro, en la eterna y gozosa paz de la vida bienaventurada. Amén. (Prefacio del Sacramental Mozarabe).

Mérida, Yuc., 15 de marzo de 2015

† Emilio Carlos Berlie Belaunzarán
Arzobispo de Yucatán

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