23 de Enero de 2018

Yucatán

La lección del campesino

La impaciencia de un hombre provocó su propia ruina al exigir a los dioses y señores del campo lluvia de inmediato.

Por su impaciencia, el campesino se quedó sin agua para su cosecha, una lección para todos sin duda alguna. (Jorge Moreno/SIPSE)
Por su impaciencia, el campesino se quedó sin agua para su cosecha, una lección para todos sin duda alguna. (Jorge Moreno/SIPSE)
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Jorge Moreno/SIPSE
MÉRIDA, Yuc.- Las leyendas mayas no sólo implican miedo, terror o situaciones paranormales, también nos dan lecciones de vida, como el caso que presento hoy y que me fue contado por el lector Víctor Navarrete Muñoz, oriundo del municipio de Akil.

Cierta ocasión, un campesino empezó a quejarse porque en su milpa no había caído una sola gota de agua, llovía en todas direcciones, menos en su terreno, por lo que su preocupación empezó a crecer ante el miedo de perder su cosecha.

Entonces empezó a lamentarse y a reclamar airadamente a los señores del monte porque pensaba que se habían olvidado de él o que lo estaban castigando al no enviar la sagrada lluvia.

Un día, al terminar sus labores, se dispuso a tomar el camino de vuelta a su casa. Durante el trayecto no cesó en sus quejas, ya que estaba cegado por la ira, esto ocasionó que se perdiera por aquellos lugares y, de pronto, escuchó unos murmullos provenientes de un lugar cercano. Siguió el rastro y llegó a la entrada de la gruta Áaktun Pajsa’, escuchaba la algarabía habitual de una fiesta y de algunos hombres comiendo y bebiendo.

Cuando llegó al interior de la caverna observó que había varios hombres que consumían maíz, calabaza, tomate, carne de venado, pavo de monte y jabalí, tomaban atole nuevo, saká con miel, balché, etcétera.

Sin sentir temor se acercó a ellos y les preguntó quiénes eran y qué hacían en ese lugar. Ante esto contestaron que eran los dioses y señores del monte.

El hombre maya no cabía de su asombro al estar sentando junto a esos seres superiores y sin perder la oportunidad les expuso su problema y les dijo que siempre ha cumplido con sus primicias, por lo que no se explicaba por qué lo estaban castigando.

Entonces, los dioses le dijeron que había sido un descuido, pero que al día siguiente caería suficiente agua para sus sembrados, pero el hombre no aceptó la propuesta y pidió que de una vez hicieran caer la lluvia.

Los dioses respondieron que no era posible acudir a su terreno en esos momentos, pues estaban alimentándose. El campesino insistió tanto que el dios Chaac le propuso, que si tanto quería la lluvia, le prestaría su caballo y su calabazo para que hiciera caer una gran precipitación.

Seguidamente, Chaac le dio un gran calabazo con suficiente agua para regar 100 leguas de tierra y un enorme caballo con suficiente vigor y fuerza para no cansarse, pero era difícil de controlar, ya que era muy salvaje y brioso.

Con mucho trabajo cargó el calabazo y subió al lomo del imponente equino, el cual voló por los aires. Por la nariz echalaba deslumbrantes relámpagos y cada relincho se escuchaba como un estruendoso trueno. Su galope ocasionó una gran acumulación de nubes negras, sin lugar a dudas era inminente la llegada de una gran tormenta.

El campesino apenas lograba sostenerse con una mano para no caerse, ya que con la otra tenía abrazado el calabazo, seguidamente, se dejó sentir una fenomenal lluvia por toda la zona.

Ya mareado, el pobre hombre no lograba direccionar el agua hacia su milpa, se dice que el torrencial aguacero duró cinco horas. Cuando todo terminó, el caballo inmediatamente retornó a la gruta.

A primera hora de la mañana se dirigió a su milpa, al llegar observó que ninguna gota de agua había caído y que la tierra permanecía seca, igual que antes, pero las milpas de sus vecinos sí fueron mojadas por la lluvia.

Esto sucedió debido a la impaciencia y avaricia del campesino, así como a la desobediencia a las órdenes y deseos de los dueños del monte.

Desde esos días la gruta Áaktun Pajsa’ fue conocida como un lugar sagrado, por lo que los campesinos y cazadores acudían a ella para abastecerse de agua y depositar ofrendas de saká con miel para los dioses mayas que en ella descansan.  

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