16 de Noviembre de 2018

Opinión

La luz es como el agua

El Poder de la Pluma.

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Frecuentemente nos sorprendemos navegando entre recuerdos que traen seguridad y dirigen hacia una época pasada en donde nuestras preocupaciones de niños radicaban esencialmente en hacer la tarea y transitar por la vida con ojos abiertos y dispuestos. Las cosas eran fáciles porque el horizonte de responsabilidades se encontraba aún muy lejos de nosotros y podíamos darnos el lujo de posponer lo que resultara amenazante a nuestra tranquilidad.

Naturalmente, no fuimos iguales todos los niños. Hubimos quienes guardamos desde muy pequeños esa inquietud por la preocupación temprana. Quizás fuimos los segundos en nacer y nuestro instinto para cuidar a los menores se agudizó cuando nos descubrimos como responsables de otro. Si fuimos niños despreocupados o niños con almas viejas, no importa mucho de momento. Hay algo que nos unía: nuestra capacidad para soñar e imaginar.

En “La luz es como el agua” (1978), del autor Gabriel García Márquez, conocemos la historia de dos hermanos colombianos que viven en Madrid y que se encuentran prontos a descubrir la magia de imaginar y unir realidades mágicas en sus días: habían descubierto cómo navegar entre luz líquida. Esta historia lleva tintes mágicos.

Totó y Joel habían pedido un bote de remos como recompensa a su excelente desempeño escolar; y aunque no estaban en una zona marítima, los padres accedieron al parecerles un premio adecuado a su esfuerzo.
Entonces los miércoles de ausencia paterna por motivos de cine se convirtieron para ellos en la oportunidad de navegar en el mundo de esa luz que fluía entre los muebles de su casa y que podía regularse como quien decide abrir o cerrar una llave.

Por momentos es difícil asimilar cómo en una historia que es aparentemente simple, podamos encontrar tanto refugio como curiosidad. Nuestro adulto presente es quien en ocasiones limita el vuelo de nuestra mente; habría que considerar que efectivamente la luz es como el agua, y que el agua es como la luz.

A veces, un descanso mental supone ponernos en contacto con esos sueños jóvenes con los que comenzamos a creer y a crecer.

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