15 de Noviembre de 2018

Opinión

La radiografía de Marie Curie

¿Qué será del futuro sin los diarios y las cartas?...

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¿Qué será del futuro sin los diarios y las cartas?, ¿dónde encontraremos pequeñas esencias de un ser querido cuando éste se haya ido? “Cuando morimos nos llevamos un pedazo del mundo”, dice Rosa Montero en su libro “La ridícula idea de no volver a verte”, pero también en él nos demuestra que, gracias a esos textos, en peligro de extinción, se puede dejar una huella para guardar en la memoria y en el corazón.

El dolor que provoca la muerte intempestiva, o prolongada y dolorosa, “es inefable, nos deja sordos y mudos”, y la autora ha querido expresarlo dedicando estas páginas a Marie Curie a modo de radiografía y de consuelo.

Marie pierde a su esposo en 1906 al ser atropellado por un carruaje y el marido de Rosa Montero fallece en 2009; así, ciento tres años de distancia unen a dos mujeres con un mismo dolor compartido: la pérdida del ser amado, por eso la autora, retomando cartas, diarios y libros escritos sobre Marie, resalta lo extraordinaria que fue para la ciencia y la humanidad, pues entre fragmentos y fotografías se aprecia a quien amó intensamente a su marido, hijas y hogar, a la vez que a la ciencia y su profesión, rompiendo paradigmas y soportando el escrutinio cruel y las prohibiciones propias de la sociedad de su época.

Curie decidió dejar Polonia donde estaba prohibido para las mujeres estudiar en la Universidad y logra ingresar a la Sorbona de París, con una beca. Fue la primera mujer en dar clases en esa Universidad y es la única que ha ganado dos veces el Premio Nobel: el de Física en 1903 y el de Química en 1911. El primero fue compartido con su esposo y fiel compañero, quien le da abiertamente el crédito en el discurso de entrega del galardón; sin embargo, en el segundo, tras haber fallecido su esposo, está envuelta en un escándalo mediático amoroso con el también científico, pero casado, Paul Langevin, lo que propicia una sutil invitación de la Academia a no asistir, pese a eso es ella misma quien lee en la ceremonia su propio discurso titulado “La belleza de la ciencia”.

Desgastado su cuerpo y ánimo, expuestos por años a la radiación y la depresión, la mirada triste de Curie se apaga en 1934, dejándole a este mundo un legado científico fundamental, dando un ejemplo de vida y valor para las mujeres y obsequiándonos las palabras personales que alguna vez plasmó, en algún rincón de su laboratorio o de su casa, para soportar el dolor y sentirse menos sola, sin dejar jamás a un lado su labor de madre, científica y mujer que amó profundamente y extrañó como nadie al hombre de su vida.

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