26 de Septiembre de 2018

Yucatán

Ídolos de madera que cobraban vida

Entre los mayas antiguos el oficio de tallador era uno de los más apreciados, pero también uno de los más peligrosos.

Los mayas eran grandes talladores, tanto en piedra como en madera y otros materiales como la obsidiana. (abc.es)
Los mayas eran grandes talladores, tanto en piedra como en madera y otros materiales como la obsidiana. (abc.es)
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Sergio Grosjean/SIPSE
MÉRIDA, Yuc.- En las celebraciones de los antiguos mayas, podía observarse a personajes desde la más recatada y sencilla vestimenta de la gente humilde hasta la gente más ricamente ataviada. Los pentacoob o esclavos, que ocupaban el último peldaño en la escala social, vestían con simples bragueros o vendajes que cubrían sus partes íntimas, mientras que las prendas más sofisticadas eran utilizadas por la gente más distinguida.

Entre los asistentes a muchas celebraciones se podía ver a los plebeyos, que integraban la gran mayoría de la población y se dedicaban al campo, la pesca, el comercio y las artesanías.

Estos últimos, los artesanos, podían dedicarse a diferentes actividades tales como el tejido, la peletería, el tallado, el arte plumario, la orfebrería, la pintura, la inscripción en lápidas o la carpintería, y se identificaban por vestir de una manera más rica que los plebeyos, pues llevaban sandalias, bragueros, faldellines y algunas joyas. Toda la gente tenía un lugar en la sociedad, pero a quienes más se les reconocía su valor era a los talladores de ídolos, ya que era una actividad considerada sumamente peligrosa.

Podía incluso morir

Había la creencia de que, a causa de su trabajo, los talladores podrían contraer alguna grave enfermedad y llegar a la muerte.

También se pensaba que tanto al tallador como a algún miembro de su familia podía caerles una maldición. Por eso no era fácil persuadir a alguno de los artesanos para que hiciera un ídolo. 

El procedimiento de la elaboración de las piezas era de la siguiente manera: se buscaba una madera apta para el trabajo, comúnmente en tronco de cedro al que los mayas llamaban “árbol de Dios”. Cuando se tenía lista, los talladores, sacerdotes y los viejos del lugar llamados chaques, se encerraban temporalmente en una choza que estaba rodeada de una cerca hasta que terminaba totalmente el trabajo y sólo podía entrar en este período la persona que le hizo el encargo, mismo que era el responsable de proveerle de alimentos y bebidas.

Durante el proceso de modelado se quemaba incienso constantemente a los dioses de las cuatro direcciones del mundo, y mientras iban tallando le untaban sangre periódicamente conforme iban adquiriendo forma. Al momento de retirarse a descansar, guardaban su trabajo en una gran urna con el propósito de reducir el peligro, tal vez por temor a que cobraran vida y les causara daño.

Cuando la figura había sido concluida, se colocaba en un emparrillado que al efecto se construía y se quitaban el hollín con que, como hombres entregados al ayuno, se habían embadurnado previamente.

Purificación y consagración

Seguían después varias ceremonias de purificación y consagración, y al final se envolvían los ídolos en unas telas y se colocaban en una cesta y se entregaban a la persona que había ordenado su hechura.

El pago se hacía en moneda local (cacao, cuentas, etc.), así como en presentes como podía ser carne de venado o aves.

Luego, el sacerdote se encargaba de hacerle un elogio al que había labrado la figura y en el cual ponía de relieve el valor demostrado en afrontar los riesgos latentes, mismos que habían sido superados gracias al ayuno y a la continencia; la ceremonia terminaba con una fiesta y gran holgorio.

Por eso, cuando visitemos un museo y observemos piezas arqueológicas, hay que recordar que fueron hechas con amor, con arte y con una serie de rituales específicos para cada etapa.

En la actualidad, las figurillas e ídolos que manufacturan los talladores no implican todo este complejo proceso y, aunque muchos de ellos sí conservan parte de la tradición en la hechura y los materiales que emplean, es obvio que la esencia ha variado. 

El maestro Russel Andrés Avilés Zapata, descendiente maya de esta milenaria tradición, es uno de los talentos yucatecos que ha sido reconocido en muchas ocasiones, obteniendo con ello varios premios nacionales con sus exquisitos trabajos que ya forman parte de importantes colecciones privadas, y a quien se le puede ver dándole nuevamente vida a troncos de los llamados árboles de Dios en “La Casa del 14”, ubicada en la calle 60 entre 59 y 61 Centro. Mi correo es [email protected]; y twitter: @sergiogrosjean.

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