20 de Noviembre de 2018

Yucatán

Nació como misterio y murió como leyenda

'El Sinaloense' puso a la familia de don Pedro Pérez Sosa en los cuernos de la luna.

La vida en el rancho Kulinché abarca las faenas camperas, el cuidado de los animales y la diversión en el ruedo. (Martiniano Alcocer/SIPSE)
La vida en el rancho Kulinché abarca las faenas camperas, el cuidado de los animales y la diversión en el ruedo. (Martiniano Alcocer/SIPSE)
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Martiniano Alcocer/SIPSE
MÉRIDA, Yuc.- La familia de don Pedro Pérez Sosa le está agradecida a un toro que no es un toro cualquiera, es “El Sinaloense”, famoso, legendario destripador de caballos en los llamados torneos de lazo que se han vuelto una moda en las ferias y tablados de la Península.

Cuando le digo a don Pedro que el torneo de lazo a mí me parece una distracción cruel y sanguinaria, se pone serio y medita un rato. “Puede que tenga razón”, admite poco convencido, “pero se ha vuelto un espectáculo de masas y hasta colas se forman en los tablados cuando se anuncia alguno de los toros que se han hecho famosos en esas competencias”.

Competencias que consisten en ver cuál vaquero laza primero al burel que acomete contra los caballos y que normalmente despanzurra a tres o cuatro equinos por tarde.

Cuenta que para él y su familia, propietarios del rancho Kulinché, en Cacalchén, “el Sinaloense” cambió sus vidas. En los dos años y pico en que estuvo con ellos, el toro no sólo se convirtió en leyenda, sino que les hizo ganar dinero suficiente para salir de la estrechez económica en que vivían.

“Nos dio todo. Su muerte fue un duro golpe para nosotros”, dice con nostalgia.

El burel nació como misterio y murió como leyenda: don Pedro lo compró en un lote de tres a una persona que quería deshacerse de los animales. “Dicen que era de Peñuelas”, comenta, “pero no se sabe a ciencia cierta. Lo que es verdad es que se volvió una atracción irresistible y había furor por verlo contra los caballos”.

Gracias a ese burel misterioso –negro total y astifino-, luego llegaron otros toros a Kulinché y don Pedro y su hijo Pedro iniciaron una ganadería de lidia en la que, a su leal saber y entender, van haciendo los encastes y han logrado un manejo de machos y hembras que les permite andar entre los corrales sin ser embestidos.

La familia de don Pedro se encarga, con la ayuda de algunos vaqueros, de todo cuanto concierne a la ganadería: desde los encastes, la selección de sementales, la crianza, la yerra, las curaciones y vacunaciones hasta la organización de los eventos.

Forman un grupo de trabajo esforzado y unido que tuvo la suerte de que llegara a sus vidas “el Sinaloense”, hoy convertido en leyenda. Aunque a muchos, entre ellos yo, no les guste.

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