21 de Octubre de 2018

Opinión

Notas sobre el pasado y la nostalgia

El ser humano es el eterno preso de la insatisfacción con su tiempo.

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En 1973 Luis Alberto Spinetta nos regaló una de las frases más memorables del rock argentino: “Aunque me fuercen yo nunca voy a decir que todo el tiempo por pasado fue mejor, mañana es mejor”. La canción se llama “Cantata de puentes amarillos” y apareció en el disco “Artaud”.

En esas líneas abandonamos la nostalgia por el ayer para instalarnos en la espera de un porvenir mejor. La razón de estas letras de Spinetta es irreverente y contestataria. También corresponde a la realidad que vivía en Argentina, visto así habría que observar con más detenimiento la sombra del pasado en sus posteriores canciones, cuando en 1976 dio a conocer el disco “El jardín de los presentes”, coincidiendo con uno de los episodios más traumáticos en la memoria de los argentinos: el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 y el inicio de la terrible dictadura que originó movimientos como las Abuelas de Plaza de Mayo. Nunca olvidar el pasado ha sido siempre la exigencia de estas abuelas.

En la frase de Spinetta, el futuro está encima del pasado y por omisión también del presente. La aversión hacia el presente puede causar nostalgia. El malestar suele manifestarse debido a la ausencia de lo que se quedó en una etapa de nuestras vidas. Otras veces puede originarse por caras y geografías que no hemos conocido, creyendo que nacimos en la época equivocada. Woody Allen lo representa en la película “Medianoche en París” como el complejo de personas que no se enfrentan al presente. Uno de los personajes lo expresa con claridad: “La nostalgia es negación. Una negación del doloroso presente. (…). El nombre de esa falacia es ‘El complejo de la Edad de Oro’. Se trata de la idea errónea de que un período distinto es mejor del que vivimos”.

En este filme el escritor Gil Pender se reconforta pensando que su vida sería menos miserable si hubiera vivido en el París de la década del 20, junto a Francis Scott Fitzgerald y Ernest Hemingway. Así, sin buscarlo, mientras vaga por esa ciudad, se encuentra en un viaje a los años tan añorados. Entonces, escucha a una modista de esa década decir que le habría gustado nacer en la Belle Époque, mientras que en un viaje más atrás oye a los hombres de ese periodo referirse a su presente como vacío, pues preferirían vivir en el Renacimiento. Gil concluye que el ser humano es el eterno preso de la insatisfacción con su tiempo.

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