15 de Octubre de 2018

Opinión

Adiós, MILENIO

A final de cuentas, el periodista se pasa la vida platicando la vida con sus lectores. Ha sido un honor compartirle un poco de la mía cada semana.

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Esta será mi última columna en MILENIO. No me voy por alguna absurda rencilla ni mucho menos por algún desacuerdo editorial.

En lo más mínimo. Me voy porque asumo que parte de mi oficio es el deber de la renovación frecuente. Salgo por la misma puerta por la que entré, habiendo aprendido lo indecible y, cosa rara, con varios amigos en mi lista de afectos. No me puedo ir, eso sí, sin antes pedirle al lector unos últimos minutos de indulgencia: resulta que tengo un par de recuerdos y no pocos agradecimientos que compartir.

A principios de este año entrevisté a un abogado experto en el mundo de la comunicación y el periodismo. Al final de la charla quise saber cuál había sido la mayor lección que le habían dejado décadas de ejercicio profesional. “Lo más importante que he aprendido es que hay que tener mucho cuidado cuando uno usa la palabra amistad”, me dijo. “En los negocios, y más en este, hay muy pocos amigos”.

Me duele aceptar que tiene razón: en el periodismo es complicado hacerse de amistades genuinas.

En parte se debe a la naturaleza misma de la profesión. Los periodistas nos dedicamos a perseguir la nota y, como en la caza de verdad, solo puede haber un afortunado al final de la búsqueda. La competencia constante y a veces desleal no es tierra fértil para la amistad. Por eso, dada la cosecha de amigos que me llevo el día de hoy, me considero inusualmente afortunado.

Me voy agradecido con Carlos Marín y Ciro Gómez Leyva. Me quedo con el instinto periodístico y el sentido del humor de Marín. Es de esos periodistas para los que la nota es no solo la presa, sino el valor supremo. Eso lo vuelve, por momentos, abrasivo. Pero esa es una virtud en el mundo de la información. Acá hay que tener el cuero grueso o mejor dedicarse a otra cosa. Marín es el ejemplo perfecto. Le agradezco cada oportunidad que tuvimos de conversar, incluidos cada uno de los momentos llenos de ese humor picante que le caracterizan.

De Ciro me llevo lecciones de temple y serenidad. Sé que le gustará si uso una metáfora futbolera para definirlo. En el mundo del periodismo (y de la amistad) Gómez Leyva es un auténtico “trequartista”, un tipo que sabe reconocer el panorama más allá de la jugada —y la nota— inmediata.

Es un táctico, pues. Como tal, es un hombre de una serenidad envidiable. Al principio de mi estancia en MILENIO compartí con Ciro dos o tres largas conversaciones en su despacho. Lleno de recuerdos —incluidos varios de nuestro mutuo amor cruzazulino— me explicó no solo los días sino los años por venir. Me dio una perspectiva generacional de mi desarrollo futuro. Me guió como solo hacen los amigos. Gracias, Ciro.

Y, por supuesto, tengo mucho que agradecerle a mi querido amigo Carlos Puig. Yo conozco poca gente de la inteligencia de Puig. O del calibre de sus pasiones.

Hace años, cuando compartíamos micrófonos en la W, recuerdo verlo conducir su noticiero siempre con el rostro enrojecido. Su indignación —como su devoción por el oficio que ha practicado desde la adolescencia— es absolutamente genuina. En ese sentido, y otros, Puig es el periodista por antonomasia. Pero es algo mejor: es un amigo de una lealtad fiera. Sus filias y fobias son absolutas.

Haber echado raíces profundas en la primera categoría me enorgullece (y alivia) mucho. Gracias, Carlos.

Agradezco mucho también a la familia González por todas sus atenciones. Y, claro, a mis compañeros de páginas, de los que aprendí montones. Aprecio mucho igualmente a todos los que hicieron posible estos años en el periódico, desde Claudia y Guillermo, que esperaban mis textos hasta demasiado tarde, hasta el equipo editorial que corregía mis dislates. Gracias.

Pero sobre todo, lector de MILENIO, gracias a usted. A final de cuentas, el periodista se pasa la vida platicando la vida con sus lectores. Ha sido un honor compartirle un poco de la mía cada semana. Aprendí, crecí y volví a aprender.

Y hasta aquí las despedidas. No pasará mucho para que nos encontremos de nuevo. Hasta pronto y, de corazón, gracias.

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