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En México, los jóvenes constantemente nos quejamos de las desigualdades que existen en el sistema educativo, de las pocas oportunidades para destacar y sobre todo de que no todos pueden acceder a una educación superior gratuita y de calidad. Los espacios en las universidades públicas se otorgan a través de parámetros poco flexibles, que están enfocados a calificar una mínima parte de todas las aptitudes que un joven puede desarrollar. Y casi siempre son los alumnos que no tienen habilidades en el español y las matemáticas quienes quedan fuera. Aquí podría utilizarse como réplica una frase popular, con la que se disfraza la desigualdad que existe en el país con la cultura del esfuerzo: “Si uno quiere, puede”... esto no siempre es así.

En días pasados se hizo viral el caso de Carlitos Santamaría, un niño de 12 años que estudiará en la UNAM, privilegio que solamente obtuvo el 9% de los 144 mil estudiantes que presentaron este año. Lo anterior, gracias a que Carlos es un “niño genio”, a su edad ha realizado diplomados en física, química, biología y ahora irá por una carrera en Física Biomédica. Esto daría a pensar que, por sus capacidades, Carlos tiene todas las puertas abiertas, pero no siempre fue así.

Carlitos ha narrado que su mayor reto es luchar contra la discriminación y el escepticismo del sistema educativo tradicional. Cuenta que incluso ha tenido profesores que le pusieron trabas, ya que no “soportaban” observar las altas capacidades del pequeño. Pero también destaca que aquí no existen institutos que apoyen a niños sobresalientes, además que en ocasiones la burocracia escolar limita la formación de destrezas alternativas. Carlos asegura que su condición de “genio” ha traído algunos obstáculos a sus sueños, pero confía en que esto puede cambiar a partir de su caso. Imaginemos: si en México, el derecho a una buena educación no es fácil para un “niño genio”, qué tan complicado resultará para aquellos que viven en el rezago económico, físico o social. La educación es lo único que puede cambiar este país. 

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