23 de Septiembre de 2018

Opinión

Constructores de puentes

Tuve la oportunidad de enterarme de un curioso acontecimiento en una de las...

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Tuve la oportunidad de enterarme de un curioso acontecimiento en una de las tantas redes sociales: un conocido mío publicó una imagen con la siguiente leyenda: “Existe también la extraña coincidencia de tener el cuerpo en un lugar y el corazón en otro”. Su novia está temporalmente en otra ciudad siendo ese el motivo de la publicación. Entre los variados comentarios le llamó la atención uno que decía literalmente: “Eso se llama bipolaridad, hay que ser coherente y congruente con nuestra vida, por eso no estás en paz, y no eres honesto, eso es infidelidad y no solo a tu pareja, a ti mismo”. Le hizo mucha gracia que mientras él hablaba de una situación, uno de los lectores entendía algo completamente distinto.

Evidentemente hay problemas en la comunicación, pero parece ser que el principal en este caso es la velocidad, alegría y desenfado con el que muchos de nosotros nos atrevemos a juzgar a los demás, sus expresiones e intenciones, como si realmente los comprendiéramos totalmente, como si conociéramos sus sentimientos, intenciones y motivaciones, cuando en realidad conocemos muy poco de ellos, cuando con uno, dos o tres datos pretendemos entender una vida; el juzgar con tal ligereza es una práctica extendida y peligrosa en nuestra sociedad.

Juzgamos como si estuviéramos capacitados para ello, juzgamos como si tuviéramos el derecho de hacerlo; existe entre nosotros la muy extendida práctica de ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el nuestro; somos expertos en juzgar rápidamente a quienes nos rodean, pero tenemos una muy limitada capacidad de juzgar imparcialmente nuestros propios actos, encontrando casi siempre las razones suficientes y adecuadas para excusarlos. Pareciera que toda esa comprensión tan generosamente brindada a nosotros mismos no tuviera que repartirse tan abundantemente entre los demás.

Esta práctica tiene como resultado la pérdida o el daño de múltiples relaciones que pudiendo enriquecernos como seres humanos acabamos mutilando, limitando, cortándoles las alas, perdiendo la oportunidad del intercambio amistoso, eliminando la agradable convivencia, el sano disfrute de pasar el tiempo en compañía agradable y sincera, alejando a muchas personas que pudiendo ser parte de nuestra vida se convierten en parte de nuestro desierto, en soledad, por nuestra necia y terca actitud de sentirnos jueces de todo lo juzgable e incluso de lo que no lo es.

¿Cómo escapar del afán de juzgar?, ¿cómo podemos construir unas mejores relaciones? Recordé hace unos pocos días que a los papas se le conoce con el nombre de sumo pontífice, lo que indica que es el pontífice de más alto rango; el caso es que pontífice significa literalmente constructor de puentes, este título se daba en la antigüedad a todos los sacerdotes, siendo que ahora está reservado a los obispos y el papa, indudablemente una bella manera de definir la labor religiosa, declarando que su  misión es la construcción de puentes entre Dios y su pueblo y entre todos los hombres del mundo.

En un mundo en el que a diario surgen quienes construyen barreras de odio, de desconfianza, de falta de solidaridad, de olvido, de burla y descredito, alguien tiene que tener la labor de construir con valentía puentes entre todas las personas. Los seres humanos están todos llamados a ser pontífices, constructores de puentes, ser ellos los puentes que comuniquen las ideas, los sueños y las esperanzas de unos a otros.

Construir puentes, ser un puente, no es una labor sencilla, primero habría que tender un puente hacia nuestro interior, reconocernos a nosotros como seres humanos ricos, únicos, irrepetibles e imperfectos y a partir de esta riqueza, reconociendo nuestro propio valor y el de los otros, podremos construir puentes hacia los demás, podremos ser puentes para quienes nos rodean.

Los puentes sirven a todos porque por ellos todos transitan, la labor de un puente no es quedarse con nada, sino ayudar a transitar; el puente fundamentalmente no es un destino, sino un medio para que la convivencia, la alegría, la paz y la hermandad lleguen de un ser humano a otro- Seamos constructores de puentes o seamos el puente mismo por el que correrá la vida de esta comunidad de seres humanos y en esta labor de servicio encontrará cada uno de nosotros su plena realización.

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