20 de Septiembre de 2018

Opinión QRoo

Corrupción siempre ha habido y habrá

La corrupción es una enfermedad de la voluntad, o si se quiere de la conducta.

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Para la teoría del derecho, la violación de la norma es uno de sus presupuestos. Si la ley no pudiese ser violada no sería necesaria su existencia y menos la sanción que impone al violador.

En sociología, los estudios sobre el tabú por parte de Frazer indican: “si las malas inclinaciones no existieran, no habría crímenes, y si no hubiera crímenes, no habría tampoco necesidad de prohibirlos”.

Pudiéramos decir que la corrupción es una enfermedad de la voluntad, o si se quiere de la conducta, para no arriesgarnos en ámbitos de la psicología del crimen. El problema es cuando la enfermedad es epidémica.

Dicho de otra manera, si se me permite. Una cosa es dedicarse a la política y caer en la tentación, y otra es entrar a la política con el exclusivo fin de medrar. Cuando la excepción es regla.

No quiere esto decir que lo primero no esté mal ni deba ser combatido, pero sí que el remedio necesario debe ser de magnitud y alcances desproporcionados. No es cuestión de bisturí, sino de sierra. No es lo mismo perseguir y castigar a unos cuantos sinvergüenzas, que hacerlo prácticamente en todos los ámbitos y niveles de la administración pública nacional.

Y no es lo mismo combatir la corrupción de aquellos que sabiendo que hacían mal se arriesgaron a violentar la norma, a hacerlo contra quienes no ven en sus actos falta alguna, peor aún, tienen por objetivo primigenio la depredación y hasta lo consideran un derecho.

Duartes, Borge y su camada parecieran alinear en el segundo grupo.
Mucha gente me pregunta cómo pudieron ser tan descarados, imprudentes y ostensibles, y la respuesta es muy sencilla: para ellos no estaba tan mal lo que hacían, seguramente lo consideraban, si no permitido, al menos aceptado; algo normal que no requería ocultamiento y, sin duda, ya en su megalomanía, como algo que jamás podría ser usado en su contra, aún si fuese descubierto y perseguido.

Durkheim lo explica magistralmente en El Suicido al tratar la anomia: cuando las sociedades pierden los límites, cuando ya no se sabe qué tan alto se puede subir y qué tan bajo caer, sólo queda el vértigo que en política a nivel de personas puede convertirse en neurosis de poder.

Pero qué hacer cuando la neurosis de poder es epidémica en todo ámbito posible de gobierno. Incluso en el reino de la Honestidad Valiente.
Por dónde empezar. Quién tira la primer piedra.
¿Cómo procesar el abordaje del tema si nuestras Cámaras son parte del problema y las instancias ejecutivas involucradas también?
¿Qué hacer si quienes nombran a los perseguidores son los mismos que los castran, desdentan y atan?
¿Por dónde y cómo entrar si quienes tienen las llaves son los primeros interesados en que nadie perturbe su control puertas adentro?
Ya lo vimos, hubo alternancia, pero no cambio. Y peor aún, en los acomodos de la alternancia se soltaron ciertas riendas, una de ellas con los gobernadores, que viralizaron la enfermedad.
Se suele decir que si encarcelásemos a los corruptos no habría quién cerrase la puerta, cuando debiéramos empezar por preguntarnos con quién y cómo podremos abrir de vez por todas la celda para su encierro.

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