20 de Noviembre de 2018

Opinión

Elio Carmichael

Su bisabuelo, John Carmichael, vio aquellas tierras llanas y valorando sus condiciones decidió fundar un rancho que luego se transformó...

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Su bisabuelo, John Carmichael, vio aquellas tierras llanas y valorando sus condiciones decidió fundar un rancho que luego se transformó en el pueblo de Corozal, Belice. Después de largas jornadas de fomentar sus acres, un día el espigado John hizo uno de esos repetidos viajes a Inglaterra que duraban hasta seis meses y ya no volvió: murió donde había nacido.

La muerte del súbdito de la Reina Victoria dejó en la orfandad a varios hijos, algunos producto del matrimonio y otros, resultado de esos calores que solamente se conocen en el Caribe. Jesús Carmichael Quijano fue hijo bastardo de John y sin ninguna herencia obtenida tuvo el mérito de ser nombrado por el gobierno de Porfirio Díaz, con documento lacrado y listón rojo, como “carpintero de segunda” para el pontón Chetumal. Fue un eficiente trabajador bajo el mando de otro fundador: Tomás Othón Pompeyo Blanco Núñez de Cáceres, el artífice de la hoy capital de Quintana Roo.

Aquel carpintero que se encargaba de mantener a flote la barcaza, procreó a Jesús y a Maura Carmichael Martínez. Jesús fue un hombre que utilizó la brocha y la pintura para anunciar con sus rótulos a los primeros establecimientos de un nostálgico pueblo de casas de madera. El rotulista fue padre de Edita y de un varón que, sin saberlo, le heredó la habilidad de tomar con finura los pinceles para aplicarle forma y color a la historia de un nuevo estado: Vital Jesús Carmichael Jiménez, mejor conocido como Elio.

Hasta los veintidós años de edad, el joven Elio creció y se educó en Chetumal. Me imagino una niñez y una adolescencia sin mayores sobresaltos, ritmo propio de un somnoliento pueblo que solamente se comunicaba al exterior por mar y por aire. Sin embargo, las fuertes sacudidas del huracán Janet dejaron sin techo y trabajo a muchos pobladores. Los tiempos se tornaron difíciles y ello obligó a que Elio y su familia emigraran a la Ciudad de México “con el anhelo de aprender algo más”. Se fueron a buscar nueva vida aquel día en que Pedro Infante murió.

La benevolencia de un empresario chetumaleño de origen libanés que radicaba en la capital, permitió a la familia tener trabajo por muchos años. Elio se desempeñó como dibujante técnico, haciendo los dibujos de los implementos de aquella industria de sistemas para equipos a vapor. En ese trabajo tuvo una relación intima con una máquina offset, su primer vínculo con la litografía, “ya que ambas se manejan bajo el mismo principio”.

Ingresó a la Escuela Libre de Dibujo y Pintura de Chapultepec; ahí se relacionó con maestros de la Gráfica Popular que lo estimularon a seguir estudiando lo que ya sabía que le gustaba: el arte.

Su arribo a la Escuela Nacional de Artes Plásticas de San Carlos lo obligó a dejar el trabajo y se dedicó de lleno a cumplir con su carga académica. Pronto vio que los bosquejos en el taller de figura humana se le daban bien, no se “acomodaba a las figuras chicas”. Su maestro Luis Sahagún pronto lo hizo su asistente.

En aquellos tiempos San Carlos estaba dominada por la corriente de la Escuela Mexicana. Pintores como Fernando Castro Pacheco y Luis García Robledo eran los maestros emblemáticos que dictaban la vanguardia.

El buen manejo que tenía Elio Carmichael en el dibujo de la figura humana lo llevaba a pensar en obras de ciertas dimensiones: “Me gustaban los grandes espacios”. Aunque también hay que mencionar que la técnica del grabado le apasionaba: “El grabado tiene el fascinante reto de trabajar en forma inversa a lo que se verá al final. En el grabado no hay corrección, no hay marcha atrás”.

Ya con suficientes conocimientos y habilidades aprendidas, Elio imparte cursos en la Sociedad Dante Alighieri y en la galería Proarte; comienza a ganarse el sustento, la obra más difícil de un artista.

Pero la vorágine de la Ciudad de México ya comienza a cansar al artista y su mente recurre a la nostalgia de su origen para compensar la existencia. Era 1978 cuando en la calle se topa con Jesús Martínez Ross, entonces primer gobernante del Estado de Quintana Roo. El político lo invita a regresar a Chetumal para que imparta clases de pintura en la recién creada Casa de la Cultura. Elio acepta, pero no hace las maletas con prisa.

Estando en espera del momento oportuno del retorno, el pintor recibe la invitación del gobierno quintanarroense a participar en un concurso para el diseño del moderno escudo del estado. Sin mayor problema lo gana. Ya no regresa al Distrito Federal.

Con ese primer logro, pronto recibe la propuesta de pintar un mural en el flamante edificio del Congreso del Estado. Era la gran oportunidad de hacer una síntesis de la poca conocida historia de Quintana Roo. Aquel extenso muro convexo acogió el proyecto que llamó “Forma, color e historia”. Lo inauguró en 1981 José López Portillo.

Al mismo tiempo que pintaba el mural del Congreso, Elio diseñó los escudos de cinco municipios del Estado. Son de su autoría los emblemas de Isla Mujeres, Cozumel, Lázaro Cárdenas, José María Morelos y Othón P. Blanco. “El de Carrillo Puerto lo había hecho el pintor Jorge Corona, el de Solidaridad lo hizo una artista extranjera que no recuerdo su nombre y el de Benito Juárez era el logotipo de un fideicomiso que edificó en Cancún y simplemente lo retomaron”.

Ante la posibilidad de crear nuevos municipios en Quintana Roo, el autor del escudo advierte que éste no debe modificarse: ya no deben agregarse más rayos al sol, pues los existentes representan a los municipios históricos, los primeros que se crearon: “Imagínate cuando tengamos quinientos municipios como en Yucatán o en Oaxaca...; además, ¿cómo se va a cuadrar la música y la letra del himno?”.

Elio Carmichael, el pintor que nació en el año en que Payo Obispo se convirtió en Chetumal, realizó obras murales en el Fuerte de Bacalar, en la Casa de la Cultura, en el edificio que albergó el Conasida y esperó,  con cierta impaciencia, que algún político firmara el convenio para darle continuidad y pudiera concluir con el mural del Palacio Municipal que inició durante la administración de Enrique Alonso y que luego a nadie interesó: “Te juro que no pienso cobrar lo que cobró el que hizo la Megaescultura”.

El que también participara en la reconstrucción del Teatro al Aire Libre de la escuela Belisario Domínguez, recreando los diseños originales del artista colombiano Rómulo Rozo, comenta que le “gusta la obra de Diego Rivera por su colorido, no tanto el hieratismo de sus formas; me gusta (José Clemente) Orozco por su movimiento y (David Alfaro) Siqueiros por lo grandilocuente que es, aunque es algo pop, algo vacío. Creo que el arte pictórico es un lenguaje perdido, un lenguaje que en su momento fue importante y que a través del tiempo fue sustituido por las palabras. Pero el Hombre debe valorar que es uno de los lenguajes para expresar ciertas cosas que las palabras no pueden decir”.

Una tarde de finales de 1992, la crítica de arte Raquel Rabinovich -mejor conocida como Raquel Tibol-, la especialista en la vida y obra de Diego Rivera y Frida Kahlo, tomaba un té en la casa. En la plática que giraba en torno a los trabajos presentados en una reciente bienal de arte, recuerdo dos cosas: Observaba con interés a mi hijo Carlos: “Me gusta para mi nieta, deberían conocerse”, y también tengo fresco en la memoria el comentario que hizo de la obra de Elio: “Es un buen muralista. Tiene una buena técnica. Me admira cómo pudo resolver ese problema de perspectiva que le presentaba ese muro. Desde cualquier ángulo de observación las figuras no se distorsionan. Es bueno, muy bueno”.

Viniendo ese comentario de una de las mejores y más despiadadas críticas de arte, la obra de Elio debería valorarse más. No creo que haciéndole discursos, sino entendiendo que el arte es esencial para la vida de un pueblo que quiere trascender. Así lo entiende un pintor que, en este caso, dejó que tres generaciones se comieran lo flemático de su origen para dar paso a la atrevida aplicación y enseñanza de la historia a todo color, sin palabras.

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