18 de Diciembre de 2018

Opinión

Héroes, Independencia, Ciudades

Antes de que mis pocos pero muy valiosos lectores abandonen presurosos la lectura de esta entrega para Novedades de Chetumal...

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Antes de que mis pocos pero muy valiosos lectores abandonen presurosos la lectura de esta entrega para Novedades de Chetumal, ante su título que amenaza con hablar de un tema histórico ciertamente interesante, pero que sólo conozco poquísimo, quiero adelantar que no me abocaré a los héroes de la Independencia de México, ni a las ciudades donde ocurrieron los episodios de esta guerra.

A lo que me refiero en primer lugar, es al encanto de la Avenida de los Héroes de la capital de Quintana Roo, la principal de esta ciudad, a la que visito por las tardes, cuando ya el hermano Sol apacigua sus saetas, y entonces la gente, el sagrado pueblo, la recorre con evidente placer.

Es obligado acotar que la presunta remodelación de esta arteria, quedó a deber, y que incluso dejó trampas —hoyos en las banquetas mal tapados o abiertos, cables eléctricos expuestos—  por aquí y por allá, que según me parece no han causado una desgracia personal y por ello quizá, el gobierno saliente y el entrante, no se ocupó ni se ocupa, de terminar el proyecto y acabar con ese riesgo.

Pero el caso es que un gusto tribal me invade en esas pocas cuadras que recorro, del hotel Los Cocos para abajo, rumbo a la bahía, al ver los rostros y las actitudes de solitarios o familias que ahí deambulan, antes de que el aguinaldo de empleados de gobierno, convierta las miradas de éstos en rojas señales de codicia, observando compulsivamente cuanto aparador o chuchería se les atraviese.

Esa supuesta remodelación, también arrumbó en un espacio hasta el momento incógnito, a los bustos de héroes de la rebelión maya que inició en 1847y que no sé por qué es llamada Guerra de Castas.

Es decir, que precisamente los representantes de esa gesta histórica que, por reacción, dieron origen a la creación de Payo Obispo, hoy Chetumal, están por ahora ausentes de su avenida emblemática, y con ello, se priva a la ciudad de un punto de referencia sustancial, como es el coraje y la nobleza de los mayas, que según he leído por ahí, fue el último de los pueblos indígenas de lo que hoy es México, que sucumbió a la invasión de los conquistadores hispanos (marzo de 1547), y que en Guatemala resistieron hasta 1697, con la derrota del pueblo Itzá en el actual Petén guatemalteco.

También es oportuno apuntar, que la referida Guerra de Castas, se prolongó de 1847 a 1901. Es decir, que los rebeldes mayas protagonizaron una larga y ejemplar lucha contra los hacendados yucatecos y el ejército federal.

Por supuesto, como se sabe, la creación de Payo Obispo tuvo entre sus principales causas, la de pacificar la Península de Yucatán, agobiada por esta cruenta y prolongada contienda; de ahí que los líderes mayas tengan una relación obvia con esta ciudad y, sobre todo, con la avenida que les rinde homenaje y preserva su recuerdo.

Uno de los últimos “actos” del gobierno de Roberto Borge Angulo, fue esta especie de ópera bufa, la remodelación de la Avenida de los Héroes, que en teoría tuvo el propósito de reactivar la economía de los establecimientos ahí asentados, pero que se prolongó demasiado tiempo, afectando severamente a quienes pretendió beneficiar (los comerciantes) y no sólo no se concluyó, sino que como apuntamos, dejó severos riesgos para la gente de a pie, y dejó además la sospecha, casi la certeza, de que hubo un cuantioso desvío de recursos públicos, aparte los consabidos “moches” de las empresas privadas participantes.

No obstante, reitero que la conclusión de obra y el peligro concomitante, están a la espera de que los resuelva el actual Gobierno del Estado, lo cual puede quedar tal cual si el nuevo régimen estatal se sigue enredando en su propia telaraña, ante el desconcierto y la irritación de la misma mayoría que lo elevó al poder.

Mas, ¡oh dolor!, el espíritu de la letra sopla donde quiere, pues yo pensaba extenderme en una apología de las avenidas principales de algunas ciudades que conozco, y hablar de otras ciudades que aparecen con letras muy mayúsculas, en la literatura universal, así que de la Avenida Independencia, antes llamada Principal, del puerto de Veracruz, de la que sólo diré, por cuestiones de espacio, que es también muy disfrutable, aunque ya no pasen por ahí los tranvías que se internaban en la ciudad, algunos de ellos vendidos a la ciudad norteamericana de San Francisco, que sí ha sabido conservar este romántico y ecológico medio de transporte, que por cierto, dio origen al título de una de las obras de teatro más intensas del siempre intenso Tennessee Williams, “Un tranvía llamado deseo”, llevada al cine magistral, memorablemente, por Elia Kazan, con la actuación de Vivien Leigh, Kim Hunter y Marlon Brando, cinta que obtuvo doce candidaturas a los Premios Óscar —entre ellas las de mejor película y mejor director— y ganó cuatro de ellos.

Sobre la Avenida Tulum, que es la principal de Cancún, menos puedo decir, aunque viví más de 11 años en esa famosa ciudad, porque en ese tiempo estuve demasiado ocupado como para detenerme a experimentar una verdadera intuición de esa arteria, que sufrió también una larga y controversial remodelación que no pude presenciar, porque estaba yo ya radicando en Chetumal.

Me parece que ya podemos pasar, aunque sea sumariamente, al renglón “Ciudades” en la literatura y también en la cinematografía, el cual es sumamente abundante, pero que por cuestión de espacio podemos resumir en los que considero yo sus más célebres representantes. Veamos:

Sodoma y Gomorra, tienen una fuerte presencia dentro de la moral judeocristiana, al grado de ser referencias a la homosexualidad masculina y femenina, respectivamente. Y luego la infausta Troya, de la que durante mucho tiempo se dudó que existiera más allá del poema épico de Homero, hasta que una providencial excavación arqueológica mostró sus restos al mundo. Estas tres ciudades, han sido explotadas por el cine, sobre todo Ilión o Troya.

Londres y París, figuran virtualmente en la excelente novela “Historia de dos ciudades”, del siempre ameno Charles Dickens, quien al igual que Dostoievski, se dio el lujo de publicar novelas geniales primeramente en periódicos. En esta obra, Dickens critica agudamente el clima de venganza desbordada, que asoló a París al triunfo de la Revolución Francesa, detalle que me viene a la memoria, tal vez por situación similar, aunque no tan sangrienta, pero sí dramática, que se vive en Chetumal con el advenimiento del nuevo gobierno estatal.

En fin, el tema de ciudades y arte da para todo el año, pero podemos concluir con el hecho de que Los Ángeles, California, está identificado con Charles Bukowski. Y esta ciudad norteamericana, es también asiduo “personaje” de numerosísimas películas, al grado de que uno ve alguna escena se éstas, y enseguida reconoce a Los Ángeles, casi de la misma forma en que acontece con Nueva York.

San Francisco, California, tiene el orgullo de ser la cuna de Jack London, el insuperable. San Petersburgo y Dostoievski, tienen una relación tan íntima, que el tema ha suscitado más de un estudio profundo. Lo mismo se puede decir de Dublín y James Joyce. De Atenas y Roma, mejor no hablemos, porque sería abrir las compuertas de los siete mares…

 

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