25 de Septiembre de 2018

Opinión

La cultura crea puentes

La semana pasada tuve la oportunidad de asistir a un congreso universal de poesía en Estados Unidos...

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La semana pasada tuve la oportunidad de asistir a un congreso universal de poesía en Estados Unidos. Asistimos latinoamericanos, principalmente. Escribo “asistimos” aunque no tenga la seguridad de cuan correcta sea la afirmación; numerosas veces ha sido objeto de debate el definir a qué área pertenece México, Norteamérica o Latinoamérica.

Durante la semana, varias veces me descubrí pronunciando frases con un “mi hermano chileno”, “hermanos latinoamericanos”. Y jamás me he escuchado con un “mi hermano francés”, “nuestros hermanos ingleses”. Quizá por cuestión de geografía, cultura, o política. Geográficamente, podría decirse que México pertenece al norte; cultural y lingüísticamente quizá al sur. El caso es, que cuando diferentes culturas confluyen en un espacio, se suele buscar los puntos en común.

Un amigo chileno me comentó la gran apreciación que en su país se tiene por México; cuando Gabriela Mistral vino al país para trabajar con José Vasconcelos, Secretario de Educación Pública, en la primera reforma educativa de grandes dimensiones, tras la Revolución, inculcó en los chilenos una gran apreciación por los mexicanos. Llegamos entonces a la conclusión de que “En Chile se ama a México, y en México se ama Chile”.

De acuerdo con la encuesta “México, las Américas y el mundo”, del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE), uno de cada dos mexicanos dice sentirse latinoamericano; mientras que sólo un 8% se percibe como norteamericano, y 7% como centroamericano.

Entre los latinoamericanos perdura un sentido de unidad, de amor por su tierra y por sus raíces. Pero me parece un error que la personalidad de los latinos esté construida con base en un glorioso “nosotros”, en contraposición al amargo “ellos”, pues aún los orígenes, el horror por la destrucción, y el desencanto por la perfidia, permean la poesía latinoamericana. La eterna desconfianza ante el “poderío yankee”, y el recelo de ser los atacados. 

La pregunta no es sólo “¿a dónde pertenece México?” sino también “¿a dónde pertenece Latinoamérica?”.

Creo en el nacionalismo centrado como amor a la tierra en que nacemos, como razón para cuidarla, preservar sus especies, fortalecer nuestras comunidades y resolver sus grandes problemas, para no dejar morir los rasgos más bellos de la cultura; pero no apoyo el nacionalismo de la férrea defensa de lo nuestro contra lo extraño. Creo, más bien, en el nacionalismo con conciencia universal. En que el amor por nuestra patria implique establecer relaciones de respeto con otros Estados y crear nuevos canales de diálogo e intercambio cultural.

El patriotismo no implica esperar a que llegue una invasión para caer por la escalinata envueltos con la bandera y con la sangre chorreando (sea de manera voluntaria o por haberse resbalado).

¿Por qué fortalecer una cultura de defensa, cuando sería mejor fortalecer una cultura de respeto y armonía? ¿Por qué decir con tremendo orgullo “yo soy mexicano/a” y no decir mejor “soy un ser humano”? Un ser humano como tantos; y aun así, afortunado. Un ser humano que piensa, que sueña, habla, vibra, que siente y que crea.

Tengo la certeza de que ya no es cierto aquello que Víctor Hugo le dijo a Grant: “Las estrellas son vuestras”, en referencia a los norteamericanos. Las estrellas son de todos, y a la vez de nadie. Las estrellas son de quien sabe estar en la tierra y a la vez tener la mirada apuntando hacia ellas. De quien sabe que no hay verdaderas líneas geográficas, porque tierra sólo hay una. De quien sepa que por más aviones que surquen el aire, el cielo es indivisible y es de todos.

“Pinta tu aldea y serás universal”, dijo Tolstoi. La cultura es una maravillosa red que se construye y une hacia el interior, pero que es capaz de tender colosales puentes hacia el exterior.

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