19 de Noviembre de 2018

Opinión

La mesa del comedor

Al terminar el almuerzo la pulida superficie queda desnuda, deshabitada, como el ventoso llano.

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Pareciera que la mesa del comedor estira sus miembros un poco antes de las seis de la mañana. El asomo lumínico de los primeros rayos de sol a través de la ventana abraza un par de patas, dejando oscuras las otras dos.  Alguien, en su apresurada agenda, olvidó unos libros sobre el mantel, donde se insinúa apenas una  huella en la blancura de la servilleta desparpajada.

Al mediodía el tablón oloroso a cera para madera da cobijo a manteletas, cubiertos y platos, que hacen la acostumbrada  guardia que antecede a la comida. A las dos de la tarde, la abuela Lupe se hace presente: El que come y canta, loco se levanta. Nadie chista. Es hora de alimentarse juiciosamente. Al terminar el almuerzo la pulida superficie queda desnuda, deshabitada, como el ventoso llano. Pero es tan sólo un breve lapso; un compás en sus múltiples funciones. A eso de las seis de la tarde, la parentela se da cita para disfrutar diversos juegos de mesa, donde curiosamente el mueble nunca es  invitado a participar. 

La estructura rectangular sirve de escenario a interminables mesas redondas. Comprensiva, merced a la experiencia que dan los años, ofrece algo más que sustento a codos y antebrazos, desde los ángulos de sus extremos. Conoce todo lo que se ha hecho importante: las confesiones apuradas, el arreglo de afrentas, supuestos y contradicciones cotidianas que habitan el seno familiar. Por encima de la mesa, ansiedades, proyectos y opiniones se apilan en calamitoso arreglo; lo que viene en camino y lo que ya fue. 

Sin embargo, algo diferente acontece esta noche. Un lamentable suceso enluta el ambiente. El mantel blanco con cuadros rojos ha sido pospuesto en esta ocasión. Cerca de la medianoche gruesos goterones de lava blanca, que sollozan enormes velas albas, retan el temple de la mesa, pringando su textura. Rodeada por dolientes personajes, se suaviza y conforma para dar soporte a un cuerpo amortajado, frío como la piedra; inerte, como una silla desocupada.  Volutas de copal, humo y fragancia nativa proyectan imágenes fantásticas que hacen coro a tendones, músculos, glándulas y vísceras muertas, indolentes órganos, expectantes, en espera del amanecer, que se presume triste y helado. Susurros velados sugieren que se avecina la inhumación.

Dentro de la mesa algo cruje. Llora. Se estruja.

¡Vaya biem!

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