15 de Noviembre de 2018

Opinión

Orinoco: un viaje a bordo del Stella Maris

El Poder de la Pluma.

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Todas las localidades estaban agotadas, pero logramos entrar. Una larga fila, tan grande como la expectación, precede a la función de “Orinoco”, obra señera de Emilio Carballido, montada por Paco Marín 30 años después de su estreno en Mérida, en el ya extinto “El tinglado”. Y así, tres décadas después, llega la tercera llamada. Abordamos el Stella Maris, las luces se apagan, nos embarcamos….

Aparecen Fifí (Bertha Merodio) y Mina (Silvia Káter), los aplausos no cesan. Entonces nos enteramos de la azarosa vida de este par de mujeres, vedettes en busca de la aventura, compañeras que van rumbo a lo desconocido. Un trabajo en un cabaret de los pozos petroleros venezolanos les espera. Pero la fortuna, emperatriz del mundo, las aguarda en un recodo del caudaloso río.

Es así que, entre bailes y canciones, vestidos con lentejuelas y boas de plumas, nos vamos adentrando en el torrente de sus emociones, de sus experiencias vividas de un lugar a otro con mayor o menor suerte. No pocos tropiezos han sorteado en su camino, con ayuda de las amarras de amistad, de la sororidad femenina que no les abandona incluso en los más peligrosos trances, pues el barco va a la deriva sin un destino definido, como una hermosa metáfora de la vida que va flotando en su interminable paso hacia el mar.

La mancuerna y la química entre las dos actrices es inmejorable. Tal vez la memoria corporal o las resonancias del texto provocan que sus actuaciones se perciban cándidas, orgánicas en sus procederes.
El público sonríe, se echa sus carcajadas, pero también una que otra lágrima, ya que estos personajes son humanos, tal vez demasiado humanos, por lo que la empatía es inmediata. Sus temores, sus esperanzas y también sus amoríos se funden en un abrazo donde la pericia del dramaturgo nos recuerda por qué en el teatro mexicano no hay otro autor que, como Carballido, haya captado con tanta sensibilidad el universo femenino.

La escenografía: una cabina y una escalera que une los dos niveles de la proa, sirve como dispositivo escénico que enmarca el prodigio del teatro, donde las vicisitudes de las protagonistas amenazan con naufragar, pero llegan a buen puerto gracias a una acertada dirección de Marín. Si puede, vaya a verla en septiembre: jueves 13 y 20 a las 9 p.m., y viernes 14 y 21 a las 11 a.m., en la Casa de la Cultura. ¡Falta lo más hermoso todavía…!

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