10 de Diciembre de 2018

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Paralelismos

Hitler subió acusando a la clase gobernante de la derrota en la Primera Guerra Mundia...

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El paralelismo es ominoso.

Hitler subió acusando a la clase gobernante de la derrota en la Primera Guerra Mundial; se posicionó demonizando a judíos y al marxismo.  Del segundo se olvidó momentáneamente cuando le fue oportuno aliarse con Stalin para invadir Polonia y luego romper con él cuando ya no le era indispensable. De los primeros conocemos la suerte de su Holocausto.

Contra los Tratados de Versalles rearmó a su ejército y finalmente violentó todo el sistema legal hasta desaparecerlo. Llevó a su pueblo y al mundo a una guerra absurda (cuál no) y finalmente sumió al orbe en la barbarie de la que creíamos haber salido.

Ian Kershaw, uno de los grandes biógrafos de Hitler, sostiene que “la crisis era el oxigeno de Hitler”. Esto lo comparten Trump y López Obrador. Los tres conllevan un discurso contra el establishment, en tanto causante de la crisis que atormentó a Alemania y las que afligen a Estados Unidos y a México, respectivamente. Por igual comparten un halo de misticismo. Para Rudolf Hess, Hitler era “el gran fundador de una religión (que comunica) a los que le oyen una fe apodíctica (…) una fe incondicional en la rectitud absoluta (…) en la misión del Führer y (…) de su propio pueblo.” Para Goebbels, Hitler era “el cumplimiento de un misterioso anhelo (…) un meteoro ante nuestros atónitos ojos (…) un milagro de iluminación y fe en un mundo de escepticismo y desesperación.” En México AMLO es un rayito de esperanza que encarna la virtud y expresa la verdad; en EUA Trump es el salvador de un pueblo expoliado y humillado world over. Los tres comparten en sus respectivas circunstancias una causa de “redención nacional”.

Para Kershaw el éxito de Hitler “como demagogo se basaba en su capacidad de decir lo que las masas desafectas deseaban oír (…) nadie tenía tanta capacidad como él para dar expresión a los odios, los resentimientos, las esperanzas y las expectativas populares.”

Hitler llega al poder por la vía democrática, pero jamás negó que, de hacerlo, rodarían cabezas, algo parecido a Trump, quien amenazó con cárcel a la Sra. Clinton. Para Hitler el marxismo sería erradicado, los judíos eliminados; Alemania reconstruiría sus fuerzas armadas, acabaría con los grilletes del Tratado de Versalles y conquistaría “con la espada” el territorio que requería como “espacio vital”. Pocos lo tomaron en serio, entre los que sí, el periódico Católico calificó su llegada a la cancillería como “un salto a la oscuridad”.

Le tomó a Hitler un mes para suprimir las libertades civiles, dos para que sus adversarios políticos fuesen detenidos o huyeran de Alemania y el Reichstag cediera a Hitler la función legislativa; los sindicatos fueron disueltos al cuarto mes; al sexto todos los partidos de oposición habían sido borrados del suelo alemán; en enero del 34 fue abolida la soberanía de los Länder y en junio 30 la oscuridad se esparció sobre Europa con la “Noche de los Cuchillos Largos”, matanza de militares de la SA, prefacio de la “Noche de los Cristales Rotos”, inicio del holocausto judio.

En todo esto hay que reconocer que fueron las propias élites quienes al minar y destruir la democracia pavimentaron la llegada al poder de Hitler. No lo vieron en Alemania, no lo vio Obama ni su establishment; menos lo ve la camada atlacomulca-pachuca.

Hitler en el 34, como Trump en el 17, sostenía que “el futuro de Alemania dependía única y exclusivamente de la reconstrucción de las fuerzas armadas. Todos los demás gastos tenían que subordinarse a la tarea del rearme.”

El 27 de febrero del 33 Marinus Van Der Lubbe prendió fuego al Reichstag, a la mañana siguiente circuló el proyecto de decreto “Para la Protección del Pueblo y del Estado…”, ése mismo día fue aprobado por el Gabinete, léase Hitler, y con él fueron abolidas las libertades de expresión, asociación y prensa, así como las de inviolabilidad de comunicaciones postales y telefónicas; la autonomía de los Länder por igual. Esa noche diputados y funcionarios opositores fueron detenidos. En los dos meses siguientes, más de diez mil personas fueron detenidas a la luz del decreto. En marzo, en las afueras  de Dachau se instaló el primer campo de concentración. También en marzo fue disuelto el Reichstag. En mayo, 20 mil libros de poetas y filósofos alemanes fueron quemados en actos de fe en las ¡universidades alemanas!. Fue entonces cuando el poeta Heinrich Heine escribió premonitoriamente: “Donde se queman libros acaba quemándose al final también gente.”

Vendría luego la eliminación “humanitaria de enfermos terminales y locos”, que terminó extendiéndose industrialmente a opositores e intelectuales, y concluyó con la mortandad de pueblos enteros, con énfasis en el judío.

Trump desairó está semana a la CIDH y se negó a estrechar la mano de la Canciller Alemana; Hitler en octubre del 33 sacó a Alemania de las conversaciones sobre el desarme en Ginebra y de la Liga de las Naciones.

Tras la matanza de los miembros de la SA, con la que Hitler se hizo del poder omnímodo del Ejército, sostuvo: “Si se me reprochase no haber acudido a los tribunales pidiendo una sentencia, sólo puedo decir:  en aquel momento, yo era responsable del destino de la nación alemana y en consecuencia el juez supremo (oberster GerichtSherr) del pueblo alemán… Di la orden de ejecutar a los que eran culpables de esta traición y di luego la orden de cauterizar, hasta la carne viva, las úlceras del pozo de veneno interior y del veneno que venía de fuera.”

Hoy, cuando Escuchó a Stephen Miller sostener que no existe supremacía judicial en Estados Unidos, léase control de constitucionalidad; cuando señala que el poder judicial usurpa el poder de Trump al vetar sus ordenes ejecutivas; cuando amenaza con un poder presidencial incuestionable, léase sin rendición de cuentas y sin equilibrios de poder; y cuando anuncia que tendrán sobre cualquier asunto y cualquier persona una inimaginable e incuestionable fuerza militar, no puedo más que aterrarme ante los paralelismos.

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