24 de Septiembre de 2018

Opinión

¡Madre!, una alegoría mediocre

La nueva película del director Darren Aronofsky, ha dado mucho de qué hablar al polarizar a la crítica especializada y a la audiencia.

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¡Madre!, la nueva película del director Darren Aronofsky, ha dado mucho de qué hablar al polarizar a la crítica especializada y a la audiencia, quienes le han endilgado comentarios tan disímiles que van desde “una obra maestra” hasta “la peor película del año”, asunto que sus productores han aprovechado para promoverla en un afán de generar interés por verla.

Sin embargo, la cinta no es ni una ni otra. El argumento versa sobre una pareja que vive en el campo, aislada del mundo. Ella, la madre (Jennifer Lawrence) y El poeta (Javier Bardem) un día reciben la visita de un par de extraños (Ed Harris y Michelle Pfeiffer) que no han sido invitados. Él comienza a comportarse de manera rara, vulnerando la estabilidad emocional de su cónyuge.

A partir de ahí, se desencadena una serie de situaciones que rayan en lo absurdo, lo surrealista y lo delirante mediante una evidente alegoría bíblica y otra, menos obvia, de corte ambientalista; ambas buscan motivar la reflexión en torno a la decadencia de la humanidad, las relaciones amorosas y el proceso creativo. Tan ambiciosa es la pretensión del director que no logra asir ninguna de las tesis anteriores, resultando en un pastiche irregular, en un thriller psicológico que abreva de realizadores como Buñuel, Zulawski, Polanski y Lynch.

Los mitos judeocristianos de Job, Caín y Abel, el Génesis y el Apocalipsis se suceden uno tras otro enmarcados en una atmósfera opresiva que abusa de los primerísimos primeros planos, la cámara al hombro y el plano subjetivo para contar una historia tremendista que intenta provocar sin conseguirlo del todo, al tiempo que satiriza el pensamiento religioso. Asimismo, al humanizar a la todopoderosa deidad, ofrece una crítica de un Dios tirano y arbitrario en sus acciones. Un sujeto tangible a quien podríamos juzgar severamente…

Mediante una factura cuidada, se respeta que el director de Noé (2014) se haya aventurado en realizar un discurso tan arriesgado, a pesar de las fallas en este montaje de trama barroca, que de nuevo explora sus obsesiones en torno al misterio de la creación y la divinidad, que dado su origen hebreo en un mundo cristiano, se enfrenta a dichas contradicciones de una manera mediocre y previsible, ya que el simbolismo religioso nada aporta a su caudal artístico, dejándonos un filme menor tanto técnica como argumentalmente, algo que no esperábamos del autor de Pi, Réquien por un sueño, La fuente de la vida, El luchador y Cisne negro.

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