23 de Septiembre de 2018

Opinión

Lo que hay que tener: Tom Wolfe (y II)

El poder de la pluma.

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La tarea del escritor consiste en mostrar cómo el contexto social influye en la psicología personal.- Tom Wolfe

Una vez que tuvo claro hacia dónde se quería dirigir con su estilo periodístico, una tras otra sus principales obras de no ficción fueron apareciendo. Entre las que más me han gustado debo mencionar “Los años del desmadre” (1976) y la monumental “Lo que hay que tener. Elegidos para la gloria” (1979) que, a la manera de un thriller, relata cómo a partir de que Chuck Yeager rompiera la barrera del sonido se inició el programa espacial estadunidense. Este último libro fue tan exitoso que incluso se llevó al cine.

Pero las críticas a su éxito no se hicieron esperar. En especial cuando Wolfe, contra todo pronóstico, publicó su primera novela de ficción: “La hoguera de las vanidades” (1987). Este tabique de casi 700 páginas fue un bestseller instantáneo, cuyo triunfo arrasador no le perdonaron algunos novelistas contemporáneos como Norman Mailer, John Irving y John Updike, que le dedicaron sendas críticas en los principales periódicos del país.

Sin arrellanarse, no dejó de lado sus crónicas y ensayos críticos. Y aquí hay que reconocerle su capacidad como polígrafo, ya que sus esfuerzos ensayísticos pergeñaron libros como “La palabra pintada & ¿Quién teme al Bauhaus feroz?” (1981) o “Periodismo canalla y otros escritos” (2000), que compilaban lo mejor de su producción. En este último, se dio el lujo de responderle a sus detractores en el ensayo “Mis tres comparsas”, donde analiza por qué la literatura fantástica había perdido terreno entre los lectores.

Si algo siempre caracterizó sus escritos fue su humor mordaz y satírico de gran factura, así como un fino oído para transcribir los diálogos de sus personajes justo como debían ser retratados. A esto habría que sumarle una mirada tan filosa como un escalpelo, ideal para diseccionar la psicología de la sociedad norteamericana. No por nada se había licenciado en sociología, lo cual le sirvió para adentrarse en la psicología humana y poder contextualizar sus reportajes.

Finalmente, como heredero del realismo y la tradición literaria de Steinbeck, Dickens y Zola, el llamado “Balzac de Park Avenue” construyó hasta sus 88 años la fotografía más fiel del mundo que le tocó vivir. Fue un hombre tan cabal como los primeros astronautas, pues tenía lo que hay que tener para escribir: “La muerte es el último viaje, el más largo y el mejor”.

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