16 de Agosto de 2018

Yucatán

'Poseer el sentido del tiempo es poseer el sentido de Dios'

La hora del Señor llegará como un ladrón en la noche, cuando menos se espera.

¿Qué es lo que Cristo espera de nosotros? Empezar por una conversión a la esperanza. (Foto de contexto tomada de semanariofides.com)
¿Qué es lo que Cristo espera de nosotros? Empezar por una conversión a la esperanza. (Foto de contexto tomada de semanariofides.com)
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Primer Domingo de Adviento
Is 2, 1-5; Sal. 121; Rm 13, 11-14;Mt 24, 37-44

Se inicia un nuevo Año Litúrgico y la antífona de la entrada nos invita a elevar nuestra alma a Dios.

Qué bella sugerencia la de iniciar el año nuevo con la confianza en Dios, para no quedar confundido, saber esperar en El para no quedar desilusionados. Nos rodean dudas, incertidumbres, temores... ¡Dios mío en ti confío, ven y no tardes, que es el espíritu y sentido del Adviento!

El Evangelio completa el sentido invitándonos a perseverar en la espera atenta y vigilante, en la comprensión de los signos de los tiempos, dispuestos a recibir al Señor que viene a iluminar nuestras tinieblas...

El Evangelio nos recuerda lo que sucede a quien no espera a Dios. Encontrarse impreparados cuando los acontecimientos nos arrastran, como en tiempo de Noé, o encontrar la casa despojada de quien desea despojar su alma de sus verdaderos valores. La hora del Señor llegará como un ladrón en la noche, cuando menos se espera, y tendremos que dar cuenta de nuestra administración.

Pensar, como escribía un joven, que no le interesa nada de la guerra, la bolsa, el alza de precios, la desocupación, los migrantes, las ciudades bombardeadas, destruidas y vacías; el dolor, el sufrimiento, la enfermedad y los muertos... decía: es el mundo absurdo que han construido los adultos. Pensar que a un joven como éste, sólo le interesa ganar dinero, divertirse, pasarla bien, ir a las discotecas, andar de fiesta en fiesta. Esto no sólo es favorecer un sutil egoísmo sino vaciar la vida de significado, no tener una referencia a la fe. Esa vida es una vida sin esperanza, sin emoción, sin compromiso, sin entrega, sin donación. Ausencia de Dios. Sin compromiso de servicio y solidaridad, es lo mismo que esterilidad de la vida. Porque, ¿cómo puede llegarse a esta falta de tensión, impulso, energía vital hacia Dios; una vida ética-moral y una historia personal fecunda?

Quizá porque en esa esperanza de la venida de Dios nosotros hemos recalcado demasiado los deberes, y no la actitud de aceptación, paciencia, acompañamiento, escucha, observación, diálogo, que son las actitudes que edifican. La oportunidad de vivir, el don del tiempo es un reto cotidiano para ser y crecer, ser y madurar, ser y profundizar, ser y realizar. Cumpliendo los designios de Dios que son de signos de amor y misericordia.

'Dios a mi medida'

A este reto se agrega el de las sectas religiosas en su multiplicidad, como si fuera un supermercado, una especie de querer hacer un “dios a mi medida” “un dios cómodo”, “un dios a la medida de mis caprichos”.

Proposiciones religiosas que ofrecen una aparente serenidad y armonía más del orden sicológico -o con la naturaleza o con la energía-, pero que no urgen a esa actitud de humildad en la aceptación de Dios, de compromiso de servicio y solidaridad con la actitud de superarse cada día: “hoy mejor que ayer, mañana mejor que hoy”.

Para nosotros, la fe es un encuentro Persona-Persona con Cristo, con su palabra, siendo iluminados con su luz, asimilando sus criterios evangélicos, tratando de vivir en espíritu y verdad, en justicia y paz, gestando y generando la armonía, la comprensión y la comunión, que hay que trasmitirlas a nuestras nuevas generaciones y la fuerza dinámica fruto de la energía y fortaleza que viene del amor.

Este inicio del Adviento nos lleva a reflexionar sobre el tiempo. Se dice que “poseer el sentido del tiempo es poseer el sentido de Dios”.  El tiempo es la oportunidad de ser y hacer, con serenidad y decisión, es la oportunidad de cultivar nuestra relación con Dios a quien ahora esperamos en su natividad, y con quien nos encontraremos al final de nuestra vida.

Cada domingo nos encontramos con él, en su Palabra y en la fuente y culmen de toda la vida cristiana que es la Eucaristía. Debe de ser como rocío matinal fecundante que hace germinar en nuestro corazón todo lo más noble, generoso y bueno. Para que este año litúrgico que hoy iniciamos sea el principio de gracia, de crecimiento, de maduración; en la mente, en el corazón, en las actuaciones, que valga la pena cuando podamos evaluarlo en la Fiesta de Cristo Rey culminación del Año Litúrgico.

El Adviento

La palabra Adviento indica la venida de Dios en la debilidad  y la humildad de la condición humana, en Belén, pero también nos quiere indicar que el Señor está cerca, viene a nosotros -si queremos a diario- en su Palabra y en la Eucaristía, en el prójimo que nos necesita, y a través de la lectura bajo de los acontecimientos de cada día bajo la acción del Espíritu.

El color morado de los ornamentos litúrgicos nos indica esa esperanza esperanzada de actitud austera y vigilante para poder oír la voz de Dios en nuestro silencio interior, para poder ver la estrella de luz en el firmamento de nuestra vida, para poder aceptar la invitación de los ángeles porque “somos hombres y mujeres de buena voluntad”.

Cada domingo debe ser un encuentro transformante con el Señor, que anima, alienta, consolida, impulsa la vida cristiana. ¿Qué es lo que Cristo espera de nosotros? Empezar por una conversión a la esperanza.

Isaías en la primera lectura ve hacia el futuro y dice:

“En los últimos tiempos quedará afirmado el monte donde se halla el templo del Señor. 
Será el monte más alto, más alto que cualquier otro monte. Todas las naciones vendrán a él; pueblos numerosos llegarán, diciendo: ‘vengan, subamos al monte del Señor, al templo del Dios de Jacob, para que él nos enseñe sus caminos y podamos andar por sus senderos’. Porque de Sión saldrá la enseñanza del Señor, de Jerusalén vendrá su Palabra” (2, 2-4). 

Al final de los días, el monte del templo del Señor será erigido en la cima de los montes, y será más alto que las colinas y a muchos pueblos les dirán: ¡vengan, subamos al monte del Señor! Parece en estos momentos históricos una ilusión esto que dice el profeta. Sin embargo la fe nos permite leer en profundidad lo que dice la historia humana; y sabemos que la espera del invierno prepara las maravillas de la primavera. Y así debe ser la fuerza de la fe confortados por la prueba del amor que Cristo: se hizo niño, vivió y predicó, padeció, murió y resucitó, y está sentado a la derecha de nuestro Padre Dios.

Jesús nos da una orden: vigilad, estad atentos, caminad por el camino de la justicia. Por ello Pablo comenta: “la noche está muy avanzada y se acerca el día; por eso dejemos de hacer las cosas propias de la oscuridad y revistámonos de luz, como un soldado se reviste de su armadura. Actuemos con decencia, como en pleno día. No andemos en banquetes y borracheras, y en inmoralidades y vicios, y en discordia y envidias (Rm 13, 12-13).

En el corazón de cada uno de nosotros hay sombras, actitudes, pensamientos y actuaciones que no concuerdan con el amor a Cristo que profesamos. Estamos lejos a veces de lograr “la victoria de Cristo cada día en el corazón”.

¿Para qué?

El Adviento tiene que ser tiempo de buscar las raíces del mal, descubrirlas y que Cristo las sane con su amor y misericordia a través del Sacramento de la Reconciliación. Debemos extirpar todo lo que sea mentira en nuestra vida, pues el demonio es el “padre de la mentira”.

Debemos recuperar el valor del sacrificio, que es libertad interior, que es condición para vivir la vida como don de sí mismo, en el seguimiento de Cristo. Se comprende que parezca como un contraste decir esto en una sociedad que busca tan sólo el bienestar, pero surge de la esperanza de que en esta vida somos peregrinos, pasajeros y que tenemos todo prestado; y que más allá de las realidades inmediatas terrenas, existe esa trascendencia de la patria definitiva. 

El Adviento litúrgico son cuatro semanas que preceden la Navidad. La vida toda es un permanente Adviento: “¡Ven Señor Jesús, no tardes!”. Qué triste sería que los regalos, dones, fiestas, y tantas otras manifestaciones, encubrieran una falta de amor, un sutil egoísmo, una manipulación afectiva de una vida quizá brillante o exitosa, pero estéril en el amor y por lo tanto sin valor a los ojos de Dios.

Adviento debe ser proceso de purificación y reconciliación fraternal. Como recomienda san Pablo: No conflictos o celos, conversión y caridad. Dos palabras claves para meditar y hacer vida.

Los católicos no nos podemos quedar en los análisis y los diagnósticos, debemos pasar a la acción y compromiso. Por ello educarnos y educar a la misericordia y a la gratitud. Erradicar violencia, odio, rencor, pleitos y divisiones.

Como dice Pascal: “algunos se complacen en la búsqueda de la verdad por la verdad misma. Porque estos, cuando poseen la verdad, no tienen la fuerza de detenerse a contemplarse porque tienen miedo de las exigencias de la verdad”.

Falsas profecías

No nos dejemos llevar por las fáciles profecías catastróficas, que aprovechando la fragilidad del ser humano y sus temores quieren impresionar y suscitar miedos. Dice un autor: Dios desconcierta pero no impresiona. Desconocer el día de su venida nos debe llevar a una seria reflexión de vivir siempre preparados.

El tiempo es la vida. No lo pierdas, no lo desperdicies: ¡Se vive una sola vez! El tiempo se nos da para crecer, madurar, profundizar en el maravilloso amor de Cristo, para realizarnos como personas y realizar el proyecto que Dios tiene para cada uno, teniendo:

  • la actitud de esperanza y la de vigilancia; 
  • la actitud de usar bien cualidades y capacidades; 
  • la actitud de edificar una comunidad cada vez mejor; 
  • la actitud de rectificar valores y principios a la luz del Evangelio; 
  • la actitud de mejorar la sociedad en que vivimos.

Si no actuamos así, ¿qué sentido tiene nuestra labor cotidiana, nuestros pendientes y afanes?

La fe que se transforma en esperanza y se proyecta en la caridad comprometida, amplían nuestro horizonte existencial. Hay que pedirle insistentemente al Espíritu: dilata mi corazón, amplía el horizonte de mi existencia, dame esa fortaleza, decisión y constancia, frutos de la virtud teologal de la esperanza. Amén.

Mérida, Yucatán, 27de noviembre de 2016.

+ Emilio Carlos Berlie Belaunzarán
Arzobispo Emérito de Yucatán

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