25 de Septiembre de 2018

Yucatán

Perdido en el alcoholismo, acaba como portador de VIH

Está próximo a cumplir 29 años el albergue católico que apoya en la rehabilitación de alcohólicos y drogadictos.

El albergue de Cottolengo cumple 29 años de apoyar en la rehabilitación de alcohólicos y drogadictos. (William Sierra/SIPSE)
El albergue de Cottolengo cumple 29 años de apoyar en la rehabilitación de alcohólicos y drogadictos. (William Sierra/SIPSE)
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William Sierra/SIPSE
MÉRIDA, Yuc.- Sumido en el alcoholismo, José golpeaba a su esposa e hijos y acabó en la calle… Durante 15 días sin parar, Juan se la pasó drogado, perdió a su familia, su casa, vendió todo para comprar droga… Jorge pensando que ya se había recuperado, abandonó a la mitad el programa de recuperación y poco más de un año después regresó peor.

Además de los graves problemas con el alcohol y las drogas, ahora es portador de VIH, enfermedad que contagió a su esposa, que murió.

Así como éstas son muchas las historias crudas, reales, no producto de la fantasía, para las que poco más de cien internos buscan ayuda para salir adelante en Cottolengo, que a unos días de cumplir 29 años de su fundación (su aniversario es el próximo domingo 19), ha conseguido la rehabilitación de 7,093 personas.

Se dice fácil, pero es una labor titánica la que se realiza en este centro de rehabilitación, ubicado en el Anillo Periférico, y que emprendió el presbítero Ignacio Kemp Lozano luego de que le tocó vivir hace más de 30 años una situación con un alcohólico que se le acercó a solicitar ayuda, murió abandonado en la calle al no haber un lugar donde recibiera apoyo.

Tras esa amarga experiencia, el padre Kemp, con apoyo de varias personas, siendo Juan Millet Rendón el principal bienhechor, lograron este albergue.

Al entrar al lugar, lo primero que se lee es su lema “Salvar a un alcohólico es salvar a una familia”, y eso es lo que precisamente está haciendo este lugar, hoy en día con 103 internos y con el apoyo de cuatro religiosas de la congregación Hijas de la Caridad San Vicente de Paul.

“En mi caso toque fondo, perdí mi dignidad como personas, y cuando me dijeron que me iban a traer aquí no quería, me trajeron casi obligado, pero ahora doy gracias a Dios por esa oportunidad que me dieron para rehabilitarme. Espero volver a ver a mi hijo, a quien apartaron de mi lado por mis adicciones. El colmo fue que me empecé a drogar hasta frente de la que fue mi esposa y mi hijo”, indicó otro interno.

Las personas que llegan a Cotollengo son sometidos a un programa de rehabilitación de nueve meses, y lo importante, que a diferencia de muchos lugares, aquí no hay enormes muros y puertas para evitar que se escapen. Los que están es por voluntad propia.

En ese lapso reciben terapias de auto ayuda, espiritual, acondicionamiento físico, de bienestar y ocupacional. En los primeros dos meses, que son de los más críticos, pues es cuando vienen los delirios por falta de droga o alcohol, reciben atención especial en un módulo aparte, y tras ese periodo se permite la visita de algún familiar.

Al cumplir los cuatro meses, al interno se le permite salir los sábados para regresar al día siguiente y se le sugiere buscar un grupo ayuda como los de Alcohólicos Anónimos.

Cuando acaba el programa a los nueve meses, reciben un reconocimiento de haber acabado.

En un anexo, hay varios cuartos que se ofrecen a aquellas personas que acabaron la terapia, y que no tienen donde vivir. Ahí pueden estar mientras buscan un sitio y además reciben comida, a cambio de una simbólica cantidad mensual de 200 pesos.

Como en todo, hay algunos casos de personas que vuelven a recaer y se les vuelve a dar una segunda y última oportunidad de rehabilitación.

Sin embargo, hay personas que sí lo aprovecharon, e incluso hoy en día son gente de bien, profesionistas, que agradecidos regresan a ofrecer sus testimonios para motivar a los internos.

De hecho, en uno de los salones hay una pared tapizada con diplomas de doctores, licenciados, ingenieros, que recibieron en Cotollengo rehabilitación y se las traen al “padrino”, como le dicen de aprecio al Pbro. Kemp Lozano.

“Es una labor difícil, pero la que hacen ellos (los internos). No nosotros”, decía la reverenda María Magdalena García Alcalá. “Si ellos no se quieren rehabilitar, por mucho que hagamos no lograremos nada. Un alcohólico o drogadicto es una mente enferma, que necesita ayuda".

Mantener un sitio así, y en el que no se cobra nada a los internos,  cuesta mucho y para ello se creó un patronato, que se encarga de recabar apoyo, desde económico hasta medicinas y ropa. También la familia del Sr. Millet Rendón ayuda con los gastos. Están abiertos a todo tipo de apoyo.

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