24 de Septiembre de 2018

Yucatán

Sacerdotes mayas encierran a devorador de hombres

En una cueva de Akil localizaron un burro de barro, con el hocico manchado con sangre humana.

Los jóvenes que pasaban cerca de este paraje huían despavoridos al ver a este monstruo con aspecto de burro. (Jorge Moreno/SIPSE)
Los jóvenes que pasaban cerca de este paraje huían despavoridos al ver a este monstruo con aspecto de burro. (Jorge Moreno/SIPSE)
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Jorge Moreno/SIPSE
MÉRIDA, Yuc.- Hace más de 150 años extrañas y misteriosas desapariciones ocurrieron en los montes de la parte norte del poblado de Akil, específicamente, en un paraje llamado Hotcab o Holcab, como algunos lo conocen.

En aquellos tiempos esos rumbos eran muy frecuentados, ya que era el camino carretero que conducía hacia las vecinas poblaciones de Teabo y Chumayel.

Al principio se pensó que las desapariciones eran accidentes de trabajo o la fuga de hombres y mujeres con sus amantes o bien, que pumas o jaguares eran responsables, pero estas ideas fueron descartadas al no encontrar rastros ni huellas, parecía que fueron tragados por la tierra.
 
Ante el temor creciente, muchos preferían no pasar por esos lugares ya que temían por sus vidas.

Sin embargo, las desapariciones iban en aumento, por lo que un numeroso grupo de cazadores decidió explorar los alrededores con la intención de encontrar el origen de los sucesos.

Al llegar al paraje se dispersaron y de pronto se escuchó el grito de un cazador, la ayuda llegó demasiado tarde, pues algún animal le había devorado las entrañas. Sus compañeros, aún sin reponerse del trauma, decidieron seguir los rastros de sangre y las huellas. Como a una legua de distancia encontraron en lo alto de un árbol un viejo puma, al cual fácilmente dieron muerte.

Bestia come hombres

Una gran algarabía invadió al grupo porque sintieron que habían solucionado sus problemas, tomaron al felino y lo llevaron hasta la población para mostrarlo a la gente de la comunidad, pero las desapariciones no terminaron, por el contrario fueron en aumento, por los que los cazadores decidieron realizar una nueva cacería por la zona.

Al adentrarse en la espesura de la selva baja escucharon espantosos bramidos y ruidos parecidos a los rebuznos de burro.

Poco a poco se acercaron al lugar de donde provenían los sonidos, al llegar alcanzaron a ver entre la maleza la sombra de un gran animal, parecido a un burro de gran tamaño, pero como la noche ya empezaba a caer tuvieron que abandonar la búsqueda y retirarse a sus hogares.

Al día siguiente, convencidos que se trataba de un ser sobrenatural, decidieron continuar la cacería, pero en esa ocasión se hicieron acompañar de un sacerdote maya.

Se dirigieron al lugar y escucharon rebuznar al burro, los ruidos los llevaron hasta una gran piedra en forma de laja, en el centro tenía una entrada de un metro de diámetro. Se trataba de una gruta que, conforme avanzaban en su interior, se iba haciendo cada vez más ancha. Metros adelante vieron una enorme estatua de barro con forma de burro que tenía el hocico manchado con sangre.

Corrieron asustados hasta salir de la cueva por temor de que la horrible criatura cobrara vida.

Sellan la caverna

Se trataba de un poderoso ser maligno que habitaba en esa gruta, cuya estatua cobraba vida cuando sentía hambre y salía de su escondite para alimentarse de carne humana.

Cuarenta sacerdotes mayas fueron convocados para sellar la entrada de la caverna, ya que sabían que sería muy difícil matar a la bestia y por eso optaron por impedir que saliera del agujero.

La ceremonia duró cuarenta horas, cada uno de ellos realizó sus rituales, al terminar, sellaron la entrada con piedras traídas de lugares sagrados y antiguos centros ceremoniales; con lo cual la cueva quedó sellada eternamente.

Las desapariciones cesaron, pero se cuenta que años más tarde dieron muerte a un extraño animal, parecido a un gran burro, entre las localidades costeras del oriente del estado de Yucatán, se dice que el cuerpo del animal tenía sellado la frase “hotcab”.

En la actualidad, si se visita el paraje Hotcab se puede observar la enorme laja y la forma en que fue sellada la entrada de la  gruta, pero por temor nadie se atreve a retirar las piedras.

Esta leyenda me fue relatada por el señor Víctor Navarrete Muñoz, oriundo de Akil, a quien le agradezco que la haya compartido con todos nuestros lectores.

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