16 de Noviembre de 2018

Opinión

Salir de la habitación

Una inglesa tuvo la osadía de buscar nombres de otras mujeres en la historia de la literatura...

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Una inglesa tuvo la osadía de buscar nombres de otras mujeres en la historia de la literatura. Trató de explicarse la escasez de novelistas, en medio del desconcierto y la impotencia, porque no podía ser cierto que en varias centurias los únicos nombres fueran los de Jane Austen y las hermanas Brontë. La inglesa no era otra que Virginia Woolf.

Al inicio de una airada conferencia que tenía como tema las mujeres y la novelística, Woolf pronunció la cita de citas: “Para escribir novelas, una mujer debe tener dinero y un cuarto propio”. Independencia económica y la libertad de decidir en su proceso creativo –cuándo hacerlo y sobre qué temas– eran lo que una mujer necesitaba si escribir estaba dentro sus intereses.

Qué más se podía decir cuando la escritura estaba vedada a las mujeres debido a las tareas domésticas que tenían que cumplir, el cuidado de los hijos y la reclusión en una casa donde no podían dedicar si quiera unas horas a poner en palabras las opiniones no dichas, después de sólo escuchar y callar más de una vez. El diálogo consigo misma mediante la palabra fue casi prohibido. Afuera estaban las guerras, caían imperios y surgían naciones mientras las mujeres miraban absortas desde el más hondo de los silencios.

A 88 años de la publicación de “Una habitación propia” (1928), de Virginia Woolf, es notoria la presencia de escritoras en el medio literario y editorial. México tiene en su haber a escritoras como Emma Dolujaboff, Rosario Castellanos, Josefina Vicens, Aline Petterson, Cristina Rivera Garza, Vivian Abenshushan, nombres que son apenas unos cuantos de la gran participación que las mujeres están teniendo en las letras mexicanas desde el siglo pasado.

Pese a ello, en los periódicos también aparecen nombres de mujeres que recuerdan una atroz numeración que crece cada día: feminicidios, desapariciones y periodistas asesinadas. El problema no es ya la imposibilidad de sentarse a escribir, el atrevimiento de ahora es salir a contemplar lo que está más allá de las paredes de la habitación que al fin hicimos nuestra. Hemos ido conquistando nuestro espacio frente a la computadora, trabajando en el escritorio, en el café o el lugar que se nos presente –intuyendo lo que pasaría a nuestro personaje si actuara de manera A o B– o sujetando pluma y moleskine mientras escribimos con urgencia por culpa de un pescadito como el que se reveló a Woolf a orillas del río, una idea de esas que aterra que escapen… ¿Pero qué hemos de contar si no salimos de la habitación propia con la seguridad de regresar a ella?

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