20 de Septiembre de 2018

Yucatán

 / Navidad

'El doctor me dijo que no confiara en ellos, sino en Dios'

Con 11 años de edad, Yanel tuvo que pasar su tercera Navidad luchando contra el cáncer.

A pesar de que Yanel no ha podido vencer el cáncer se encuentra mucho mejor. (Milenio Novedades)
A pesar de que Yanel no ha podido vencer el cáncer se encuentra mucho mejor. (Milenio Novedades)
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Milenio Novedades
MÉRIDA, Yuc.- De los ojos de Rita emana una tierna mirada sobre Yanel, su guerrera hija de 11 años, quien celebró su tercera Navidad en lucha contra el cáncer, con la esperanza de vencer por completo su enfermedad y recibir un regalo muy especial.

En tanto, la niña ensaya las escalas de las notas musicales en un pequeño piano de uso colectivo en un centro asistencial para niños, quienes, como ella, padecen cáncer y viajan decenas, centenares de kilómetros desde su lugares de origen a esta capital en busca de una oportunidad de vida.

Un suéter rosa con una silueta de Mickey Mouse permite imaginar una de las grandes ilusiones de la chica, quien por un momento rompe la concentración de su novel virtuosismo para recordar su pasión por la lectura.

Dos años y un mes atrás, el anuncio de que en el cuerpo de Yanel avanzaba el cáncer linfoblástico llenó a su madre Rita de preguntas, como: “¿a dónde voy a ir?, ¿quién me va a ayudar?, ¿qué es lo que voy a hacer, qué debo hacer?”, al enfrentar su mayor temor, la posibilidad de perder a su hija.

Un dolor en el pecho y un moretón fueron las señales de alerta, a las cuales siguieron la indiferencia de algunos médicos que atribuían los dolores a una infección de las vías urinarias o un mal estomacal, antes de enviar a la paciente con un especialista.

“El 9 de noviembre de hace dos años que se lo detectaron (el cáncer) y estaba muy mal, mi hija dejó de caminar cuando la ingresé al hospital”, recordó Rita.

El doctor me dijo que “no hay nada que hacer, solo la quimioterapia podía ayudarnos, pero no se le podía aplicar porque tenía mucha fiebre y estaba anémica y eso iba a ser fatal”, relató.

“La vamos a reforzar, pero la quimioterapia ahora no se puede dar. Nos está ganando la enfermedad”, refirió del médico que se sumó a la causa de madre e hija. Pasaron 11 días y “mi hija no hablaba, no abría los ojos. El doctor me dijo que si yo lo autorizaba le ponía la quimioterapia. Acepté y le dije que la vida de mi niña estaba en sus manos y él me respondió que no, que estaba en manos de Dios”.

Antes de firmar (el consentimiento), precisó, le repetí: “confío en ustedes que va a quedar bien y el doctor me dijo que no confiara en ellos, sino en Dios, que es el único que puede decidir, pues ellos ponían el medicamento y él decidía qué se haría”.

Así, dijo, “la confianza en los médicos y una petición especial en una Iglesia local fueron la fórmula para que Yanel abriera los ojos e iniciara su recuperación y una fiera batalla contra el cáncer”.

“Para mí fue como un milagro de Navidad anticipado y desde ese día el doctor me advirtió que el tratamiento sería prolongado, de tres años y no porque viera bien a la niña la dejaría de traer y pese a cualquier dificultad, debía venir a sus tratamientos”, continuó.

La salida del hospital fue unos días entes de la Navidad, con la advertencia médica de que la niña debía permanecer aislada en casa siete meses sin la visita de abuelos, tíos, amigos, para evitar el contagio de algún virus o bacteria.

Además, padres y hermano tuvieron que acostumbrarse al uso de gel antibacterial, cubrebocas y guantes.

“La primera Navidad fue muy triste, no había fiesta. Vivimos en un barrio junto al cual hay un rancho y el doctor nos dijo que no debíamos estar cerca de animales. Así que nos fuimos de Ticul al pueblo de mi mamá”, abundó.

“Mi hermanito que vivió en Estados Unidos nueve años y logró construir su casa. Como quien dice, nosotros estrenamos su casa. Nos quedamos ahí un año. Incluso, mi hermanito llegó de Estados Unidos porque ella lo quería ver y se quedó con mi mamá”, añadió.

Como ella lo pidió, abundó Rita, “mi familia cenó en el porche de la casa en la Nochebuena, pues ella los quería ver aunque sea por el vidrio de la ventana. Se sintieron mal y no tardaron, pero ella quería que cenaran y decía ‘aunque yo no salga y los vea de lejos. Fueron un ratito y se quitaron. Estábamos encerrados en la casa”.

“Estamos ya en el tercer año de tratamiento. Los dos primeros son los más fuertes. Hoy puedo decir que mi hija está mejor y nos dijo el doctor que en el tercero sólo vamos a venir una vez por semana y tenemos que ser constantes”, indicó.

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