12 de Diciembre de 2018

Yucatán

'Si me aman cumplan mis mandamientos'

VI Domingo de Pascua. Hech. 8, 5-8. 14-17; Sal 65; I Pe 3,15-18; S. Jn 14, 15-21

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MÉRIDA, Yuc.- I.-  Hech 8, 5-8, 14-17
Estamos vibrando con el tiempo en el cual se inician la misión y expansión de la Iglesia primitiva.        

a) Punto  neurálgico es la misión de Felipe en Samaria inicio de su apostolado entre los judíos que prepara la de los paganos. Felipe es uno de los siete elegidos y ordenados por los apóstoles, que va a Samaria en misión a predicar a Cristo; y una buena cantidad de oyentes se le acerca para escucharlo, y su predicación corroborada por los milagros acercó a muchos a la fe; lo que trae consigo grande alegría en aquella ciudad.

Es muy interesante el subrayado de san Lucas entre el don de la fe y el gozo y la alegría que ella comporta.

b) Pedro y Juan confirman las nuevas comunidades de creyentes.  Ellos llegan a imponer las manos en aquellos que se habían convertido por la predicación de Felipe, y con la imposición de las manos y la oración los creyentes reciben el Espíritu Santo.

Obra de los apóstoles es confirmar una comunidad apenas nacida por la predicación y bautismo del misterio de Felipe; y llevar a ellos el don del Espíritu Santo.

Así se ve claramente el carisma ministerial de cada uno, y cómo los nuevos creyentes son aceptados en la única Iglesia apostólica de Cristo.

El Bautismo en nombre de Jesús, inseparable de la recepción del Espíritu como Don, y de la incorporación a la Iglesia como comunidad de creyentes.

Es interesante notar que la comunidad primera beneficiaria de estos dones, a los ojos de los hebreos era “Herética”; así nos lo hace saber El Siracide 50, 25-26; y lo mismo San Juan en la descripción del encuentro con la samaritana: “Los judíos no tienen buenas relaciones con los samaritanos” (S Jn 4,9).

Es natural para san Lucas la narración de la fundación de la Iglesia en Samaria.

Vale la pena recordar las palabras de Orígenes en el siglo III: “Tú que sigues a Cristo y lo imitas, tú que vives de la Palabra de Dios, tú que meditas sobre su Ley, día y noche, vive siempre bajo la acción del Espíritu Santo, y jamás te alejes de Él”.

II.- 1Pe 3, 15-18

Está dirigida esta lectura para aquellos que sufren tribulaciones y contradicciones por causa de la justicia.

a) “Adoren en sus corazones a Cristo El Señor” (1Pe 3,13):

Esta fase utiliza un texto de Isaías (Is 8,13) para explicar la dignidad divina de Cristo. Para reconocerle como Señor en comunión con Dios Padre. Y este reconocimiento se da en el corazón de los creyentes mediante el testimonio de una vida recta, sencilla y comprometida, fruto de la fe.

b) Exhortación (1Pe 3, 15-17):

Alentando a todos a tener valor en la práctica de su fe. Y para ello conocer bien el Evangelio, que ilumina y nutre el sólido fundamento de nuestras convicciones. Pero además cuenta como dice el adagio mexicano: “en todo modo”.

Que usen de “sencillez y respeto”, excluyendo animosidad, aspereza y fanatismo; y con rectitud de conciencia de manera que caigan, como sin  fundamento las críticas hechas a los discípulos del Señor.

La tercera exhortación es “padecer pero haciendo el bien y no a padecer haciendo el mal”. Es mejor sufrir como inocentes, que como culpables.

c) El misterio de Cristo (1Pe 3,18):

Se nos presenta para subrayar “la ejemplaridad de sus padecimientos”, pues sufrió “justo por los injustos”.

En su doble vertiente de expiación y redención; para reconducir los hombres a Dios; consagrándolos a Él, para que entren en una verdadera comunión de vida con Él.

Jesús murió haciéndose solidario con toda la humanidad, -por su Encarnación y Pasión-, y después de la Resurrección la naturaleza humana de Jesús transformada por el Espíritu adquirió un nuevo modo de vida inmortal, incorruptible, espiritual.

Es el Espíritu siempre el que da la vida, el que es vivificante y que viene proclamado en forma solemne por el misterio de Cristo.

III.- S. Jn 14, 15-21

Este texto forma parte del maravilloso discurso de despedida que nos narra San Juan y en donde Jesús promete el Espíritu Santo.

a) La Promesa del Paráclito: (Jn 14, 15-17):

Esta promesa del Espíritu Santo es introducida por el tema de la caridad: Amar a Jesús significa guardar sus mandamientos.

La revelación del Paráclito muestra las relaciones entre los autores de nuestra salvación: Jesús que ora al Padre, el Padre que nos da el Paráclito, acogiendo la plegaria de Jesús, muestra también la relación con los creyentes, a los que les será dado permanecerá con ellos para siempre; haciendo una relación de donación-conocimiento-y-presencia fundamental para la Iglesia peregrinante.

Jesús en este sermón procede temáticamente y como dicen los estudiosos en “ondas”. Pues los temas se vuelven recurrentes como las olas a la orilla del mar.

En este discurso cinco veces se repite la mención al Espíritu Santo, hoy leemos en el Evangelio la primera en que se pronuncia: “Paráclito”, que es un término griego que viene del ámbito forense y significa “abogado defensor”.

Se comprende mejor si vemos que San Juan ve todo el acontecimiento de Cristo como un proceso; que en el plan histórico –humano es dramático porque Cristo es crucificado, la Iglesia perseguida, los acusadores –el mundo pecador y Satanás- aparecen como vencedores.
Cuando sabemos que la muerte en cruz de Cristo y la cruz de la persecución para la Iglesia, marcan el inicio de la salvación en el tiempo indiscutible de la Cruz: “¡Salve, oh Cruz, esperanza única!”

Cristo en su Pasión tiene consigo a su Padre, lo mismo la Iglesia en su pasión de persecución, tendrá consigo al Paráclito. Pero para recibirlo, verlo y conocerlo “habrá que hacerlo siempre desde la perspectiva de la fe”.

El Espíritu se recibe en la fe y así genera la esperanza. El Espíritu sostiene al fiel en su confrontación con el mal, ayudándolo a descifrar el sentido profundo y glorioso de la historia no obstante las apariencias desconcertantes y no fáciles de comprender.

Como dice el Concilio: “La Iglesia está compuesta por hombres los cuales reunidos en nombre de Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinación hacia el Reino del Padre, y que llevan un mensaje de salvación para proponerlo a todos” (Gaudium et Spes”).

Así como Cristo tiene en su muerte en Cruz su grandiosa glorificación, así también el cristiano supera la oscuridad de la prueba y los asaltos del mal, porque tendrá a su lado al Paráclito (“Defensor-Consolador”) que lo sostendrá, lo consolará, lo fortalecerá.

Este pasaje nos recuerda el de la tarde del domingo de Resurrección en que Cristo se aparece en el cenáculo a sus discípulos y les dice: “¡Paz a vosotros... como el Padre me ha enviado a mí... Reciban el Espíritu Santo!”  (Jn 20, 19-22).

Es el Espíritu quien velará por los creyentes sobretodo si acusados... “no se preocupen por lo que han de decir, porque será el Espíritu del Padre el que hablará por ustedes” (Mt 10, 19-20). Será incluso nuestro intercesor ante el tribunal de Dios, cuando hayamos caído en el pecado.

“Si alguno comete pecado, tenemos un Paráclito ante el Padre que es Jesucristo, y él es justo”. (1Jn 2,1).

La promesa de Jesús anticipa la tragedia del Calvario y desde la gloria de la Pascua de Resurrección, penetra a nuestros corazones con nuestros miedos y dudas, para llenarlos de esperanza con el soplo liberador de la fuerza del Espíritu.

“El Espíritu de la verdad”, en el 4º Evangelio, no es algo genérico, se identifica con la Revelación del mismo Cristo, es decir, El Evangelio. “Es el Espíritu el que nos lleva a profundizar en la verdad, dándonos cada vez más luz sobre ella, alentando nuestra desidia, fortaleciendo nuestra debilidad, enfervorizando nuestra tibieza, corrigiendo nuestra distracción.

Tenemos que vivir la Palabra de Dios, con el amor, fervor y entusiasmo, que decían los discípulos de Emaús que la plática con aquel compañero de camino les había hecho experimentar: “¿Acaso no ardía nuestro corazón...?” (Lc 24, 32).

Es el Espíritu el que nos ayuda a transformar la Palabra del Evangelio en vida. Así escribe Angel Silesio (1624-1677):

“Dios es mi savia, que hace que florezca en mí, por la acción del Espíritu, el botón de la flor que está por abrirse”.

Que la gracia del Espíritu nos lleve a vivir en la fe verdadera del conocimiento del Evangelio, para que nuestra existencia sea en todo conforme a Él que nos haga vivir en la Esperanza que es fuente de gozo y alegría, como sucedió con los samaritanos; y que nos haga vivir en el amor, que cumple los mandamientos y que así se manifiesta comprometido en la promoción integral propia y de cada hermano que la Providencia cruza en el camino.

San Juan de la Cruz dice:
“¡Al atardecer de nuestras vidas seremos evaluados en el amor!” (Dichos No. 64) (Catec. Igl. Cat. 1022).

Santa Teresita del Niño Jesús en su agonía dijo: “¡Para nada me arrepiento de haber entregado mi vida al amor!” (Ultimas conversaciones, 30 de Sep. 1897).

Preparémonos a recibir con esperanza y gozo la gracia del Espíritu actuando al servicio de la verdad en el compromiso cotidiano del amor.
Amén.

Mérida, Yuc., 25 de mayo de 2014.


† Emilio Carlos Berlie Belaunzarán
Arzobispo de Yucatán

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