21 de Octubre de 2018

Opinión

"Relaciones felices"

Fue en los años ochenta cuando tuve la oportunidad de enterarme de una investigación realizada por la Universidad de Lovaina en Bélgica.

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Fue en los años ochenta cuando tuve la oportunidad de enterarme de una investigación realizada por la Universidad de Lovaina en Bélgica; se les presentaron a un numeroso grupo de niños menores de doce años tres distintos dibujos que mostraban diversas maneras de celebrar su cumpleaños y se les pidió que eligieran la celebración que más les gustara; en la primera imagen se veía sólo a un niño sentado en el suelo y rodeado por una gran cantidad de regalos, en la segunda imagen un niño estaba con sus dos padres en una mesa pletórica de regalos, la tercera imagen mostraba a un niño con sus padres, parientes y amigos, todos jugando y divirtiéndose, pero sin ningún regalo.

Los resultados fueron muy claros, significativos y aleccionadores: sólo un 15% había seleccionado la primera imagen, otro 15% eligió la segunda opción y un abrumador 70% prefirió sin dudas la tercera. Interesante sería repetir el estudio en los tiempos actuales y casi me atrevo a asegurar que las variaciones respecto del estudio antiguo no mostrarán grandes cambios en los porcentajes. ¿Por qué?, porque los niños, jóvenes y adultos intuyen, si no es que saben, que la mayor felicidad es la compañía. En circunstancias normales, el ser humano encuentra mucho mayor felicidad en compartir que en estar solo, que las cosas son realmente buenas cuando más las compartimos con quienes nos rodean.

¿Quiere decir esto que la soledad es mala? No, de ninguna manera, ya la semana pasada había hablado de las bondades de la soledad cuando ésta sirve para reflexionar, para encontrar nuestra verdad interior, cuando es un espacio de reflexión profunda y que se está en soledad para poder después lograr cosas mejores; la soledad es un alto en el camino, no un destino, y después hemos de salir de ella para compartir todas las riquezas que ahí nos hemos encontrado.

Porque si es verdad que más vale estar solo que mal acompañado, no menos verdad es que es infinitamente mejor estar bien acompañado que solo; la soledad no es el estado idóneo para un ser humano que desde su propia biología está diseñado para vivir en comunidad. Las personas nos humanizamos en el trato con el prójimo, es la relación con los demás lo que nos define como humanos.

Esta relación dinámica que lleva a su pleno desarrollo a los seres humanos sólo es posible si es desarrollada en el trato con los demás; por ello es inquietante que haya quienes pretendan considerar como hombre plenamente desarrollado a aquel que vive y desea vivir siempre en soledad, como si la soledad fuera un valor supremo y el objetivo del desarrollo humano; es por esto que se puede palpar en nuestras sociedades un egoísmo algunas veces desbocados y un afán de reducir todo a mí, me y conmigo, un egoísmo que encuentra en mí todo lo bueno y que, como dijo Jean Paul Sartre, identifica que “el infierno son los otros”; no es de extrañar que con este tipo de ideas Sartre no fuera precisamente feliz.

Algo se le escapa a Sartre en esta mirada y es que en realidad “el cielo son los otros”, porque, a pesar de todo lo que de cansado y conflictivo llegue a tener la relación humana, los otros son la causa y el destino de eso que llamamos amor y que acaba siendo el ofrecer la mejor versión posible de nosotros mismos a todos aquellos a quienes nos encontramos ligados por ese amor; es en ese compartir la vida donde generaremos felicidad para los demás y para nosotros mismos, es en esa vocación comunitaria de compartir la vida en donde el ser humano encuentra su razón de ser, y se trata de compartirlo todo, no crearse un mundo de caramelo, sino compartir tanto lo bueno, como lo regular y lo malo.

No se trata en ningún momento y de ninguna manera de negar nuestra individualidad porque cada uno de nosotros debe llegar a ser quien pueda ser y no vivir la vida del otro, pero hay que trabajar en ser auténtico, ser uno mismo, realizar todas nuestras potencialidades, pero tener muy claro que esas potencialidades existen en mí para vivir en relación con los demás, no en la autoadoración, recordando que somos seres sociales por naturaleza y que nos es necesario cumplir aquella antigua meta resumida en amar y ser amado. Quien logre el sano equilibrio entre estas dos aspiraciones vivirá realmente en felicidad plena. Que todos la alcancemos.

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