17 de Diciembre de 2017

Yucatán

Fantasma de exempleado ronda Panteón Florido

Jacinto Urías trabajó más de 30 años en el cementerio, y cuando se retiró murió a causa de la tristeza, tal vez por eso regresó varias veces a trabajar...

Por los 'pasillos' de un panteón de Mérida, aseguran los empleados del lugar haber visto rondar el fantasma de don Jacinto Urías. La imagen es únicamente de contexto. (Jorge Moreno/SIPSE)
Por los 'pasillos' de un panteón de Mérida, aseguran los empleados del lugar haber visto rondar el fantasma de don Jacinto Urías. La imagen es únicamente de contexto. (Jorge Moreno/SIPSE)
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Jorge Moreno/SIPSE
MÉRIDA, Yuc.- En varios de los panteones yucatecos en donde he investigado casos de fantasmas, me han hablado sobre veladores o cuidadores que han laborado en esos sitios por mucho tiempo y que, tras su muerte, han visto sus “almas en pena” rondando.

Y aunque en muchos casos pudiera tratarse de sugestión de las personas, sin duda algunas veces pudieran ser casos reales, tal y como ocurre con el que les presento hoy y que se da en el Panteón Florido de la ciudad de Mérida.

El caso me lo platicó Fidel Medina, nieto de don Jacinto Urías, fallecido hace ya más de 30 años, y quien fuera velador del Panteón Florido de Mérida por varias décadas; era tal su amor hacia ese trabajo que incluso ya muerto estuvo “laborando” ahí.

“Mi abuelo trabajó más de 30 años en este panteón en donde diste la conferencia, el Panteón Florido, y me cuentan mis papás que don Jacinto Urías tuvo una vida muy peculiar y también después de muerto, ya que ayudaba a los demás veladores y empleados a realizar sus labores y hasta bromeaba con ellos”, dijo.

“Todo comienza a principios del siglo pasado, cuando contratan a mi abuelo para ser ayudante de enterrador; al poco tiempo lo ascienden debido a su encomiable labor y a que siempre estaba dispuesto a sudar la camiseta por su trabajo, tenía una pasión muy especial y una empatía bárbara para con los familiares de los difuntos que acudían a enterrar los cadáveres, hasta parecía un familiar más”.

“Nunca se metía en problemas y era muy querido por los demás empleados, pero justo cuando cumplió 31 años en el panteón, tuvo que dejar de trabajar debido al mal de Parkinson que lo aquejaba, de hecho desde dos años antes ya lo iban a pensionar pero él se negaba porque quería seguir en el trabajo”.

Desgraciadamente a los seis meses de que dejó de trabajar, mi abuelo falleció; dicen que fue por la enfermedad, pero mis papás y mis tíos dicen que se deprimió mucho al dejar de ir al panteón; a pesar de que sus compañeros iban a la casa a visitarlo con frecuencia, era evidente su tristeza y su mirada perdida, yo era un adolescente cuando mi abuelo estaba así pero recuerdo muy bien su mirada.

“Lo enterramos en su natal Tekit, no en el Panteón Florido, pero en los siguientes meses, todos los empleados que habían sido sus compañeros juraban que lo veían y lo percibían en su ex sitio de trabajo, pues les movían las palas, las velas de las otras tumbas, sentían que les daban palmadas en su espalda (lo que acostumbraba a hacer don Jacinto en vida con ellos), hasta que después de unos meses esto cesó por completo, creo que por fin se dio cuenta (de) que ya estaba muerto y descansó en paz”, explicó.

“Sus compañeros estaban seguros de que se trataba del alma en pena de Jacinto y lejos de sentir miedo, les daba satisfacción el saber que aún muerto hasta les hacía bromas, como las palmadas en la espalda que de pronto sentían o que de pronto les escondía por momentos sus herramientas de trabajo”, finalizó.

Casos parecidos a este ha habido en los municipios de Baca, Tekax, Tizimín y Buctzotz, entre otros, más adelante en esta misma sección les presentaré las historias.

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