12 de Diciembre de 2018

Yucatán

"Señor mío, y Dios mío"

II Domingo de Pascua. Hech 4, 32-35, Sal 117, 1Jn 5, 1-6, Jn 20, 19-31.

La victoria que Cristo nos trae con la Resurrección, se debe reflejar en la victoria de Cristo cada día en el propio corazón. (pddm.org)
La victoria que Cristo nos trae con la Resurrección, se debe reflejar en la victoria de Cristo cada día en el propio corazón. (pddm.org)
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El domingo pasado celebramos la fiesta de la Resurrección, fiesta central del año litúrgico. Cuarenta y seis días nos ayudaron a prepararnos a esta fiesta. Ahora caminaremos siete semanas para llegar a la gran fiesta de Pentecostés, que completa el ciclo: Cuaresma, Pascua, Pentecostés.

Pentecostés es palabra de origen griego que significa “cincuenta días”, es fiesta judía, establecida para conmemorar la entrega de la Ley de Dios a los judíos en el monte Sinaí, que se celebraba a los cincuenta días de la celebración del “Cordero Pascual”. Jesús eligió la Pascua Judía para realizar su Pasión, Muerte y Resurrección; también escogió la fiesta de Pentecostés de los Judíos, para el envío del Espíritu Santo a la Iglesia.

La Resurrección de Cristo, y el envío del Espíritu Santo son dos acontecimientos históricos que señalan el nacimiento de la Iglesia.

La Resurrección de Cristo garantiza la nuestra, y la venida del Espíritu es garantía que estamos en la verdadera Iglesia.

Como se suele conocer en la Teología: La primera etapa es de la creación y la segunda de la Recreación o Redención. Cristo instituye la Iglesia y le promete su permanencia o “indefectibilidad”: “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el final de los tiempos”. (Mt 28,20).

La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo que se prolonga viva y dinámica, en el tiempo y el espacio. El alma que anima a este cuerpo es el mismo Espíritu Santo que la fecunda, anima, ilumina, fortalece, y desarrolla.

Este período de Pascua a Pentecostés nos conduce por medio de la experiencia post-pascual y de la fe de la Iglesia primitiva-apostólica, al gran acontecimiento de la venida del Espíritu Santo. Dispongámonos a lo largo de estas semanas a dejarnos conducir por Él, que acreciente el don de nuestra fe, y del amor a nuestra madre la Iglesia católica.

I.- Hech 4, 32-35

Es la narración de los acontecimientos de la Iglesia primitiva en toda su lozanía y dinamismo. En este texto apreciamos: La unidad de sentimientos, la disponibilidad social de sus miembros, la fuerza de la predicación del Evangelio y los milagros.

El aspecto que se acentúa en el capítulo II es el de la piedad, en cambio en este el IV, el tema dominante es la comunión de bienes.

Ya en el Antiguo Testamento se recomendaba: “Entre ustedes no debe haber pobres” (Deut 15,4).

La fe se muestra así no como un acto intelectual ni tampoco la adhesión a verdades abstractas, sino como un estilo de vida, una actitud que penetra toda la vida, como consecuencia del encuentro con Cristo. La fe es comunión con Dios y con los hermanos; como nos lo dicen los Hechos: “Los creyentes tenían un sólo corazón y una sola alma, al grado tal que todo lo ponían en común para que entre ellos no hubiese un necesitado”.

La victoria de la vida sobre la muerte en Pascua, inicia así su itinerario histórico. La comunión excluye a la soledad, el amor disminuye la distancia, la fraternidad consume la indiferencia.

La semilla fecunda de la Resurrección ha sido arrojada e inicia su germinación y floración.

II.- l Jn. 5, 1-6

Dos grandes temas se entrecruzan en esta lectura: La fe en Cristo y la comunión  con Dios.

La victoria que Cristo nos trae con la Resurrección, se debe reflejar en la victoria de Cristo cada día en el propio corazón. Y que es una victoria que comporta el esfuerzo humano y la oración, pero en definitiva depende de Dios.

Aceptar a Jesús es seguirlo e imitarlo, por lo tanto asumir con Él la propia vocación, y como Él cumplir la misión.

Él la cumplió con “agua y con sangre”, piensan los autores que se refiere a los elementos polares que engloban su vida pública: el Bautismo y la Cruz.

El amor a los hermanos se constituye así en el único criterio válido y constatable, de que estamos en comunión con Dios. (2,7-11; 3,10-24).

La fe es fuente de comunión en cuanto que nos hace hijos de Dios y nos impulsa a guardar sus mandamientos.

La acción del Espíritu se vale de los Sacramentos, para fecundar y actuar en el alma del cristiano. La recepción de los sacramentos sostiene e incrementa la fe.

III.- San Jn. 20,19-31

El libro de la Resurrección del Evangelio de San Juan (cap. 20), consta de dos grupos de apariciones del Resucitado: una junto al sepulcro vacío y otra en la casa donde se hallaban los discípulos. Cada grupo contiene dos relatos:

a) El primero consta de la visita de María Magdalena y los dos discípulos al sepulcro y la siguiente aparición a la Magdalena.

b) El segundo consta de dos apariciones a los discípulos reunidos, la primera sin Tomás y la segunda estando éste presente. (J. de la T.)

Lo que Jesús les trae como don de su presencia es la PAZ; al volver de la cruz, de la muerte y de los infiernos, con la victoria del Resucitado. Que no es la paz que da el mundo, es la paz que describe Pablo: “Él es nuestra paz” (Ef. 2,14)

Se puede  decir que es la escena de Reconciliación y perdón a los discípulos, ya que uno lo traicionó, otro lo negó, los demás huyeron, sólo Juan quedó al pie de la Cruz. Por eso Él les trae el Don de su Paz.

El poder del Resucitado, Él se los comunica a sus discípulos en continuidad de la misión que había recibido de su Padre: “Sopló sobre ellos”, nos pone en relación con los inicios de la humanidad: “Sopló en las narices su aliento de vida” (Gn 2,7). Como para hacernos comprender que estamos ante una humanidad nueva, fincada en la acción y poder del Resucitado: “A los que les perdonen los pecados les quedarán perdonados” (Jn 20,23).

Él les hace comprender que de sencillos pescadores, vinculados a una familia, a una tierra, unos instrumentos de trabajo y un pueblo, se transformarán en peregrinos, sembradores de esperanza, que anuncian una salvación universal.

Del miedo los hace pasar por la reconciliación de ésa paz -de la que Él es portador-, al valor y decisión de la misión.

La Iglesia es consciente de sus pecados, no es la comunidad que no peca, sino en la cual el pecado viene perdonado.

Cuando a Gilbert Chesterton le preguntaron acerca de su conversión al catolicismo les respondió: “me hago católico para recibir el perdón de mis pecados”. Qué bien comprendió a la Iglesia como el lugar privilegiado donde se celebra la misericordia de Dios, a través del Sacramento de la Reconciliación.

La Iglesia no es impecable, como Madre y Maestra nos invita a iniciar cada Eucaristía, reconociendo nuestros pecados y pidiendo perdón. (Yo confieso, ¡Señor Ten piedad!), para asumir la debilidad y fragilidad de cada uno; y proyectarse en la confianza para recibir el don de la misericordia y la paz. La Iglesia no podrá ofrecer siempre el signo de la santidad, pero deberá siempre ofrecer el don del perdón.

“Dichosa Tú oh María, porque por haber creído que han de cumplirse las cosas que el Señor te ha dicho” (Lc. 1,45).

La fe es un riesgo que a Tomás le cuesta asumir, Se trataba  de aceptar un anuncio basado en una experiencia personal ajena. Muchos como él “quieren ver”, “tener garantías”, como el apóstol Tomás, en las dificultades, contradicciones y pruebas de la vida, “no superan la crisis del Viernes Santo”.

Bien dice el gran académico J. Mouroux: “La transmisión de la fe  se da por la vía del testimonio”.

El encuentro entre Tomás y el Resucitado lo conduce a este a la profesión de fe: “Señor mío  y Dios mío”. ( Jn 20,28), que muchos a lo largo de los siglos repetiremos con amor y fe delante de la Eucaristía, para incluirnos así en una bienaventuranza impregnada de esperanza: “¡Dichosos los -bienaventurados-  que sin ver han creído!” ( Jn 20,29).

Es probable que en ese momento experimentara en el acto de humildad que siempre florece en la fe, la vivencia que nos narra Santa Teresita de Lisieux. “Experimenté el amor de Dios entrar en mi corazón con la necesidad de vivir, olvidándome de mí misma, para pensar en los demás y desde ése momento fui feliz”. (Autobiografía. Historia de un alma p. 26)

IV.- Conclusión

1. Agradezcamos el don de la fe, meditado en el accidentado itinerario de Tomás, y celebrado en sus raíces por el Evangelista: “Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios” (1Jn. 5,1).

2. La importancia del testimonio del amor fraterno: En esto hemos conocido lo que es el amor, en que Él dio su vida por nosotros, también nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos. (1Jn 3,16). 

3. Debemos rechazar el pecado:  “Todo el que comete pecado, comete también iniquidad...  Todo el que permanece en Él no peca, todo el que peca, no le ha visto ni conocido.... Quien comete pecado es del diablo”.(I Jn 3, 4 y 6).

4. Pedirle al Señor aprender a compartir. Que es el itinerario testimonial de la comunidad  primitiva de Jerusalén y que les daba tanta alegría y tanta paz. Liberarnos de la obsesión del tener, poseer, acumular, valorar a los otros, “sólo por lo que tienen”. Aprender la gran lección cristiana:  “Es más bello dar que recibir ( Hech. 20,35).

5. Como bien dice San Máximo el Confesor: “La Pascua engendra la fe, y la fe genera el amor”. Amén. 

Mérida, Yuc., abril 12 de 2015.

† Emilio Carlos BerlieBelaunzarán
Arzobispo de Yucatán

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