20 de Septiembre de 2018

Yucatán

Sentía que mi cuerpo se iba a reventar: buzo pepinero

Juan Carlos Pech León y Noé Pech estuvieron a punto de morir por estar mucho tiempo en las profundidades y no tomar previsiones.

En alta mar la vida de los buzos depende de su destreza y conocimientos y de la coordinación de todo su equipo. Foto de Juan Carlos Pech León, de 42 años, que bucea desde hace 10. (Milenio Novedades)
En alta mar la vida de los buzos depende de su destreza y conocimientos y de la coordinación de todo su equipo. Foto de Juan Carlos Pech León, de 42 años, que bucea desde hace 10. (Milenio Novedades)
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Ana Hernández/SIPSE
MÉRIDA, Yucatán.- Uno tiene 21 años, el otro 42, ambos saben lo que significa estar descompresionado, el dolor que deben soportar de estar en una cámara hiperbárica para salvar su vida y lo que es “quedar marcados” luego de esa experiencia, porque les cuesta encontrar un nuevo patrón que les dé la oportunidad de seguir en la pesca, lo único que saben hacer.

La descompresión que cada uno sufrió fue el resultado, en ambos casos, de la negligencia de su equipo de apoyo. Sin experiencia, en la profundidad donde buceaban pueden estar de 45 minutos a una hora máximo… pero los dejaron más de tres horas; nadie los apoyó para indicarles que debían subir con lentitud y cuidado.

Juan Carlos Pech León tiene 42 años y bucea desde hace 10. Hace más de un lustro que captura pepino de mar en Celestún.

Bajo el agua aprendió a moverse con cuidado, los movimientos bruscos pueden causar una descompresión; el que estaba “cuidándolo”, al darse cuenta de que ya había pasado mucho tiempo, no dejó que subiera poco a poco, sino que “lo jaló”, esto le hizo dar volantines y quedó sentado en el fondo de la barca, con dolor de cabeza.

Salió bien, pero apenas había subido a la lancha sintió un dolor de cabeza muy intenso, se le adormecieron las piernas y le dio un fuerte dolor de estómago, el cual se les comenzó a inflar, supo que tenía una descompresión, se recostó y puso los pies hacia arriba; se desmayó y estuvo inconsciente dos días; al recuperar el conocimiento tenía “muerta” la mitad izquierda de su cuerpo, los doctores le hacían pruebas y lo pinchaban con agujas, pero no sentía.

Quien lo contrató y lo “dejó en la puerta del hospital O’Horán se deslindó por completó de él, le dejó a su hermano mil 800 pesos, aunque luego le quitó 200 “por la gasolina” que usó para llevarlo.

Con el apoyo de su esposa que tenía Seguro Popular solventó el pago de la cámara hiperbárica, cuesta 800 pesos la hora. Su primera sesión fue de cinco horas, tenía dañada la pierna derecha y un intenso dolor de cabeza que se incrementaba durante los tratamientos.

El dolor no es comparable a alguno que haya sufrido antes, pedía que lo sacaran, pero no podían porque eso implicaba que pudiera morir, ya que tenían que “bajarlo” a la profundidad en la que estaba cuando sufrió la lesión.

Tardó en recuperarse, no fue fácil que volviera a bucear, tuvo que superar el miedo, ahora está con un equipo que lo cuida y confía en él porque es difícil que le den trabajo.

Luego de seis sesiones de descompresión, hoy presta mayor atención a los cursos que les dan sobre el tema. Sabe que un error podría ser fatal, se lo recuerdan sus secuelas, la pierna que le duele cuando pasa mucho tiempo de pie y también los intensos dolores de cabeza que a veces sufre…

Descompresión a 17 brazas de profundidad

Noé Pech tiene 21 años y es buzo. Sufrió una descompresión el 17 de diciembre pasado, a una profundidad de 17 brazas, también por exceso de tiempo. Estuvo abajo tres horas y 45 minutos, y salió sin tomarse el tiempo necesario, ya que ignoraba que había estado más tiempo del que debía.

Su problema ocurrió cuando subió a la lancha y se golpeó con la nevera. “Estaba bien, quise ir delante de la lancha a ayudar, pero resbalé, caí y me golpeé la rodilla derecha con la punta de la nevera y como en 15 minutos comenzó un dolor fuerte que se hacía insoportable, sientes como una burbuja que te recorre, incluso que cortaron debajo de mi dedo pequeño, pero sólo salía sangre”.

Cuando bajó al puerto tomó pastillas y le pusieron una inyección en Dzilam de Bravo, lo llevaron al O’Horán, el dolor era intenso y no podía pararse, “comenzó con un latido, fue incrementando, sabía que estaba descompresionado”, tuvo dos sesiones, un total de seis horas en la cámara.

Le dejó un “huequito” en la rodilla, estuvo tirado casi dos meses, le dijeron que no volvería a bucear, sin embargo, ha regresado. 

Su problema se debió a que se había roto su profundímetro y le pidió al de arriba que le llevara el tiempo, pero como la pesca de pepino estaba “buena”, lo dejaron más tiempo, ese día la lancha regresó con 600 kilos del producto.

A diferencia de Juan Carlos, él sí tuvo apoyo del patrón con el que trabajaba, incluso le pagó los dos meses que estuvo fuera.

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