23 de Septiembre de 2018

Mundo

'Me reuní con tres amigos y decidimos dejar Cuba'

Tres cubanos cuentan su travesía desde la isla hasta que fueron rescatados por el 'Buque Bicentenario' de la Armada de México.

El grupo de náufragos fue traído al país por el buque Bicentenario de la Independencia, de la Armada mexicana. (Héctor Téllez/Milenio)
El grupo de náufragos fue traído al país por el buque Bicentenario de la Independencia, de la Armada mexicana. (Héctor Téllez/Milenio)
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Roberto López/Milenio
MÉRIDA, Yuc.- "La salida de Cuba casi nunca se planea, se hace espontáneamente. O sea, yo me reúno con tres amigos, reunimos un poquitico de dinero y decidimos salir del país por problemas económicos".

Las historias son las mismas. El tono cansino, hastiado por los casi 20 días de matar las horas en la estación del Instituto Nacional de Migración de Mérida, Yucatán. 

Quizá se emocionan un poco al recordar las vicisitudes que vivieron en alta mar, cuando pensaron por momentos que no sobrevivirían. 

Quizá se les hace un nudo en la garganta cuando recuerdan el providencial barco carguero "indio" que les salvó la vida. 

Quizá están a punto de llorar cuando relatan cómo llegó un buque de la Armada de México a su rescate para trasladarlos a lo que era su objetivo original: llegar a costas mexicanas para, desde aquí, emprender la ruta hacia Estados Unidos.

Alfredo Rojas Isaac, Tamara Sahagún y Wilfredo Martí Alzamora son balseros cubanos. Sobrevivientes que corrieron con suerte y pueden contar su historia: a mediados de abril, 11 vecinos, amigos o simples conocidos de la Isla de la Juventud, se treparon a una balsa improvisada —construida con desechos de unicel, residuos de plástico y láminas oxidadas— y "zarparon" de la playa Punta de Piedra. Tenían calculado viajar de ocho a diez días, juntaron "provisiones" para que les alcanzara durante ese periodo, y se echaron a la aventura. Pero el mal tiempo convirtió el viaje en una pesadilla.

Cubanos en México

Alfredo, Tamara, Wilfredo y sus otros ocho compañeros que hoy esperan en Mérida que las autoridades mexicanas, junto con la embajada de Cuba, definan su estatus migratorio, son algunos de los miles de cubanos que por distintas vías llegan a México. 

Los hay quienes ingresan legalmente a nuestro país para trabajar de manera temporal (sumaban tres mil 346 residentes temporales y dos mil 507 permanentes en 2015). También poco más de cuatro mil que, gracias a un acuerdo firmado a finales de 2015 por la cancillería mexicana con seis naciones centroamericanas, siguen arribando por tierra a Tapachula, Chiapas, o por avión a Ciudad Juárez, Chihuahua, o Nuevo Laredo, Tamaulipas, para tramitar su paso a territorio estadunidense. O los 387 que se internaron a México ilegalmente y fueron devueltos por tierra.

Pero hay quienes como Alfredo, Tamara y Wilfredo que eligen otra ruta, la más peligrosa, que es llegar por mar de manera ilegal. Una vez en suelo mexicano, emprenden por su cuenta la larga travesía hacia la frontera norte, exponiéndose a asaltos y a bandas de traficantes de personas. Están en una cifra negra, no se sabe cuántos arriban en total ni cuántos perecen en el intento. Solo se conoce el número de los que son atrapados por los agentes migratorios o de quienes, como Alfredo, Tamara y Wilfredo, son rescatados por la Armada mexicana.

El número de balseros cubanos rescatados del mar ha ido en aumento en el último lustro. Según reportes de la quinta Región Naval de la Secretaría de Marina, que cubre alrededor de 75 mil millas cuadradas de extensión marítima, desde el norte de la península de Yucatán hasta la frontera con Belice, en 2015 se llegó a la mayor cifra con 224 salvamentos y, en los primeros cuatro meses del año, suman ya 105 rescates. El promedio de náufragos es de 10 por cada balsa encontrada.

El viaje

"Yo no planeé nada. Mi novio fue y me avisó ya el día que salimos".

—¿Y así nomás tomaste la decisión?

—Ajá, y ya vine con él.

—¿Por qué decidiste hacerlo?

—Para trabajar y poder ayudar a mi familia.

Tamara Sahagún, 19 años, robusta, de piel negra y cabello crespo, habla rápido, con el inconfundible acento cubano. Parece enfadada, pero se serena al rememorar los 20 días en alta mar: "Nos cogieron tormentas, mal tiempo con olas de siete metros. Estábamos casi deshidratados. Gracias a Dori que trajo medicamento, jeringuillas y sales de rehidratación. Cuando estábamos con mucho vómito nos inyectaban. Tuvimos algunas quemaduras leves en los pies, aunque poníamos muchas lonas para protegernos del sol. Nos pasamos cinco días sin comer. Y el agua era, un buchito en la mañana y un buchito por la noche. Mal, mal, muy mal".

Alfredo Rojas, de 27 años, veterinario de profesión y que al momento de huir de Cuba había creado su propio negocio, dice "Hice una cafetería en la que vendía alimentos, refrescos y eso", es el sobreviviente que habla más lento, más desilusionado.

—¿Pensaste en algún momento que no iban a llegar?

—Sí, todos pensamos que no podríamos llegar, pero todos los días rezábamos ya sobre las 7 de la noche. Nosotros hacíamos silencio y una compañera rezaba; y siempre nos mantuvo fuerte la fe. Nos cuidábamos los unos a los otros y siempre estuvimos unidos, como lo estamos hasta ahora, que somos uno solo.

La situación se tornaba crítica, dice Wilfredo Martí, quien luce más avejentado de los 51 años que dice tener. "Fue muy dramático porque las mujeres no sabían nadar. Nos cogió un norte enmedio del Golfo, sin saber dónde estábamos, temíamos que si se nos viraba la balsa corríamos el riesgo de perderlas porque ninguna de ellas tres sabía nadar".

De manera casi providencial, el día 20 en alta mar, uno de los muchos buques mercantes que vieron pasar —casi un centenar, todos indiferentes— se apiadó de ellos. "La sensación es indescriptible; me dieron ganas de llorar, incluso cuando el barco nos pasó de lado hubo un momento en que pensábamos que no nos había visto. Cuando se siguió de largo salió su capitán, nos miró con los prismáticos y regresó. Teníamos una sensación de llanto, de risa, no entendíamos, era una emoción indescriptible", narra Wilfredo.

La tripulación del barco, aparentemente de la India, les arrojó agua y comida, incluso colchas por la noche para que se cubrieran al dormir. Y esperaron a que llegara el buque Bicentenario de la Independencia, de la Armada mexicana, que recogió a los náufragos, les dio atención médica y alimentos calientes, y los condujo a Puerto Progreso, Yucatán, donde finalmente se hizo cargo de ellos personal del INM.

Habían pasado 22 días en el agua. "A 270 millas de la costa más cercana de México, o sea, estábamos en aguas de nadie".

¿Qué hacer?

En los próximos días debe resolverse la situación migratoria de Alfredo, Tamara, Wilfredo y sus ocho compañeros de odisea. Todos tienen el mismo pensamiento: quedarse en México o poder moverse a Estados Unidos. Tamara baja la voz: "A mi me gustaría quedarme aquí a trabajar para lograr mi objetivo". Alfredo asegura que, pese a todo, si tuviera la necesidad lo volvería a intentar. Y Wilfredo reta, altivo:

—¿Cómo recordarás este episodio?

—Si llego al lugar asignado, lo voy a catalogar como una aventura que es peligrosa, pero es digna de ser vivida, cuando quieres escapar, cuando quieres fronterizarte para poder ayudar a los que dejaste atrás.

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