20 de Noviembre de 2018

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Edgar Tamayo recuerda su niñez y adolescencia, a horas de la ejecución

Omar, hermano del mexicano preso en Texas, platica a MILENIO las aventuras mutuas que tuvieron en su pueblo natal.

En Morelos también hubo marcha de protesta en contra de la pena de muerte a Édgar Tamayo. (Milenio)
En Morelos también hubo marcha de protesta en contra de la pena de muerte a Édgar Tamayo. (Milenio)
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Verónica González/Milenio
MÉXICO, D.F.- En los 20 años que Édgar Tamayo lleva recluido en una cárcel de Texas solo una vez ha podido tocar a sus padres. Fue en septiembre pasado, cuando el juez que lleva el caso fijó la fecha de su ejecución, 22 de enero, que se cumple mañana.

Héctor Tamayo, padre del mexicano condenado, tiene 71 años, e Isabel Arias, la madre, 68. Ambos estuvieron ese día en la prisión estadunidense. 

Llegaron desde Miacatlán, Morelos, de donde Édgar salió y nunca regresó.

Los hermanos del mexicano, Omar, Alma, Héctor e Iram, no han tenido la misma suerte. No han podido tocarlo desde que Edgar salió de su pueblo hace casi dos décadas. El mayor acercamiento que han tenido son las visitas familiares, pero siempre hay un cristal de por medio y una voz distorsionada que sale de una bocina.

Son las últimas horas previas a la fecha señalada. El día D para el mexicano. Vía telefónica desde Texas, Omar recuerda su vida común de hermano, de estudiante, de travesuras con Édgar.

Dice que, pese a todo, éste muestra la misma alegría de siempre. “Trata de que nosotros no nos demos cuenta de lo que en verdad siente; se la pasa bromeando y recordando cosas del pueblo”.

Un guiño de buen humor ante un futuro adverso, pese a los esfuerzos del gobierno mexicano y las organizaciones de derechos humanos por retrasar la fecha.

Cuando cursaba la secundaria en Morelos, Édgar Tamayo tomó una decisión que generó burlas, risas y comentarios maledicentes. 

Eligió el taller de corte y confección en vez de electricidad o dibujo. La razón, cuenta Omar, es que de esa manera podía estar más tiempo con sus amigas, bromear con ellas, ser el centro de atención femenina.

En alguna ocasión llegó a su casa con una blusa azul de tirantes. Argumentó que él mismo la había confeccionado y que era un regaló para su mamá. 

“Nadie le creyó, todos pensamos que sus amigas lo habían ayudado”, cuenta su hermano.

De chamaco Édgar Tamayo eligió el taller de corte y confección en vez de electricidad o dibujo, solo para ser el centro de atención de las chicas

Nada hay de extraordinario en la vida de este mexicano condenado a muerte por asesinar a un policía. De niño le gustaba correr, nadar, andar en la calle y montar toros. Ya en la adolescencia, se escapaba los fines de semana a los jaripeos con sus amigos.

“Una vez desapareció”, dice Omar. “No regresó una semana y mis papás lo estuvieron buscando” durante todo ese tiempo hasta que unos vecinos escucharon en la radio el nombre de Édgar Tamayo.

El mensaje iba dirigido a los familiares del mexicano, a quienes recomendaban buscarlo en un hospital, porque había tenido un accidente, cuenta Omar.

“Fuimos mi papá y yo y nos sorprendimos de verlo: estaba hinchando y golpeado. Un toro le había dado una arrastrada”.

Viaje a Texas

Omar llegó a Texas la semana pasada. Recuerda que Édgar es el mayor de cinco hermanos, quienes nacieron y pasaron su infancia en Miacatlán. Su padre fue maestro y su madre es ama de casa. No hubo lujos. Ni siquiera eran una familia de clase media. 

“Comíamos lo que podíamos: frijoles, huevo y, si bien nos iba, carne. Mi papá era maestro, pero antes tenía muy pocas horas (de trabajo) y no ganaba muy bien. Fueron tiempos difíciles”. Nada extraordinario.

Édgar tiene dos hijas, Mariana y Wendy, de 27 y 24 años, respectivamente, y viven actualmente con su madre en Estados Unidos. La primera nació en Morelos; la segunda, en ese país.

En la vida de Édgar ha sido importante otra mujer. La semana pasada MILENIO reveló la relación epistolar que durante 18 años tuvo el mexicano con Magda Arriaga, una exreligiosa de su pueblo.

En todo ese tiempo se escribieron sin conocerse personalmente, pero son buenos amigos.

Primero desde la celda de un convento y luego desde su hogar (está casada y tiene dos hijos), Magda escribió y contestó los mensajes que su amigo manda desde la cárcel de Texas.

Nunca le preguntó sobre el asesinato del policía y él nunca se lo conto. En esas cartas está la otra parte de esta historia que completa los recuerdos de Omar.

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