18 de Enero de 2018

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En esta playa, hay domingos en que no cabe 'ni un alfiler'

Este destino costero, a pocos kilómetros de Lima, recibe decenas de miles de personas los fines de semana.

Las playas de Agua Dulce lucen abarrotadas los fines de semana. (Agencias)
Las playas de Agua Dulce lucen abarrotadas los fines de semana. (Agencias)
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Agencias
LIMA , Perú.- Mientras la gente más rica de la capital peruana, Lima, va en busca de playas solitarias con guardias privados y cercas, la clase obrera llena la franja costera de tranquilo oleaje y suaves arenas.

Se llama Agua Dulce y los bañistas sólo necesitan dos dólares en el autobús público para ir y volver a sus barriadas, según publica AP.

"Aquí viene la gente del pueblo por millares y hay domingos en los que no cabe ni un alfiler", dice Carlos Vergara, un fotógrafo ambulante que ha recorrido las playas de Lima durante 50 años.

Hasta mediados del siglo XX el verano era una estación donde sólo las clases adineradas podían darse el lujo de viajar hasta las playas. Los pobres se bañaban en ríos o canales de riego de la ciudad, agrega el historiador especialista en Lima, Juan Pacheco.

Pero la construcción de vías hacia zonas costeras junto a la migración de millones de jóvenes campesinos hambrientos de progreso desde los Andes redibujaron la población capitalina que se lanzó a la conquista de las playas más cercanas a la ciudad.

Agua Dulce queda desierta y con varias toneladas de basura cuando oscurece

Así se masificó Agua Dulce, que un fin de semana alberga hasta 40,000 personas, según cifras municipales.

Llegan en grupos de 20 o 30 personas, a veces son vecinos de una misma barriada o familias que incluyen tíos, primos y mascotas. Cargan enormes ollas con comida y baldes de 10 litros con hielo y agua de frutas.

Algunos traen por primera vez a sus abuelos o padres, que permanecieron en los Andes, para gozar del verano limeño.

Dolores Silva tiene 72 años y recién conoció el mar en marzo. Uno de sus hijos, obrero en una fábrica, la anima a mojarse los pies en las olas. "Pensaba que el mar era azul, pero es gris", sonríe acomodándose un sombrero de paño marrón.

Los fotógrafos ambulantes abundan por decenas en esta playa retratando una variedad de visitantes: parejas de enamorados, grupos de soldados en sus días de descanso, padres que cargan a su primer hijo, parejas de ciegos con lentes negros.

Otros especialistas del retrato usan escenarios con telas impresas de playas, palmeras y arena blanca o de lugares de la Amazonía. "No voy al Caribe, pero aquí me saco una fotito", dice Michael Castillo, un migrante de Ayacucho de 33 años.

Abundan los niños que cavan huecos en la arena y se entierran dejando la cabeza afuera o esperan en la orilla, junto a cientos de personas, que una ola los tumbe.

Al caer la tarde el cielo se torna anaranjado y las madres llevan a sus hijos a una zona donde brota un chorro de agua dulce, por el cual la playa adquiere ese nombre. Allí los bañan antes de retornar a casa.

Sin vida nocturna Agua Dulce queda desierta cuando oscurece mientras los camiones municipales recogen las más de 10 toneladas de basura esparcidas por la franja de casi un kilómetro.

"La fiesta empieza el siguiente fin de semana y así es todo el verano, se repite desde enero hasta marzo", dice el fotógrafo Vergara.

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