25 de Septiembre de 2018

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Se murió Gadafi, ahora se muere Libia

Casi tres años después de la caída del líder, el país no ha sido capaz, por sí solo, de encauzar una nueva era de democracia.

La situación política, económica y militar es ahora inmanejable en Libia. (Notimex)
La situación política, económica y militar es ahora inmanejable en Libia. (Notimex)
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Agencias
TRÍPOLI, Libia.- Fajr Libya es la coalición acusada de tener entre sus aliados a grupos cercanos a Al Qaeda. Firme partidaria del gobierno de Trípoli, que no está reconocido internacionalmente, Fajr Libya es uno de los grandes protagonistas del tumultuoso paisaje post-Gadafi.

Dos gobiernos, dos parlamentos, dos primeros ministros y dos ejércitos enfrentados. Así es la Libia de hoy. Abandonada por las potencias occidentales después de la muerte del Raís, en 2011, el país no ha sido capaz, por sí solo, de encauzar una nueva era de democracia, según publica Notimex.

Sin embargo, las condiciones para que así fuera existían: las formaciones políticas moderadas tenían un importante apoyo popular respecto a las de inspiración islamista en las elecciones para la Asamblea Constituyente de 2012. Casi tres años después, nada de todo lo que se podía esperar se ha hecho realidad. La situación política, económica y militar es ahora inmanejable y la sociedad está al borde del colapso.

El país está dividido en dos. Por un lado está el general rebelde Khalifa Haftar, ex hombre de Gadafi, que cuenta con el apoyo de un parlamento reconocido internacionalmente pero que en la práctica domina sólo una pequeña parte de Libia.

Haftar es aliado del separatista Ibrahim al-Jadran, que querría una Cirenaica (región en la costa noreste) independiente y que ha pactado con las potencias militares de Zintan en Tripolitania y con algunas tribus fieles hasta el último momento al clan Gadafi.

Hacia el sur, en el Fezzan, sus principales aliados son la etnia de los Toubu. La coalición se llama Karama (Operación Dignidad) y apoya al gobierno, “exiliado” en Tobruk, que salió de las elecciones de junio pasado, que luego fueron invalidadas por el Tribunal Supremo. Su primer ministro es Abdullah al-Thani.

Por otro lado está la ciudad de Misrata, que ha aglutinado a su alrededor a la minoría bereber amazigh, a los grupos vinculados a los Hermanos Musulmanes, a los movimientos yihadistas en Cirenaica y a uno de los grupos más radicales del país y vinculado a Al Qaeda, Ansar al-Sharia, responsable del ataque contra el consulado de Estados Unidos en septiembre de 2012 que culminó con la muerte del embajador Chris Stevens.

Al sur, los principales aliados son los tuareg. La coalición se llama Fajr Libya (Amanecer de Libia). Su primer ministro, respaldado por un parlamento, es Omar al-Hasi. El gobierno de Trípoli, con el apoyo de esta coalición, no es reconocido por la comunidad internacional pero está legitimado por una sentencia del Tribunal Supremo de Libia de noviembre del año pasado.

En julio de 2014 Fajr Libya desató una ofensiva en Trípoli después de que el general Haftar hubiese hecho partir a la Operación Dignidad en el este contra las milicias islamistas. El aeropuerto de la capital y otras áreas clave, que estaban bajo el control de Zintan, fueron conquistadas una a una. Los aliados de Haftar fueron expulsados de la capital, ahora totalmente controlada por Fajr Libya.

Es inútil tratar de averiguar quién tiene la razón entre las dos partes. Lo que es seguro es que el botín es uno y sólo uno: el petróleo, del cual depende más de 90 por ciento de la economía nacional.

Libia vive bajo dos gobiernos, dos parlamentos, dos primeros ministros y dos ejércitos enfrentados

En diciembre la producción de petróleo cayó por primera vez a menos de 250 mil barriles por día, mientras que en 2011 era de más de 15 millones. Y si se tiene en cuenta todo el año 2014, los ingresos provenientes del petróleo y el gas han dejado en Libia sólo 15 mil millones de dólares, en comparación con los 40 mil de 2013 y los 60 mil de 2012.

Un desastre, aunque el ministro de Petróleo de Trípoli, Mashala Agoub Said, trata de ser optimista: “Somos nosotros los que hemos decidido ralentizar la extracción, porque el precio actual del crudo no es conveniente para los países productores. Pero podemos aumentarla cuando queramos”.

Y añade: “Hay naciones que nos envidian y tratan de hacernos daño en lo que es nuestro recurso más preciado: el petróleo. Son ellos los que alimentan las divisiones entre los libios”.

El mapa de los combates muestra que el petróleo es la clave de todo. No por casualidad luchan alrededor de la terminal petrolera de Es Sider los milicianos de Misrata y los del separatista Jadran, que incluso se ha inventado un Petroleum Protection Guard.

En el sur, en cambio, son las milicias tuareg, aliadas de Misrata, las que han tomado el control de los pozos de petróleo de El Sahara, después de intensos combates que las han opuesto a los Tubu, aliados de Zintan.

En la costa, finalmente, cerca de la frontera con Túnez, son los bereberes amazigh, aliados de Misrata, los que controlan la terminal de Mellita, donde opera la italiana Eni (Ente Nacional de Hidrocarburos) y de la que parte el gasoducto Green Stream, que abastece a Italia.

En el puesto de control enfrente de la planta los amazigh tratan de calentarse con una taza de té alrededor de un fuego. “Hacemos todo lo posible para garantizar la seguridad de Mellita. No somos fundamentalistas islámicos, como dice la propaganda de nuestros enemigos. Estamos a favor de la revolución y en contra del retorno del antiguo régimen”, asegura uno de ellos.

Este miliciano, con la cara surcada por las arrugas, parece sincero. Pero en Libia hay fundamentalistas islámicos, incluso yihadistas de Al Qaeda y el Califato Islámico, y no pocos. Y en algunos casos son aliados de su misma coalición.

En una parte de la Cirenaica han logrado imponer la ley islámica, la sharia, e incluso castigan a los que fuman en la calle. Además, el gobierno de Trípoli podría aprobar una ley para introducir el año que viene la separación por géneros, entre hombres y mujeres, en las escuelas.

“Es sólo un proyecto, y no está dicho que vaya a implantarse. Yo, por ejemplo, estoy en contra. Aquí todo el mundo puede dar su opinión”, dice Gahida, una bloguera con muchos seguidores que se ha acercado a la antigua Plaza Verde, ahora rebautizada como Plaza de los Mártires, para asistir a una manifestación de simpatizantes de Fajr Libya.

En estas circunstancias, ya de por sí complicadas, ha irrumpido con fuerza el Estado Islámico, que tiene en Derna, una ciudad en el este de la Cirenaica, su bastión. Derna, conquistada por los yihadistas libios en abril de 2014, ha jurado lealtad al califa Abu Bakr al-Baghdadi, que ha confiado el gobierno a uno de sus “emires”.

La ciudad de Derna tiene una larga tradición de radicalismo islámico. De aquí, según la CIA, han salido el mayor número de muyahidines extranjeros que han luchado en Iraq contra los estadounidenses. En Siria, en Deir Ezzor, ha operado en los últimos años la brigada Al-Battar, compuesta por al menos 300 yihadistas libios, adiestrados en las Montañas Verdes, que rodean esta zona.

Que la concentración de fundamentalistas islámicos en esta zona de Libia es muy alta lo demuestra el hecho de que el Califato se ha instalado en Derna tras echar, después de una feroz batalla, a Al Qaeda, que había estado presente aquí desde 2001.

Desde hace unos meses el emirato de Derna trata insistentemente de extender su control hacia otras áreas de Libia: varios atentados suicidas en Bengasi y Tobruk llevan su firma, así como el coche bomba delante de las embajadas de Egipto y los Emiratos Árabes Unidos en Trípoli en diciembre.

La acción más espectacular fue el asalto en el Hotel Corinthia, el 27 de enero, que causó doce muertos, entre ellos un estadounidense y un francés, además de los cuatro atacantes.

Por último, en orden cronológico, están la entrada de los yihadistas en la ciudad de Sirte y el ataque a la residencia del embajador iraní en Trípoli.

“La verdad es que la guerra no terminó con la muerte de Gadafi. Nosotros, los del gobierno de Trípoli, encarnamos el espíritu de la revolución. Los del gobierno ilegítimo de Tobruk, en cambio, representan el antiguo régimen, y la guerra continúa”, dice completamente seguro Mohammed Harebi, un alto dirigente de Fajr Libya.

Y admite: “Aquí hay extremistas, es cierto. Pero son pocos, sabemos cómo manejarlos. Y los que dirigen la atención hacia ellos lo hacen sólo para desacreditar a nuestro gobierno, el único legítimo. Y, quiero subrayarlo, no tenemos nada que ver con lo que está sucediendo en Derna”.

Sería bonito creerle. Sin embargo, impresiona ver que todavía hoy, cuatro años después de la guerra contra Gadafi, son las milicias tribales las que hacen las funciones del Estado. Obviamente, no es con kalashnikovs que se pueden construir los cimientos de un país maltrecho como Libia, a un paso de la implosión.

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