25 de Abril de 2018

Mundo

'Maquillar muertos me hace sentir feliz'

Para Javier Chávez, dedicarse a la tanatopraxia es todo un arte, ya que prepara el cuerpo para ser visto por última vez por su familia.

Javier Chávez, maquillador de difuntos, posa en el tanatorio de Getafe. (Luis Sevillano/elpais.com)
Javier Chávez, maquillador de difuntos, posa en el tanatorio de Getafe. (Luis Sevillano/elpais.com)
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Agencias
MADRID, España.- "¿Vas a tocarlo?", me pregunta Javier Chávez, que maquilla cadáveres. Mejor no. Llega un ataúd sin la tapa. Dentro hay un cuerpo envuelto en sábanas de hospital arrugadas. Eran las sábanas de vivo y parece lo primero que han pillado. Sacan el cuerpo entre varios, agarrando de la tela.

"Quítale el camisón", dice Chávez. Queda un cadáver amarillo con un pañal. Es final de mañana: "Habrá muerto a las 6". Está colocado en una mesa de operación con una pequeña plataforma de metal que deja un canal debajo: por allí corren los líquidos de limpieza -u otros- hacia el desagüe.

"Tiene algo de rigidez", dice Chávez. Le dobla el codo, las muñecas, los dedos. Los ruiditos. Sigue con el desinfectante en todos los orificios del rostro y en las axilas y partes íntimas, sin tocarlas.

 Le levantan las pestañas y unos ojos azules miran de repente hacia arriba. El movimiento de un brazo y el ojo abierto repentino de un muerto son experiencias, para mí, innovadoras.

¿Cómo dices de qué trabajas?, pregunto a Chávez. "Depende de si estoy en una discoteca", bromea. Lo explica por etapas: "A la anatomía", empieza. ¿Cómo?, le contestan: "Con las personas", añade. Siguen sin entenderle. "Con las personas que marchan", insiste Chávez. Al final usa el término científico: "Me dedico a la tanatopraxia". Cuando lo aclara le dicen "vale, vale, vale". Pero enseguida quieren saber más.

La nariz se limpia con algodón y se aspira. La higiene de la boca es más delicada. El cadáver llega con la boca entreabierta. Los labios y la barbilla están duros. 

"Ahora nos va a contar cómo es él", dice Chávez. Coge papel y pasa el dedo por las encías, con un leve masaje, para reanimar la expresión. 

Con una pinza empieza a sacar suciedad de la lengua. Rasca fuerte y saca sustancia: "Por si ha vomitado", dice. Hay que evitar bacterias y olores. Luego le afeita. Le coge la mejilla por dentro de la boca para estirar la piel: "Nunca hacia abajo, siempre hacia arriba o hacia el lado", explica. Si le corta, ya no sangra. Pero saldrían manchas al rato.

El proceso es sin aspavientos. Chávez recuerda uno de sus mejores trabajos. Una abuela murió mientras su familia estaba de vacaciones. 

Chávez llegó a la tanatopraxia porque su hermano preparaba cadáveres para los estudiantes de anatomía de la universidad

"Llevaba 10 días en casa en verano y estaba en descomposición", dice. El maquillaje esa vez le llevó 5-7 horas de trabajo. 

"Qué lástima no haberte traído unas fotos", dice. "La epidermis se despegó de la dermis", añade. Qué lástima. "Mándamelas por email", digo en un acto de valentía periodística por afán de contrastarlo todo. Chávez declina.

Chávez aspira a revivir la expresión de esa persona. Pero no habla con nadie de la familia ni ve fotos. ¿Cómo sabe el peinado? "El pelo te habla cuando lo mojas", dice. Se abre hacia un lado, hacia atrás. Solo se ha equivocado una vez. Dejó a una joven con el pelo liso y lo llevaba rizado. La familia se lo advirtió: "Ningún problema. Le puse un poco de espuma y ya".

Chávez llegó a la tanatopraxia porque su hermano preparaba cadáveres para los estudiantes de anatomía de la universidad. No se arrepiente: "No solo me siento orgulloso, me siento feliz", dice. 

Hay dos motivos por los que cree que su trabajo es precioso: primero, "voy a dejarle preparado para que su familia le vea por última vez", y segundo, "mis manos son las últimas que van a tocar a esa persona".

El día que hablé con Chávez estaba con siete alumnos de maquillaje de muertos. A la mayoría les había intrigado el mundo de la muerte. Una chica era aún peluquera, sobre todo de mujeres mayores. Sus clientas, al enterarse, se hacían las finas: "Ay, hija, ¿te irás con los muertos?". La peluquera tenía una gran respuesta: "Pero si son como tú, solo que sin respirar".

Es la hora de darle la forma final. Se seca el pelo con secador, se le da un masaje con crema, se le peina el pelo. Se coloca un cubreojos debajo de las pestañas para disimular el hundimiento de la cavidad. Ahora hay que taponar las vías. 

Chávez me pide que no explique el detalle: "Deja algo de sombra; es como si a quien se va a operar se lo cuentan todo", dice. Es realmente desagradable. "No han traído la dentadura", lamenta Chávez. Le pone en su lugar un formaboca, que levanta los labios y un poco los mofletes.

El cuerpo vuelve al ataúd con la mortaja, que es una bolsa con cremallera hasta el cuello. En Madrid, casi nadie viste ya a los cadáveres. Para levantarle la cabeza, Chávez crea una corona con un periódico de papel, que recubre de blanco. La metáfora de que el papel muere no podía tener una evidencia mejor.

Lleva la caja desde la luz blanca del fluorescente hasta una sala con luz amarilla, como la del velatorio, donde maquilla. Hay maquillaje para muertos, pero Chávez usa una marca para vivos. Con crema grasa da tono a los labios, un poco de color y evita deshidratación. Quita los brillos -un cadáver brilla- con polvos traslúcidos. Tapa algún desperfecto de la piel y le echa bastante colonia Gucci, la de verdad. "¿Te gusta?", me pregunta Chávez.

El acomodamiento cadavérico ha terminado. El mismo Chávez lo lleva a la sala del velatorio. Fuera están los sofás y las mesas, donde la familia pasará horas. 

Chávez coloca las cuatro bombillas con forma de cirio alrededor de la caja. Entra un momento en la sala familiar para avisar por teléfono -está todo a punto- y sale por la puerta de atrás.

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