16 de Diciembre de 2018

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Muere el último soldado imperial japonés

Hiroo Onoda falleció en un hospital de Tokio por un problema de corazón, luego que enfermó gravemente a finales del año pasado.

Onoda llevaba hospitalizado desde principios de mes. (Agencias)
Onoda llevaba hospitalizado desde principios de mes. (Agencias)
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Agencias
TOKIO, Japón.- El exteniente del Ejército Imperial Hiroo Onoda, quien siguió luchando en Filipinas hasta 29 años después de la rendición de Japón en 1945, murió hoy en Tokio a los 91 años de edad.

Onoda, que llevaba hospitalizado desde principios de mes, sorprendió a Japón con su inesperada aparición en 1974, cuando finalmente decidió abandonar su misión en la jungla y volver a su país, según publica Notimex.

Según reveló este viernes su familia, Onoda falleció en un hospital de la capital japonesa por un problema de corazón, luego que enfermó gravemente a finales del año pasado, informó la agencia Kyodo.

El exteniente del Ejército Imperial fue enviado en 1944 como oficial de inteligencia a la isla filipina de Lubang, donde permaneció escondido los 29 años posteriores sin saber que el conflicto bélico había terminado y que Japón se había rendido.

Hiroo Onoda siguió luchando en Filipinas hasta 29 años después de la rendición de Japón en 1945

El militar japonés llegó a los 22 años a esa isla de Filipinas con la misión de introducirse en las líneas enemigas, llevar a cabo operaciones de vigilancia y sobrevivir de manera independiente hasta que recibiera nuevas órdenes, lo que hizo exactamente durante casi tres décadas.

Onoda, conocido por ser el último combatiente del conflicto bélico en rendirse, pertenecía a una pequeña unidad japonesa que quedó aislada en la isla de Lubang en medio del avance de las tropas estadunidenses.

Sus órdenes eran no rendirse nunca o suicidarse, y durante las casi tres décadas se rehusó a creer que las hostilidades habían terminado.

Cuando conoció la noticia de la rendición de Japón, consideró que era propaganda enemiga y junto con otros dos combatientes continuó la batalla, esta vez contra las autoridades filipinas. Posteriormente, los dos soldados que lucharon con Onoda fueron asesinados.

Onoda causó sensación cuando fue posible persuadirlo para que saliera de su escondite en la selva filipina en 1974.

En Filipinas el japonés podría haber enfrentado a la pena de muerte por los ataques que lanzó contra militares y policías y por la matanza de unas 30 personas, pero a petición de Tokio recibió el perdón y volvió a su país.

Más tarde se trasladó a Brasil y se dedicó a la ganadería en el país sudamericano. Sin embargo, en 1984 regresó a Japón y fundó una escuela donde enseñaba a los jóvenes japoneses a sobrevivir en la naturaleza y a proteger el medio ambiente.

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