27 de Mayo de 2018

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Hombre con cáncer se despide de su familia con emotiva carta

Oren Miller descubrió que tenía cáncer terminal, tras lo cual decidió dedicarse de tiempo completo a sus hijos y su mujer.

Oren Miller en su casa con sus hijos Liam y Madeline, y su esposa Bet Blauer. (journaltimes.com)
Oren Miller en su casa con sus hijos Liam y Madeline, y su esposa Bet Blauer. (journaltimes.com)
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Agencias
BALTIMORE, Maryland.- La enfermedad ha avanzado rápidamente en los últimos meses para Oren Miller, un padre de dos pequeños de cuatro y seis años, quien en mayo fue diagnosticado con cáncer de pulmón en fase 4.

La pérdida de peso hace que sienta mucho frio y que tenga que estar siempre abrigado. De mayo a la fecha ha perdido 18 kilos y su cara ahora luce demacrada, según publica el sitio web excelsior.com.mx.

Todo empezó para Oren, de 41 años, cuando tuvo dificultad para respirar y dolor en su espalda. Sus doctores le dijeron que tenía fluidos en sus pulmones y un coágulo en su corazón.

Luego le dieron la noticia: era cáncer pulmonar, en fase 4, por lo que sólo le quedaba máximo un año de vida. El cáncer ya se encontraba en su hígado, sus nódulos linfáticos y su cerebro.

Oren afirma que ahora sólo le resta vivir el presente, disfrutar de sus hijos y esperar. Este tiempo no ha salido de casa y lo ha dedicado a escribir.

Fue precisamente en su blog donde en marzo pasado dio a conocer su diagnóstico con una emotiva carta:

"Boom.

El viernes 30 de mayo de 2014, me enteré de que tenía cáncer de pulmón en fase 4. A las personas que están en esta situación normalmente no les queda mucho tiempo de vida y el tratamiento se limita a tratar de que el año sea más llevadero. Luego también se pueden plantear otras opciones, como los tratamientos experimentales, pero, francamente, aunque soy optimista, conozco mi estado.

Hace cuatro años, en el verano de 2010, estábamos en Bethany Beach y todo el mundo se la estaba pasando genial. Nuestra familia y algunos amigos estaban haciendo castillos de arena, entrando y saliendo del agua, relajándose en general. Todo el mundo excepto yo, que, como solía pasar, sentía ansiedad. Tenía cientos de correos electrónicos por leer y decenas de ideas de publicaciones que no tenía tiempo de escribir, estaba rodeado de mucha arena y no tenía suficiente café. Intenté fingir que estaba disfrutando, pero la gente se daba cuenta de que estaba fuera de mi zona de confort y, lo peor, de que no quería estar ahí.

Fue en el camino de vuelta cuando tuve una revelación. Sólo ahí me di cuenta de lo que me había estado perdiendo. Sólo ahí me di cuenta de que estaba experimentando la mayor tragedia de la existencia humana: ése era mi momento y yo ni siquiera lo sabía.

Resultó ser un buen día, ya que cuando tomas esa decisión... sientes que tocas el cielo todos y cada uno de los segundos de tu vida. Y siguió y siguió, y las cosas mejoraron, porque tomé la decisión deliberada un día de verano, en el camino de vuelta a casa desde Bethany Beach y era capaz de repetir esa decisión en mi subconsciente desde ese mismo instante. Marcó la diferencia entre un infierno en vida -el que tenía detrás, siempre infeliz y siempre insatisfecho, siempre un paso por detrás de mi trabajo, mi relación con mi mujer, con mis amigos y con mis hijos- y el cielo, en el que lo tenía todo.

Creo en este cielo en la tierra y creo que se puede encontrar en cualquier lugar que lo busques. Esto es lo que descubrí:

Descubrí el cielo en los paseos en auto con los niños. Podía haberme sentido mal por llevarlos y traerlos del colegio todos los días, pero, en su lugar, utilizaba esos viajes en auto para hablar con ellos, sobre su mundo y el mío, para introducirlos en la música, para crear música con ellos, para hablar sobre los valores y sobre cosas sin sentido.

Descubrí el cielo en el suelo sucio de una duela de básquetbol. Mi hija, que entonces tenía dos años, acababa la guardería a las 12, así que nos quedábamos unas horas esperando a que su hermano saliera de la escuela antes de volver a casa. Esos días de espera con mi niña los recordaré para siempre y espero que ella también. Durante cuatro horas nos quedábamos sentados, comíamos juntos e íbamos a una sala de juegos en la que ella me preparaba sándwiches y té de plástico; y corríamos a la duela de básquetbol y jugábamos allí. Jugábamos a correr sin salirnos de la línea negra; yo iba detrás de ella. Se inventó ese juego y lo llamaba "Ir a la fiesta de cumpleaños". Luego nos sentábamos en el suelo, uno frente al otro, extendíamos las piernas y nos pasábamos el balón. Después quería abrazarme y nos abrazábamos en el suelo de la duela mientras la gente jugaba a nuestro alrededor.

Pero hasta en el cielo en la tierra recibes avisos. Nos mudamos a una casa nueva en marzo. Es una casa bonita. Es una casa de ensueño. Es la casa en la que mis hijos crecerán con un hueco en el corazón en forma del padre que apenas recordarán. Quiero que sean felices. Quiero estar por ahí para hacerlos felices.

Y quiero que mi mujer sea feliz. Se merece ser feliz. Ojalá pudiera hacerla feliz ahora mismo.

Aceptación y tristeza... creo que pueden coexistir. La tristeza es inevitable —soy humano— e intentar superarla a veces duele más. Pero lo acepto. Acepto que esta vida es finita y acepto que pronto llegará mi hora. Acepto que mi vida haya sido y siga siendo un regalo y acepto la probabilidad de que no veré a mis hijos crecer.

No obstante, me pregunto si debería quejarme, clamar al cielo y decir "¿Por qué yo?"; si debería sentir que ahora, incluso ahora, especialmente ahora, un poco confuso, un poco cansado y un poco triste, estoy viviendo el mejor momento de mi vida.

Sea lo que sea que le ocurra a mi cuerpo en los siguientes meses, todavía se desconoce. Sin embargo, de lo que sí estoy seguro es de lo siguiente:

Sabemos que soy el hijo de puta más afortunado de este mundo y sabemos que me querrán hasta el último momento. Ellos son mi mayor privilegio: mi mujer, a la que adoro, y dos hijos que me sorprenden a cada momento.

Les voy a pedir una cosa.

Mi niña es tímida. La verán jugar sola a veces y estarán tentados de sacar la vuelta y decir: "¡Se ve tan mona jugando solita!". Acérquense a ella. Jueguen con ella. Los necesita.

Mi niño es súper sensible. Se acordará de todo lo que le digan y esa cabecita de genio lo analizará durante meses. No le hagan una broma para reírse de él; lo destrozarán. Contesten a cada pregunta que les haga o, al menos, díganle dónde puede encontrar las respuestas. Le gusta jugar y hacerse el tonto, pero hay que tratarlo como a un chico maduro. Es más listo que yo y probablemente más que tú.

Y mi mujer... Denle un respiro. Por favor, dejen que se tome un respiro. En el trabajo es de personalidad tipo A, pero en casa siempre ha querido relajarse y disfrutar. Ayúdenla a disfrutar. Querrá asumir toda la responsabilidad, pero no la dejen. Díganle que se relaje. Díganle que se lo tome con calma. Ayúdenla a disfrutar de la vida. No la encasillen o le pongan límites de ningún tipo. Ella no es una etiqueta. ¿Saben quién es ella? Es la hija que todo padre querría tener y la madre que todo hijo querría. Aunque he estado en casa y podría tomar mucho del crédito por criar a estos increíbles niños, no podría haber hecho nada sin ella. Y ella seguirá criándolos y ellos seguirán creciendo y se convertirán en adolescentes y adultos todavía más increíbles gracias a su madre.

Y además es la mujer de mis sueños".

En una entrevista con el Journal Times, Miller dijo que preparó cartas para sus hijos para que las abran cuando sean sus cumpleaños, en caso de que él ya no se encuentre con ellos. Una es para Liam, la cual deberá abrirse en diciembre, cuando cumpla siete años. La otra es para Madeline, preparada para abrirse en marzo, cuando cumpla cinco años.

Miller dice que comenzó a fumar cuando comenzó a hacer su servicio militar. Él siente que el cáncer de pulmón no tiene la suficiente atención como otros tipos de cáncer debido a que se considera “una enfermedad de fumadores”, a pesar de que cada año más gente en Estados Unidos muere por esa causa que por otro tipo de cáncer.

Las últimas semanas las ha pasado más en su habitación, donde la temperatura es más cálida. La quimioterapia lo mantiene siempre cansado.

"Ojalá creyera que puedo sentarme en una nube y mirar abajo y mandarle señales a mis hijos”, dijo Miller al diario. Él no cree en el más allá. "Creo en lo que queda en la memoria. Eso ya ha sido lo suficientemente bueno”.

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