24 de Septiembre de 2018

Mundo

Suruc, la frontera que reúne a kurdos, turcos y sirios

Desde una colina, los refugiados observan los que ocurre en la cercana Kobane, ciudad que es defendida del grupo terrorista Estado Islámico.

Cerca de 70 mil personas han encontrado refugio en el distrito de la provincia turca de mayoría kurda de Sanliurfa, cerca de la frontera con Siria. (Notimex)
Cerca de 70 mil personas han encontrado refugio en el distrito de la provincia turca de mayoría kurda de Sanliurfa, cerca de la frontera con Siria. (Notimex)
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Agencias
SURUC, Turquía.- Ahora que han recibido las armas de los Estados Unidos, en Kobane los combatientes de las YPG (Unidades de Protección Popular, las milicias de autodefensa kurdas) están esperando refuerzos para enfrentarse a los combatientes del auto proclamado Estado Islámico.

La ciudad siria cuenta con la llegada de los Peshmerga (el ejército kurdo iraquí), que el gobierno turco se ha comprometido a dejar pasar por su territorio. Se trata de una novedad que durante mucho tiempo había reclamado la comunidad kurda en Turquía, sobre todo los refugiados de Kobane.

En los últimos días, a lo largo de la frontera turca con Kobane se ha podido respirar un clima de cierto optimismo. La noticia del envío de armas a los combatientes de las YPG desde Washington, lanzadas en Kobane con paracaídas desde cazas estadounidenses, y la llegada inminente de los hermanos peshmerga para engrosar las filas de la resistencia kurda han mejorado el estado de ánimo de los varios miles de refugiados kurdos sirios que han huído a Turquía.

Mientras tanto, la batalla de Kobane sigue manteniendo una característica muy particular, algo que en los conflictos modernos no se encuentra: la guerra vista como si fuese una película en el cine. Kobane es la pantalla grande y todo el mundo, a una distancia determinada por el ejército turco, puede admirarla. Pero en este caso no se paga entrada.

Son muy pocas las imágenes que ilustran lo que realmente está sucediendo en el interior de Kobane. Los vídeos que raramente salen de la ciudad asediada por el Estado Islámico los han hecho circular los propios combatientes de las YPG y de la organización terrorista, que prácticamente ha conseguido relegar al olvido a Al-Qaeda. Sólo los periodistas de la televisión estatal turca han podido entrar durante unos minutos en la ciudad siria. Pero a través de ellos tampoco se ha podido saber mucho de lo que ocurre en este bastión kurdo.

Una colina en las inmediaciones del pase fronterizo vigilado por los turcos es el principal punto de encuentro de los kurdos, turcos y sirios, atentos a todo lo que ocurre en la cercana Kobane. Hay quienes manifiestan su solidaridad, quienes se apuntan en la agenda los horarios en los que los estadounidenses bombardean y quienes, aburridos, apuestan con sus amigos sobre cuándo caerá la próxima bomba. Esta colina es también una parada obligatoria para los periodistas, a quienes no se les permite cruzar la frontera. No hay carta de recomendación que pueda serles útil para trabajar.

“Mi hijo Ravin tiene 21 años y se ha unido a las YPG. Está luchando en Kobane y estoy muy orgulloso de él porque defiende su hogar y su tierra. Hace tres días que no sé nada de él y estoy muy preocupado. Tal vez también es por eso que me paso el día en esta colina: me parece que desde aquí lo siento más cerca y le hago llegar mi apoyo. Sé que puede parecer una tontería, pero no puedo hacer otra cosa”, dice Mawan, de 51 años, quien huyó del centro de Kobane hace 20 días junto con gran parte de su familia. Ahora vive en uno de los campos de refugiados de Suruc.

“Llegué ayer de Ceylanpinar, que está a más de 190 kilómetros de aquí. He venido para traer mi solidaridad a las últimas personas que quedan en Kobane. Mis amigos y yo hemos recolectado comida y dinero para los hermanos que están atrapados en la frontera por culpa de la política fronteriza de los turcos. Estamos tratando insistemente de superar los checkpoints para llevar comida a los hambrientos, pero los turcos amenazan con arrestarnos a nosotros. Acamparé aquí tres días más, y lo intentaré hasta el final”, dice con confianza Hiyam, de 42 años, quien ha dejado en casa con su marido a sus tres hijos.

A pocos metros del pase fronterizo, en territorio turco, hay un gran aparcamiento. Ahí dejan sus vehículos los habitantes de Kobane que huyen de la ira del Estado Islámico. Decenas y decenas de metros cuadrados controlados por los militares turcos, que no permiten que los refugiados introduzcan vehículos en Turquía. No muy lejos, en un espacio de tierra batida, se reúne todos los días una multitud de personas.

“Me paso todo el día aquí con los binoculares. Trato de entender lo que sucede en la ciudad, las noticias que nos llegan son demasiado vagas. Nos basamos principalmente en lo que nos dicen por teléfono los amigos y la familia que se han quedado en la ciudad para luchar. Además, siempre le echo un vistazo a mi coche: es el Toyota blanco aparcado en quinta fila. Desde aquí se puede ver. No me fío de los turcos, corre el rumor de que nos roban piezas de los coches”, dice en voz baja Tire, de 37 años, que hace un par de semanas se unió al gran grupo de refugiados de Kobane en Suruc.

Otro importante punto de encuentro para los kurdos turcos y sirios solidarios con Kobane es el pequeño pueblo de Moaser, a unos 400 metros de la frontera. Aquí, en la mezquita de Caykara, cientos de personas se reúnen todos los días para hablar de la evolución de la batalla. Cada uno reporta noticias extraídas a políticos, policías y militares. Y, por supuesto, a conocidos que se han quedado en Kobane. El techo de la mezquita se ha convertido en un observatorio, y la gente compite por conseguir un lugar en primera fila.

“Desde la azotea se tiene la mejor vista de Kobane. Con binoculares modernos se puede incluso ver a Daesh (acrónimo árabe de Dawlat al-Islâmiyya fî al-Irâq wa s-Shâm, como también se conoce al Estado islámico). Me duele saber que esos locos han ocupado el barrio donde he vivido durante toda la vida. Observo mi tierra a través de los binoculares y no puedo evitar extender una mano, como para acariciarla. Soy viejo, y me temo que voy a morir lejos de mi casa. Es surrealista, es como estar en el cine: estas sillas de plástico son las butacas, y la ciudad de Kobane la pantalla grande. Afortunadamente, al menos por el momento, los turcos no nos hacen pagar entrada”, susurra con los ojos acuosos Jovan, de 78 años, quien lleva casi un mes en suelo turco.

En el distrito de la provincia turca de mayoría kurda de Sanliurfa, cerca de la frontera con Siria han encontrado refugio unas 70 mil personas de las más de 200 mil que han tenido que huir de Kobane.

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