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En todos los países del mundo las catástrofes naturales ocasionadas por terremotos, sequías, inundaciones, huracanes; así como las sociales como guerras, terrorismo, o las actuales crisis económicas y financieras, han perjudicado más a los pobres. Hoy con la pandemia del Covid-19 (que combina algunos de esos factores) confirma que los que más pierden son los que menos tienen. Este efecto se presentó inevitablemente en nuestro país con la suspensión generalizada del servicio educativo. La experiencia de educar en casa muestra evidentes realidades que en tiempos normales no se observan. En la escuela las nuevas generaciones aprenden cosas que la familia no puede enseñar.

Por otra parte, la adversidad nos hace tomar conciencia de que la escuela no sólo enseña, sino que también cuida de los niños y adolescentes, función que corresponde a la familia y ante la suspensión de clases por la crisis sanitaria los niños, cuyos padres trabajan largas jornadas, quedan abandonados a su suerte. Este fenómeno se visualiza en los sectores populares, en las clases más bajas. Observar las afectaciones debe servir para reconocer el valor social de la escuela en el sistema educativo nacional, al mismo tiempo se debe aprovechar la experiencia para mejorar los mecanismos de comunicación entre las instituciones escolares y las familias para favorecer el aprendizaje a distancia, aún en tiempos normales.

La situación excepcional que vivimos por el Covid-19, obligó a la Secretaría de Educación Pública a implementar una oferta de educación a distancia, en forma apresurada y con metodología inadecuada para nuestra realidad escolar, ofertando oportunidades de aprendizaje a través del uso de las nuevas tecnologías de enseñanza. La necesidad de actuar en forma rápida para salvar el curso escolar obligó a utilizar diversas plataformas, medios masivos de comunicación, interacción directa de los docentes con sus alumnos. En muchos casos las circunstancias obligaron a improvisar, ya que no había tiempo para programar, capacitar, desarrollar e implementar aprendizajes específicos. Más allá de estos esfuerzos, la realidad conspira contra los intereses de aprendizaje de los sectores sociales más desfavorecidos.

Es probable que para algunos sectores desfavorecidos lo más oportuno fue ofrecerles materiales impresos, de interés para los niños y adolescentes con el fin de fomentar la lectura recreativa, desarrollar el gusto por la misma, así como los juegos didácticos, pero además de los contenidos del programa de estudio, se sugiere que los padres e hijos hagan cosas simples como cocinar juntos, explicarles cómo funciona el sistema eléctrico de la casa, construir muñecas o pelotas de trapo, reconstruir la historia familiar revisando un álbum de fotografías, leer juntos un periódico o un cuento, actividades que educan más allá del currículo escolar (Continuará).