17 de Noviembre de 2019

Opinion

De los errores se debe aprender

El Poder de la pluma

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Nada ganas huyendo de tus responsabilidades, ocultando la realidad y cubriendo los actos que por irresponsabilidad, inmadurez o falta de conocimiento cometes; por experiencia he aprendido que al hacerlo solamente creas una cadena irremediable de mentiras y problemas que crecen más y más, hasta que en determinado momento, después de un periodo de aparente calma, explota, dejando a tu alrededor una estela de desastre, mucho más difícil de solucionar que el problema original.

Seguramente es el miedo a la reprimenda o método para esquivar el sermón, pero esta acción solamente nos aleja de la mejor versión de nosotros mismos, llevándonos a un camino de irresponsabilidades que no permitirá que logremos la madurez necesaria para enfrentarnos a los problemas de cualquier escala.

De verdad que algunas veces esas llamadas de atención que vienen después de aceptar algún error o alguna falla son las que hacen que para la próxima no pase de nuevo, para que al momento que lleguemos a una situación similar, tengamos las herramientas o conocimientos para no volver a errar y si lo hacemos, corregir el daño.

De verdad, fallar es de humanos, está dentro de nosotros, es lo que nos convierte en lo que al final somos, pero si creyendo que al ocultarlo podrán ser mejores, perdón pero están muy equivocados, eso solamente los aleja del éxito, si no, cómo creen que aprendieron las personas más exitosas, les aseguro que no lo lograron haciendo todo bien, en algún momento tuvieron errores o fallas, es normal.

Hace ya muchos, recuerdo que en uno de mis primeros días de trabajo pasó una situación que me hizo aprender. Vale la pena comentar que los nervios primerizos y la carga de actividades llenaban mi cabeza de asuntos, pero pasó algo que le colocaría “la cerecita en el pastel” a todo el estrés, una de mis herramientas de trabajo se cayó y por el golpe sufrió un considerable daño.

El miedo al regaño o el castigo se hizo presente, por obvias razones todo lo planeado se tuvo que detener para analizar la avería, pero con la inexperiencia y el miedo dudé en reportar ese acontecimiento; en ese instante diseñé un sinnúmero de vías de escape, pero, después del comentario de un amigo, entendí que al final la verdad se sabe y si quería solucionar el problema, tenía que decir la verdad.

Fue entonces cuando me armé de valor y hablé, comentando todo lo que había ocurrido, a pesar de todo lo que fuera a suceder, por supuesto la llamada de atención sí ocurrió, pero no tan severa como esperaba, sin embargo ahí fue que aprendí que lo mejor es decir las cosas como van, como son, sin esconder nada.

Esta tan solo es una pequeña anécdota, tal vez muy simple, pero quisiera que quien se da unos minutos para leerla entienda que las mentiras no llevan a ningún lugar y aceptar nuestras fallas o errores debería ser un ejercicio que diariamente hagamos para ser la mejor versión de nosotros mismos.

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