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En la provincia de Chumbivilcas, Departamento del Cuzco, en Perú, existe una gruta que es un verdadero prodigio de la Naturaleza y desde hace mucho ha sido visitada por hombres de ciencia y viajeros famosos, dice Ricardo Palma, célebre escritor peruano. En la entrada de la Gruta de las Maravillas han grabado sus nombres los generales Castilla, Vivanco, San Román y Pezet, todos ex presidentes de Perú. Palma comenta que solo se pueden visitar las primeras galerías, pues en las más profundas se desprenden gases que intoxican a la gente. El escritor citado publicó un relato que el pueblo cuenta sobre esta caverna.

Mayta Capac, cuarto rey inca del Cuzco, después de vencer a los rebeldes de Tiahuanaco y extender su imperio, se dirigió hacia la costa y realizó la conquista de los fértiles valles de Arequipa y Moquegua. Para este monarca no había obstáculo imposible de superar; prueba de ello, dicen los historiadores, es que, encontrándose en una de sus campañas, el ejército se detuvo ante una vasta ciénaga. En vez de rodearla, empleó a todos sus soldados para construir una calzada de piedra de tres leguas de largo y seis varas de ancho, empedrado del cual aún se conservan algunos vestigios. Mayta Capac consideró indigno dar un rodeo para evitar el pantano.

En el año de 1181 de la era cristiana, el rey inca emprendió la conquista del reino de los chumbivilcas, que eran gobernados por un joven y arrogante príncipe llamado Huacari. Éste, a la primera noticia de la invasión, se puso al frente de siete mil hombres y se dirigió al margen del río Apurimac resuelto a impedir el avance del enemigo.

Mayta Capac hizo construir con toda presteza un gran puente de mimbre para cruzar el río y pasó con treinta mil guerreros a la orilla opuesta. Ante tal hazaña las tropas de Huacari quedaron asombradas pero también aterrorizadas, por lo que muchos combatientes arrojaron sus armas y emprendieron una fuga vergonzosa.

Huacari reunió a su consejo de capitanes y llegaron a la conclusión de que era inútil oponer resistencia a tan numeroso ejército. Así que, después de dispersar a las reducidas tropas que le quedaban, fue a recluirse en su palacio seguido de sus parientes y jefes principales. Allí esperarían al enemigo previendo una muerte estoica y segura, pero esto era preferible a manifestar vasallaje al conquistador.

Compadecidos dioses protectores de la desventura de Huacari decidieron premiar su gallardía y la lealtad de sus capitanes. Entonces, convirtieron el palacio real en una gran caverna y a los guerreros en estalagmitas y estalactitas. Hoy día, al penetrar en las bóvedas subterráneas dispuestas al público, se ve, en la galería del príncipe Huacari, la figura de éste en actitud que los naturales interpretan de la siguiente manera: primero la muerte que la vergüenza de la servidumbre.