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La tradición judía cuenta que esta bestia de proporciones descomunales fue creada por Dios para regir en el mar por lo que debía habitar en algún lugar del fondo oceánico, donde ningún mortal se atreviera a llegar. Así lo expresaron Francisco Villaseñor y Carlos Pedraza Luna.

El Todopoderoso creó al macho y a la hembra de este animal, pero después de darse cuenta del poder que habían adquirido, decidió matar a uno de ellos para evitar que su descendencia destruyera a la Tierra. Pero no sucedió así; según Arthur Cotterell, en el apócrifo Libro de Enoc, el macho llamado Behemot se quedó en la tierra y Leviatán, la hembra, fue enviada para que viva en lo más profundo de los abismos marinos, sobre las fuentes de donde manan las aguas.

Villaseñor y Pedraza Luna agregan que la carne de Leviatán debió ser conservada en salmuera porque habría de servir para alimentar al pueblo de Israel en el Día del Juicio Final. Sin embargo, el engendro sobrevivió y se volvió tan feroz que otros monstruos le sirvieron de alimento. De hecho, en sus fauces tiene enormes y afilados colmillos, a través de los cuales exhala bocanadas de fuego y un hedor terrible. Sus ojos parecen luces infernales y su cuerpo está cubierto con duras escamas que ningún arma puede atravesar. Sólo Dios puede contenerlo.

Leviatán es una de las criaturas más famosas de la tradición judeocristiana. Su nombre se menciona en la Biblia sólo seis veces y se le representa como un animal acuático de gran tamaño. Durante la Edad Media se le concibió como uno de los más importantes demonios de la llamada legión infernal, conjunto de monstruos que viven en las profundidades de la tierra. Leviatán regía sobre las bestias del infierno y sobre el océano. Para divertirse, generaba tormentas que hacían zozobrar a los navegantes.

La tradición oral judía cita una gran cantidad de relatos en los que se menciona a Leviatán, aunque la mayoría proviene de los mitos hebreos previos a la Biblia, en el primer milenio de nuestra era. Pero muchos de estos relatos fueron suprimidos en forma deliberada para evitar que los vestigios de politeísmo generaran creencias paganas.

Más allá de la forma como sea imaginado este monstruo, su carácter simbólico de poderoso e indomable ha permanecido inmutable a lo largo del tiempo. De ahí que el filósofo inglés Thomas Hobbes lo utilizara en su obra Leviathan, como la metáfora de una república en donde el nuevo tipo de Estado es como la criatura mítica: magnífico y terrible a la vez, capaces de guardar en sí mismos todo el poder. Debido a la popularidad de dicha bestia y a lo acertado de la metáfora de Hobbes, hoy día este vocablo sigue utilizándose para definir a cualquier cosa de inmenso tamaño o poderío.

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