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En una conmemoración inédita por los 210 años de inicio de lucha independentista en México, es justo hacer una reflexión general sobre aspectos compartidos a lo largo de América Latina, considerando a las luchas de emancipación como revoluciones que buscaron trastocar el orden político-económico y social-cultural.

Las independencias comenzaron en Haití (1791), concluyendo en una primera ola con las campañas de Simón Bolívar en Perú y Alto Perú alrededor de 1830, aunque en realidad, se extenderían a lo largo del siguiente siglo, recuérdese que Cuba se independizó de España hasta principios del siglo XX. Estos movimientos son parte de las revoluciones que comenzaron en el siglo XVIII, con los cuales se dio el cambio de época pasando de las relaciones de producción precapitalistas a las capitalistas; son parte de la coyuntura global que puso fin a los resabios de la época medieval-colonial en Europa y América.

La ruptura con el orden colonial, si bien se manifestó formalmente, no significó el establecimiento real de un orden “justo”, razón por la que, entrado el siglo XX, los movimientos revolucionarios plantearan la necesidad de una segunda y definitiva independencia. La génesis de independencia ha tenido diversas interpretaciones según la corriente adscrita, la clase social a la que pertenece y los intereses que forman parte del planteamiento; aún hoy, las nuevas explicaciones fortalecen la concepción de que los procesos de independencia latinoamericana fueron inconclusos, generando dependencia y subordinación al imperialismo estadounidense.

Las contradicciones entre la élite española y la cada vez más fortalecida incipiente clase criolla, se agudizaron con las reformas bubónicas para el caso de las colonias españolas, generando inconformidad y el inicio de las juntas independentistas que comenzaron a trazar la necesidad de poner fin al domino de las metrópolis, junto a expresiones de una naciente idea de nación. Sin embargo, no debe olvidarse que la idea de independencia defendida por la aristocracia en la que se encontraban algunos criollos y muchos peninsulares, significada una ruptura con la metrópoli pero procuraba la menor modificación de la estructura social-económica, impidiendo la satisfacción de las demandas de las clases populares. Contrapuesta al deseo aristocrático, la propuesta de los criollos progresistas y las clases populares no se limitaba al fin del tributo y el diezmo, ni de los monopolios comerciales, requería la eliminación de la servidumbre indígena y la esclavitud. Como planteara José Martí, se requiera no sólo la independencia de forma sino también de espíritu.

Las disputas entre las fracciones y los intereses conservadores de las élites frenaron los alcances revolucionarios de las independencias. Lo cierto es que la aristocracia colonial y sectores criollos, convertidos después en burguesías autóctonas, han jugado un papel conservador en el devenir histórico, siendo retardatarios de los procesos de construcción del propio capitalismo, como, posteriormente, de la abolición de dicho sistema al formar parte de los procesos contrarrevolucionarios que tendrían lugar durante el siglo XX y ahora en el siglo XXI.

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